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domingo, 27 de noviembre de 2011

LUNES: Amantes


Qué malos amantes somos dijo, mientras nos sonábamos los mocos de llorar un rato largo. Veinte minutos después de matarnos en la cama.
Qué malos amantes dije, y nos abrazamos hasta la noche.
Sus ojos rojos y mi boca descascarada.
Hacía frío y no nos despedíamos.
La tristeza no pudo.
Y nos quisimos toda la noche, como en las películas.

domingo, 30 de octubre de 2011

LUNES: antipoesía


"Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.” Gonzalo Rojas.          


las metáforas no me sirven
para nada

las cosas caminan por su cauce
todo es concreto, real y cínico

el colectivo
la panadería
las bolsas del super
el teléfono y la obra social
temprano a trabajar
pido un taxi
miro la tele
puteo
cocino lavo duermo lloro espero
toco canto sueño caigo veo

calle noticiero gobierno
política internacional
ibuprofeno reliverán
seis y media de la mañana
autovía dos
ruta catorce
seis grados, dos de térmica

todas las cosas tienen
un lugar
que alguien determinó por mí
o que existen por sí mismas

no hay poesía en ningún lado,
tras las palabras la magia
se muere
cada vez que miro al costado

o para abajo, los pies
con las medias desparejas
desentendida
del mundo,
que clara y definitoriamente
se arroga
un vacío para mí.


lunes, 24 de octubre de 2011

EL POST DE LOS LUNES: De todas las opciones posibles, de Gastón Domínguez*



De todas las opciones posibles, José prefirió caminar en el frío para superar la angustia del domingo. No había sido una buena semana. Lluvia todos los días, pocos amigos en el frente, muchas deudas y Boca eliminado de la Libertadores. ¿Faltaba algo más? Hasta dolor de muelas. Ese domingo se había levantado temprano como todos los domingos pero no como el resto de los días. Era un tipo vampiresco, de los que se quedan leyendo o viendo películas hasta  bien entrada la madrugada. Trabajaba siempre de tarde. Los domingos por la mañana eran su día. Café con leche y medialunas dulces, de manteca, calentitas, recién salidas del horno. El diario. Ese era el preciso momento de la felicidad. Leer Página con el desayuno. El preciso momento de la angustia máxima eran esos mismos días pero diez horas después. La angustia del domingo. Esos subidones en el pecho, como si se estuviera por rendir un final, ese miedo galopante, el terror al lunes, a la muerte, a la soledad que te acompaña, miedo, miedo, ganas de llorar, miedo de no poder dormirte a la noche, miedo al lunes, a la semana. Miedo a la responsabilidad. ¿Responsabilidad? De eso, nada. Por eso, nadie. Por las noches la soledad desespera... La angustia del domingo pega fuerte, sobre todo en invierno. Los pibes, casados y con hijos. Entre tantos pañales y llantos, la angustia del domingo es una carmelita descalza para ellos. Nada de unos partidos de truco, nada de Play, ¿bares?,  nada. Nada de nada. Ya nada. Tenés que crecer, José. Andá a cagar. Pero, José, Jóse, la familia es lo más importante. ¡Andá! José veía en la familia, en la institución Familia, el comienzo de la degradación del ser humano. Se está vivo mientras se está soltero. Cuando te casás, comienza tu muerte (lenta). Todo eso pensaba José todos los domingos mientras se comía todas las medialunas. Y más. Pero como todos los seres humanos, José tenía familia, claro que sí. Pero dispersa por todo el globo. El padre, en un geriátrico. La madre, sola en su casa (cascarrabias la vieja, pero buena gente). Un hermano muerto. Una hermana casada (es decir, también muerta) que vivía en Córdoba capital. Otro hermano, el menor, en España, porque en este país, decía hasta dos minutos antes de hacer el check in. Y José, solo. Muchas novias que huían despavoridas cuando él no quería dar el paso. Las minas le hablaban de proyectos y de futuro y de no sé qué de largos plazos. Y después venía la palabra familia. Y ahí el cristal de amor se rompía haciendo un desastre con los pedacitos. Sangre y lágrimas por todos lados. José llegó a pensar que no pertenecía a su época. No encajaba. Sin embargo, no dejaba de recibir información de los divorcios. En el barrio, en el trabajo, en los talleres, en todas partes había separados. Gente que no se aguantaba. ¿Tan equivocado estaba?
     José salió a las siete y media de la tarde (¿noche?) después de ver los resultados deportivos. Se dijo que caminar era lo más conveniente para ese domingo. Otras veces, prefería quedarse encerrado y superarlo con alguna película. Eso sí, alquilada, porque si era una que dieran en la tele, la angustia se acrecentaba vertiginosamente con las propagandas, o, si era por cable, el sólo hecho de ver el logo del canal podía causar estragos. Otras veces jugaba a la Play. Pero solo no es lo mismo. Ese domingo prefirió caminar. Apenas llegó a la vereda, se dio cuenta de que se iba a cruzar con muy poca gente. En invierno la ciudad se encierra en sí misma. Ni un alma en la calle. Y eso que eran las seis y pico. Vivir cerca del centro tiene sus privilegios. Hay más luz. Pero también más caca de perro en la calle. José pensó en su pasado. