domingo, 31 de octubre de 2010

ya sé


Haberte encontrado
por la vida
es tan raro
que aún no me repongo.

Cuánto de azar
cuánto de designio,
quién podrá saberlo.

No te gusta la gente,
a mí suele gustarme
pero tampoco enlazo con cualquier
cosa.

Ya sé,
lo que parece un encuentro
tal vez no lo sea,

eso dirán tus sienes nubladas
que andan atrás
tanto más atrás
resistiéndose como soldados
convencidos
empapados en la causa
abanderados
en pie de guerra
negados
a soltar lo que perdiste.

Ahí nos encontramos
creo
cuando dejo de hacerme la tonta
y viene la furia
porque no puedo soltar
lo que perdí.

Y qué me importa.
Las cosas van teniendo su lugar.
No tengo idea
de lo que sigue,
pero de algo estoy segura.

Un cierto lugar
de rara pasión,
incipiente tristeza
y luz desconocida
te pertenece.
 

Fotografía Isis Petroni - Egipto.

martes, 26 de octubre de 2010

Hilvano

                                               Para G. L. K.

Voy hilvanando
los instantes de tu ausencia,
tejo de a poco
un umbral
entre tus ojos y mis sueños.

Y cuando tus manos percuten
los sonidos de los que vivo,
me ato a ellas,
me desato en ellas,
y me pierdo
infinita entre tus besos.

Voy cifrando
los minutos de tu ausencia,
y la trama que se arma
entre mi boca y tu voz
es una dulce tristeza.

La de esperarte.



noviembre 2007

Fotografía: yo - Cementerio Aborigen - Jujuy                                

lunes, 25 de octubre de 2010

duelo


Para A. N.

yo solía ser
un hermoso banquito
amigable
cómodo
bonito
daban ganas de sentarse

tenía techo para la lluvia
y persianas para el viento
blando y suave
irresistible para quienes
esperaban algo
sentados.

yo vivía feliz
e infeliz
todo el tiempo
disfrutando mi existencia
de pequeño mueble.

ahora extiendo las patas
y empiezo a correrme de lugar
ante el siguiente
sujeto
con ganas de sentarse
un poco antes
de que me tiente.

viernes, 22 de octubre de 2010

hate

odio los lunes.
odio el olor a nafta.
cuando llueve tres días sin parar.
odio levantarme temprano.
no poder dormir nunca la siesta.
estar en un ámbito ajeno, poco amigable,
los policías,
los represores,
los explotadores.
odio sentirme culpable.
odio cuando no soy una madre lo suficientemente buena.
colgarme, olvidarme cosas.
recordar demasiado, también odio eso.
odio a las personas que mienten.
y odio creerme todo.
odio ponerme en exceso nostálgica.
odio sentirme vulnerable.
odio ser tan conciente de todo lo que hago mal.
odio un poco a tinelli (sólo un poco, porque no me importa demasiado).
odié a neustdat.
odio aplastarme.
odio mi urgencia.
bueno... amo también.
odio amar demasiado.

jueves, 21 de octubre de 2010

Hoy


los mares del plata me desamparan
cada vez que su gris despertar
me despierta
su aire helado me sugiere
el olvido.

los ojos de esos mares no me miran
más bien vendados
o más bien para adentro
se niegan a darme una intención.

no tienen brazos
o si los tienen
no me tocan.
sus labios de honda decepción
hablan por hablar
hablan todo el día
bla bla bla
dice su vacío discurso.

los mares del plata
me ajenan me enajenan me ajan.

o tal vez hoy sólo estoy triste.

Primordial

Es que la poesía
me desencadena a mí,
me captura
y amo ser su juguete.

Me despeina
y me lame también,
recibo con ardor y con honor
cada herida que me dejan
sus fauces
hambrientas
o sus tremendas garras
cuando me alcanza.

Y si no me da respiro,
mejor.

Por mí, moriría en ese fuego
abrasada
abrazada
masticada
tragada
y digerida.

Las mujeres
suelen quejarse de que
se las trata
como objetos.
Yo muero por ser el objeto
de esa tirana.

He ahí  
mi masoquismo primordial.



Luto II

ando destempada
el tiempo me abandonó
hace tiempo
y me quedé girando en falso
como agujas locas
o trompo sin magia

tanto tiempo pidiendo al tiempo
que se congele
y ahora se me fue

no sé por dónde piso
no tengo idea

todas las noches lo espero
a las diez
a las once
a las doce
me duermo soñando con su encuentro
me despierto y no regresó
ya perdí la cuenta
de los minutos y los días

mientras tanto
la arena de ese reloj
me llueve
me baña
a veces también me sepulta

y a veces ando de luto.

jueves, 14 de octubre de 2010

contracara


no prescindo de nada
de casi nada.

sí de los objetos del mundo,
me interesan tan poco
la ropa, los autos, los lugares de moda.

de lo demás, no prescindo.
de la noche.
de la música.
del sol y de la mañana.
de los poemas, los cuentos, las palabras.
de Freud.
de mis hermanas.
de mi hijo.
no puedo prescindir de las cosas ricas.

no prescindo de casi nada
menos
mucho menos
de enamorarme
despiadadamente
en doble filo.

de tu boca.


Carolina Bugnone.

Luto I


hace un tiempo
que la luna no me habla
y hace tiempo que no me detengo
en sus ojos

a veces pienso en ella
como pienso en lo que antes tuve
es como cuando uno dice
esa frase trillada
"algo se valora cuando no se tiene"

¿la habré perdido?
¿habré perdido fe en ella?

habré perdido fe en todo
habré perdido fe
habré perdido

no es tan malo
me convenzo
si con ese vacío
algo se puede hacer

con ese agujero blanco
transparente
irónico
bien redondo
como un ojo
como una luna.


Carolina Bugnone.

final


debiera sentir intensas
sacudidas de rabia y enojo
debiera tal vez dejar
que cierto odio volara
por allí hasta tus ojos
y encendiera alguna llama.

sin embargo
es una dulce tristeza
la que me acude
es el perfume
de tu abrazo tan reciente
y la tenacidad de tu presencia
-tenaz como todo lo tuyo-
lo que me engaña estos días.

por eso dejo las espadas
a un costado
y me interno en el río
de tu ausencia
sin pretender más

que abandonar
(te)
lentamente
como agua que cae sin destino.
 
 Carolina Bugnone.

martes, 12 de octubre de 2010

Mientras tanto

Yacemos adormecidos y aún nos tiemblan las piernas. Bah, vos dormís y yo te miro. Tengo mi nariz pegada a la tuya, a poquitos centímetros, los suficientes como para poder mirarte. Para poder ver cómo se mueven tus ojos bajos los párpados, qué estarás soñando. El resto de tu cara no se inmuta, más bien parece entregada absolutamente al descanso, ese descanso casi sobrenatural, de desmayo, de cuando el cuerpo cede a la vaguedad onírica. No dejo de acariciarte la cabeza, la mejilla, el cuello, la espalda, aunque vos ahora dormís y no vas a recordar nada de esto. No me importa, la verdad, yo sacio mis ganas de acariciarte y vos, mientras tanto descansás.
Cada vez que exhalás, ese aire de tabaco entra directo por mis fosas, y lejos de molestarme, me encanta. Nunca creí que ese olor podía gustarme. Y sin embargo, ya ves, tantas cosas que uno no creyó terminaron pasando. Aunque ahora que lo pienso, viejísimos recuerdos olfativos me traen a ese olor de mi viejo cuando, en mi infancia, fumaba Jockey Club, y se mezclaban el amor, el Edipo inconmensurable y su aire de tabaco -hasta que abandonó el vicio para siempre-. Qué raro, lo había olvidado. Mi papá fue, y en cierto modo lo sigue siendo, el amor de mi vida. Algo con lo que le gusta bromear, cuando se trata de conocer a algún nuevo novio, o simplemente echar algún reproche o disgusto sobre el hombre en cuestión. “Los otros pasarán, pero el verdadero amor es el de papá”, y se ríe irónico (porque sabe lo que está diciendo), y nos reímos todos.
Vos no te reís mucho, sólo puntualmente, o será que yo río demasiado y entonces todo el mundo me parece serio. En realidad, cada vez que te vi reír, sobre todo de alguna payasada mía, experimenté una enorme satisfacción que evidentemente, no imaginás.
Tu mano en mi cintura, completamente dormida, se acuesta y muere su peso sobre mí.
Pero cuando me muevo, resulta que no estabas tan dormido y que me avisás que no te molesta mi pie sobre el tuyo, me preguntás si tengo frío, si estoy bien, y aún no abrís los ojos. Me sorprende que estés tan atento, que te importe cómo estoy. Te miro y sos un enigma, vos creés que yo te conozco y apenas me conozco a mí misma, y sólo un poco.
Y hablamos un rato así, vos con los ojos cerrados y yo que no te saco los míos de encima. Me pregunto a diario si no seré un poco excesiva con mis miradas, con mis palabras, con mis recitales,  en fin. Y por momentos, siento que para vos es un enigma lo que circula entre nosotros. Yo tampoco sé de qué se trata.
Pienso mucho y es tan brutal el contraste entre, por un lado, esas hipótesis y razonamientos sobre mi modo de vincularme, y por el otro la entrega pasional, amorosa, carnal, musical y poética que me sucede frente a tu persona. Si supieras los laberintos por los que anda mi cabeza, cómo me cuestiono todo y me maldigo y me anticipo al sufrimiento –ah, ese raro gozo en empezar a sufrir antes de que sea necesario-. Pero, como habrás visto –lugar común si los hay-, en ocasiones la razón y la pasión van bien separados, y yo dejo que esa divisoria de aguas me transite. No me preocupo por unirlas, no por ahora. Estoy decidida a fluir.
Hace frío y nos levantamos y tomamos un mates, amago unas cien veces con retirarme a mis obligaciones y demoro la partida. Te abrazo todas las veces que puedo, y respondés con un gesto que se aviene bien a mis brazos y a mis besos. No dejás de sorprenderme. Tengo una especie de disposición al maltrato, y tu amabilidad y sinceridad no dejan de parecerme desconocidas. Te imaginaba desconsiderado, narcisista y autosuficiente. Tal vez seas alguna de esas tres cosas, no lo sé, sin embargo lo que recibo –por ahora- no es eso, y me gusta.
Ya se hizo de noche, tenés que hacer tus cosas y yo las mías. Lo dicho fue dicho, y estuvo bien. Ninguno habita un cuento de hadas, ninguno espera un cuento de hadas, yo no tengo nada de hada ni vos tampoco.
Ninguno tiene mapa ni horóscopo, así que me animo a caminar medio a tientas.
Cuando nos despedimos, el abrazo se alarga y percibo con manifiesta alegría que estás a gusto en ese apretarte.
Y mientras espero que me atiendan en el celular, a punto de partir, ya en la vereda y vos espiando por la puerta entreabierta, me das el último beso.

Carolina Bugnone.

lunes, 11 de octubre de 2010

alivio

prescindir
es fantástico
respirar
andar suelta
sin tiras hilos cuerdas lazos
ni fuerza de gravedad
tironeando
de los pelos
hasta el dolor

prescindir
de esos engaños
que adoro
el oro                                                                                
está en otros lados
a buscarlo sin imanes
sin apuro

tom waits me canta
todas las noches
martha

ese piano
y la luna sobre mí
qué más puedo pedir.

Carolina Bugnone.

domingo, 10 de octubre de 2010

Enigma


Ella abrió la puerta y sonrió, le fluía tan fácilmente ese gesto. Él sonrió también, un poco menos fluido y algo ansioso. Se saludaron con un beso convencional, pero los ojos se adelantaron. Chispazo de esos imposibles de eludir, y que no se describen sino más bien se viven o no.
El ofrecido café de rigor, el aceptado mate, las charlas banales sobre el clima. La luz que entraba furiosa ese jueves a las cuatro de la tarde. El malbec que los miraba desde la esquina de un mueble oscuro.
Los comentarios de él sobre los libros de ella, su interés a veces real sobre esos textos trillados, bellos, o inentendibles. Su intento de fluidificar el ambiente que aún era de extrañeza. Las sonrisas de ella y su temblor disimulado al cebar el primer mate. Su gesto entre ubicada, espontánea y chiquilina. El de él entre intelectual e inhibido. Ella se acordó de Benedetti, “Los formales y el frío”, y rió por dentro. Él pensó en algo literariamente más sofisticado.
Puso un disco de Tom Waits, “escuchá esto”. La voz ajada y sombría se desplazó sin inconvenientes, y cada nota de ese piano infernal y exquisito le apuró el corazón a ella y el beso a él. Que la esperó a que se diera vuelta, con ese gesto de acomodarse el pelo hacia atrás y esas mejillas acaloradas. La esperó demasiado cerca de sus labios, y no le dio tiempo a seguir argumentando sobre filosofía, política o lo que cuernos fuera que hablaban en ese momento.
La esperó con los ojos sobre los de ella de modo tal que ya no se supo hacia dónde iba o venía esa mirada, quién destinaba luz a quién, quién robaba el aliento y quién lo cedía.
La esperó con el cuerpo tan pegado al de ella que al chocarse los plexos se confundieron los latidos, y los pezones erizados y asombrados bajo la remera se encontraron con el pecho del hombre deseante bajo la camisa.
La esperó con los brazos que le anticiparon la cintura, que casi le tocaron las caderas, y ella  reaccionó con los suyos un tanto desconcertados, y luego caídos buscaron sus manos y  su espalda.
La esperó con la boca semiabierta y ella dejó que el primer impacto la confundiera durante ese segundo que tardó en comprender el beso que se avecinaba. La humedad que avanzaba desde las bocas hacia la entrepierna.
Y luego acercarse al sillón, y arrancarse lentos la ropa, agitándose y respirando más de lo convenido, desmoronaron la cordura bajo el Waits que se desangraba. Y las lenguas saborearon  cayéndose-creyéndose-yéndose hacia el placer irreal de lo inesperado.  
Él le hizo el amor con calma, ella se deshizo con agitación, él la besó largamente después, ella esbozó una sonrisa. Él le acarició la curva entre la cintura y la cadera, y ella canturreó la música de fondo.
Él le dijo si podían volver a verse, ella le dijo que no.

Carolina Bugnone.

Fotografía: Man Ray

sábado, 9 de octubre de 2010

Piedra

Se le van apretando las mandíbulas, así, sin notarlo hasta que el dolor se extiende hacia la cabeza y pulsa incisivo sobre la frente. Pero mientras tanto, no repara en los dientes que se ajustan entre sí y se empujan de dolor, de arriba hacia abajo. Lo mismo con la espalda, curvilínea de tanto andar mirando sus penas, se tensa y petrifica, sobre todo ahora que es el final del día.
Mientras se acomoda en la cama, las manos dejan de moverse y en su quietud, parecen hacerse nudos de hueso. Esa mujer lo puso en el lugar en que ellas saben poner a un hombre cuando se trata de destruirles el alma. Él hizo todo por retenerla, ya no le cabían promesas, cambios, regalos, nada más para que su alma no se llevara la de él a un descampado a tirarle a quemarropa. El tiro había sido disparado, y sólo le restaba morirse un poco de tristeza y vivir otro poco con esa tristeza.
Así, ya sin moverse, los muslos se duermen, con vida propia, el cosquilleo cede al endurecimiento que lo deja como lisiado y bajo anestesia, y la noche lo mira sórdida y seca.
Él mira el cielorraso, fijo, quieto, apenas si mueve su pecho mientras respira como si tuviera sobre su torso un bloque compacto de pesares de cemento. Ojos hechos roca prefieren no ver.
Imposible articular palabra, la garganta cerrada se anuda y se ahoga en su propio vacío. Ya ni sueña de noche, ya ni duerme. La mente navega y discurre enloquecida, recorre los pasillos de lo transitado con ella, repasa cada palabra oída y pronunciada, sus ojos, su voz, su indiferencia y palidez frente a él.
Mientras espera que ella le devuelva el llamado, y olvidando lo dicho en ese mensaje, cierra por fin sus ojos y ahora el cuello dolorido se cierne sobre sí mismo, empedrado el camino hacia la columna tiesa y fría.
Las horas caminan sobre su rostro blanco, adormecido bajo el ojo lunar y sus peores intenciones.
Cuando el teléfono suena, él no atina a mover su mano.
El hombre, ya hecho piedra, sólo resta como mármol abandonado, y yace oscuramente mientras la noche lo arrasa.

viernes, 8 de octubre de 2010

entre

                                                    a H.D.L.
reniego en voz baja
cada vez que aparece
tu rostro
en mi maltratada memoria

en voz baja
porque guardo el bajo perfil
gritaría sin dudas

se constriñe el pecho
ése que cada tanto se libera
con un latido feroz
de poesía
pero no se libera
aún
del cuento

que escribimos
cuando nos gustaba ser personajes
y cuando nos dejamos arrastrar
por los deseos
y qué nos importaba todo

la historia se sigue escribiendo
dicen
yo no tengo idea

más bien dejo que el tiempo
discurra y escriba
lo que quiera
es tan extraño extrañarte
y caminar en círculos

un respiro de ternura me asalta a veces
y sé que es por tus ojos

navego entre eso
y el dolor
igual que vos.


Carolina Bugnone.

jueves, 7 de octubre de 2010

Dulce Satán II

"...el sol se muere 
adentro nacen mis tinieblas
la parte maldita
mi dulce satán mío..."

                                         H.R. Cuenya



Mi dulce satán y yo
nos miramos todo el día,
nos husmeamos todo el tiempo,
nos olemos
y nos gusta el olor del otro.

Me pregunta qué estoy pensando
y no le digo.
Lo empapo de besos,
nos endemoniamos.

Colmillos por todos lados,
sangre a látigos,
lenguas negras,
salivas incandescentes,
garras que desgarran
la noche
o el día, da lo mismo.

Mi dulce satán
habla diabólicamente
y me asusto
y lo asusto.

Pero siempre,
siempre,
cuando los filósofos
deciden guardar reposo
y la abstinencia lo hace temblar,
termina su jornada
devorándome.


Carolina Bugnone.


miércoles, 6 de octubre de 2010

mensaje

(y él pensó):
me gustaría verte de entrecasa
con piyama y el pelo
revuelto,
con el rimmel más bien corrido
o mejor a cara lavada,
descalza,
los deditos asomando
tímidos y blancos
en minúscula invitación.

con el aire tibio de la ducha
todavía rodeándote
todavía husmeándote
y las mejillas al vapor.

con anteojos
con sueño
(pensó)
con ojos hinchados
con mal humor
o con ese raro buen humor
que te mantiene atenta a las cosas
y ese ojo que mide el mundo
a latigazos.

(y pensó)
me gustaría verte dormida,
aplastando tu boca contra la almohada,
respirando ruidosamente,
metiendo al mundo en tus pulmones
exhalando al mundo de tus pulmones,

enroscándote en la sábana
desenroscándote
enroscándote de nuevo.

abriendo los ojos

(pensó)
y mirando a través de los míos
y mostrándome con ellos
todo eso
todo eso
todo eso
                 que guardás.


Carolina Bugnone.

martes, 5 de octubre de 2010

Dulce Satán




"...el sol se muere
adentro nacen mis tinieblas
la parte maldita
mi dulce satán mío..."

H.R. Cuenya


mi dulce satán mío
despierta por las noches
y goza por las tardes
en realidad
afila su dentadura
en cada momento de soledad
quiero decir
cuando no hay nadie cerca mío
o cuando está lleno de gente
pero aún sola

comienza a devorarme por dentro
sus colmillos se hincan
primero en los dedos de los pies
me lame los tobillos
y asciende
masticando mi carne
chorreando sangre

no se sabe si la de él o la mía

una vez que llega a la cabeza
desata mis ojos con su lengua
mueve las mandíbulas
y traga hasta el último pedacito

y una vez que queda de mí
sólo un charco rojo
y un zapato
se acuesta a dormir una siesta
con la panza llena.


Fotografía Gustavo Muriel

dejar caer

Convivo con el tumulto
de la ausencia,
esos pasos que se alejan,
cada vez que lo pienso
perdí la cuenta, la perdí
y a otras tantas
cosas.

Convivo con el silencio
que a dios gracias llegó de una vez,
cuánto mejor
que los gritos
vagando por dentro.            

Nadar en la nada
no era tan malo.

Ni aburrirse tan aburrido.
Sólo saber despedirse,
sólo saber desprenderse

y
dejar
de
caer,

y
dejar
caer.


Carolina Bugnone.





Deja vu

Abrió un ojo con dificultad, sólo los primeros seis segundos, ya en el número siete abrió los dos y se incorporó sin encender la luz del velador, a la que detestaba. Se sentó en la cama, ciertamente aturdido por el sueño que lo había puesto en ese lugar en que los sueños nos ponen: en otro. Otra vez había soñado con ella.
Pero vio a su lado a su mujer, despeinada, joven, fresca. Así parecía mientras dormía. Solía ser tan linda a sus ojos, solía amarla tanto, aún no se decidía acerca de si había dejado de hacerlo o no. Los rastros de la noche apasionada se dejaban ver entre las sábanas y el olor en la piel. Ella se esmeraba, intentaba reencontrarlo allí, en los placeres de la cama. Él extrañaba los tiempos de amarse felices, y extrañaba que lo quisieran y lo cuidaran como creía merecerlo. Como aún no sabía que lo merecía.
Excelente padre, decían todos. Excelente hombre de negocios, exitoso y salido apenas un poquito de los márgenes de lo legal. Excelente hombre, codiciado tal vez más de lo que él mismo creía, y menos de lo que suponía su mujer. Reina de los celos, y de las lanzas que cortan la carne sin piedad. Celos proyectivos, como dicen los psicólogos.
Alma de castigado, alma de exitoso, rara mezcla que lo sepultaba a veces en el hondo pesar de no encontrarse a sí mismo. Del éxito al maltrato en diez minutos. Y a la inversa, en otro diez. Balanza sin equilibrio alguno, siempre yendo de un lado al otro sin remedio.
Pero, dicen que menos la muerte todo tiene remedio. Y así fue que apareció ella. Esa otra, salida de un cuento. Completamente desilusionada, y también en flor. Hermosa para sus ojos abrumados, y aunque no tan joven, brillante con luz propia. Eso se decía él cada vez que la veía. Y no se resistió al encanto de esa mujer entre misteriosa y banal, entre mágica y común. Sólo que las cuentas no le cerraban esta vez. La del cuento y la de su lecho. Y en el medio, él con sus desbalances de sufrimiento escondido.

La mujer en el lecho, se dio vuelta entredormida y advirtió a su hombre junto a ella, le rodeó un brazo al cuello y respiró. Tanto vaivén en sus vidas, tanto dolor hiriendo hacia afuera y hacia adentro, se hacía difícil de soportar. Su cabeza navegaba entre pasiones a veces desatadas, entre padecer de niña malquerida y cierto desenfreno de venganza con la persona equivocada. Ese hombre, amado, resultaba ser el blanco de sus filos fuera de foco. Sólo que ella lo supo tarde, tardísimo. Para cuando quiso remediarlo (porque también creía que todo tiene remedio), él ya había antepuesto su cansancio, y además miraba unos kilómetros más lejos, desde donde la otra lo veía con ojos de chispas blancas y sonrisa de mujer que vuela. Para cuando quiso remediarlo (porque creía que si ella quería, lo lograría como fuera), él ya se movía entre la incredulidad, el dolor y la culpa. Trío lo suficientemente infalible como para aturdir a cualquiera.
La mujer del lecho se quedó quieta, por primera vez, y miró en la oscuridad. A pesar del dolor,  nada la iba a detener.


La otra mujer se levantó tarde, ya que el peso de su cuerpo dormido no la dejaba espiar la vigilia. Como siempre, el primer pensamiento fue ese hombre, erróneo para sus planes de organización amoroso – geográfico – familiar. Una verdadera catástrofe. Planes y planes al tacho de basura, pensaba con pensamientos pegajosos y epileptoides por el sueño en sus ojos hinchados. Logró despegarse de la cama, y como era domingo y estaba sola, se levantó con pesadez y lenta. Preparó su café con leche, y se sentó a aclarar los pensamientos.
Imposible. Desechó esa posibilidad. Puso Keane, cerró los ojos, respiró el aire frío y dejó que la conmoviera. Música inglesa, una de sus preferidas. Ventanas abiertas, sol de invierno, silencio de domingo en la calle. Los latidos se escuchaban, ella los escuchaba, los hubieran escuchado desde la esquina. Si había algo que se destacaba en ella, eran esos latidos enormes y ruidosos al galope atrevido… ese hombre los hacía andar sin rienda.
Cada tanto, le ponía riendas improvisadas, pero nunca eran efectivas.
La lágrima caminó despacito por la mejilla, y cayó entre sus labios. Esperó al sonido del celular, el mensaje, a lo que fuere que viniera de él, y vio pasar la mañana.
Él, en otro lado, no se resignaba a perderla.
Así fue como tomó el riesgo (él que sabía de riesgos por su amplia experiencia en negocios). Lo tomó, una mañana de viento helado.
“Hermosa, te quiero, te quiero mucho, ¿sabés?”, le dijo al teléfono, como si tuviera dieciséis.


Carolina Bugnone.

Salvavidas

A J. P.

Repasa las pestañas con el rímel que le costó la cuarta parte de su sueldo, y otra vez va a tener que pedir un préstamo a algún amigo para llegar con el alquiler. Repasa y repasa, se mira mil millones de veces en el espejo, y retoca el delineado. Y se perfuma toda, evitando que quede algún rincón sin ese olor a mujer deseada-deseante-vainilla, sobre la piel humectada con una crema especialmente diseñada para destellar mínimos brillos y encanto. Así, la preparación le lleva mucho más de hora y media, porque además hasta que esté conforme con lo que le devuelve el espejo, pasarán largas miradas y retoques y enojos y cambios de ropa.
Las últimas salidas la han dejado agotada de tanto hueco. Siempre al principio, el encuentro con el hombre del que se trate esa vez, suele ser mágico y reparador del alma ennegrecida. Viene la lenta seducción y el encuentro, el deleite y el dejarse ser en el cuerpo de él, las risas y las palabras filosas y hechiceras. Y luego, también siempre lo mismo, el vacío o el déficit de la presencia de ese hombre, sus excusas, su desaparición, su poco interés o su interés orientado exclusivamente al placer. Y un agujero remite al otro- esa maldita costumbre que tienen los huecos de encadenarse-, y termina maldiciendo a su madre y a la puta vida que le dejó y a todos sus malos deseos sobre ella y tentada por los psicofármacos que la esperan en la caja dentro del placard.
Y esa bella mujer atrapada detrás de tanto maquillaje y tan hermosos vestidos y tanto perfume, se acomoda en la cama como desecho, como basura recién tirada a la vereda, y huele a podrido. Y putea y llora sin terminar de ubicarse en el mundo, ya que a más belleza, más odio.
Mira hacia un costado, esa noche, habla con su amiga pero sabe que ese hombre la está viendo desde hace rato. Enciende el juego que conoce, pestañea lenta, sonríe, juguetea con su anillo. Pestañea de nuevo. Se hace la misteriosa, lo cautiva. Hace un tiempo evita los psicofámacos, y está un poco más sobria. Se mueve como ella sabe, serpenteando atractiva y sonriendo lo necesario. Lo mira. Y él a ella. Él le habla y conversan sobre la banalidad de la vida.
Y la banalidad de la vida la sigue, ahí, encima de los dedos y los cosméticos.
Y esa noche, por fin y por suerte, le gana.

Carolina Bugnone.

Vacío

Horror al vacío,
dicen los que saben.

Que no quede un milímetro
sin cubrir,
ni un pedacito
porque el océano se viene con todo.
Atragantan las olas,
aprietan el cuerpo
y sin aire ni visión
imposible sobrevivir.

Meter algo ahí,
algo pronto,
no importa tanto qué,
siempre más o menos las mismas cosas.

Música, palabras, trabajo,
hijo, trámites, palabras,
sueño, palabras, mate,
amigos, viajes, palabras.
Te imaginás
que si me canso de hablar
o de escribir,
se viene el agua encima
y a nadie le gusta
morir ahogado.

Cada uno hace con su vacío
y su luto
lo que mejor le sale.

Incluye drogas o psicofármacos,
deportes,
obsesiones varias,
bestias azules,
también amores,

cualquier objeto suceptible
de ser agarrado con los dedos
los ojos
o la respiración.


Carolina Bugnone.

domingo, 3 de octubre de 2010

Sentidos


A veces ando como los tiburones
percibiendo contracciones,
huelo palabras,
oigo con los ojos todo,
y todo entra en mi lengua
y te juro que todo tiene sabor.

Y los sonidos que me llegan
por los poros
-especialmente los que me gustan,
buena música,
agitación nocturna,
agua-
también tienen color

y Waits es morado
y Ana Prada brilla
y Piazzolla verde oscuro.

Y como los vampiros ando
con un sonar afilado
y detecto cosas,
y cada tanto también invento
cuando no descifro muy bien
los datos.

Sabés que los ojos solos
no me alcanzan
para mirar,
para mirarte.

Agudizo todas las entradas
de que dispongo
a ver si hay algo más
que no me quiero perder.

No me quiero
perder.

Carolina Bugnone.

La cena

Decidió quitarse el piyama y lavó su cara con el agua helada de agosto. A ver si el frío le sacaba un poco ese hedor tibio de la cama, las sábanas revueltas y humedecidas por el tiempo en uso, la almohada pegoteada a su oreja, el tufo de la habitación cerrada.
Y el frío del agua de agosto le quitó el hedor y le puso cierta luz al rostro.
No se detuvo demasiado en la vestimenta, sabía que al menos estaría presentable. Ya no le quedaban lágrimas, se sentía tan seca como las hojas que pisoteaba en la vereda. Las ojeras le habían pintado esa sombra oscurecedora de miradas, pero ahora que se había levantado oscurecían menos.
Llegó, entró al living. La recibió su compañera con un cálido abrazo y una sonrisa demasiado afectuosa. Ella devolvió el gesto lo mejor que pudo.
El comedor de esa casa estaba lleno de gente, la música sobrevolaba oliendo a vino tinto y las personas apenas registraron su presencia. Las mujeres reían escandalosas, reían de bobadas y se miraban los zapatos y se comparaban de reojo. Los hombres gritaban sobre fútbol y política y las botellas circulaban felices de tanto derramarse.
Ella se sentó justo en una esquina, ya que no había una silla libre en otra parte, y acomodó sus piernas como pudo rodeando la pata de la mesa. Lugar incómodo si los hay. Pero como todo era incómodo allí, la pata de la mesa era lo menos importante. Eligió un vaso sin usar y se sirvió. Tomó algunas de las cosas que había para comer, mirando sobre sus hombros la fauna a su alrededor, e imaginó qué animales serían a juzgar por su parecido físico. Rápidamente aparecieron los pajarracos, los monos, alguna vaca, alguna gacela… reía en silencio, mientras las otras reían estrepitosamente.
Las carcajadas parecían crecer desmedidas, su sonoro chillido empezaba a lastimar los oídos. Ahora los hombres también gritaban de risa.
Ella, como  estatua, no tanto de quieta sino de estupefacta, sólo atinaba a mirar.
Después subieron la música, corrieron la mesa y comenzaron a bailar, descarados.
Ella sólo veía en su retina al hombre que le había quitado el alma hacía ya un tiempo, y tras los que danzaban enloquecidos, vislumbraba el rostro del amor y del odio juntos. Todo en uno. Aunque la fauna hacía difícil detenerse con el pensamiento, los ruidos y el movimiento superaban su capacidad de concentración.
Rendida, al fin, emprendió la vuelta.
Entonces, se levantó, caminó unos pasos por el pasillo, y abriendo la segunda puerta, entró de nuevo a zambullirse en su habitación.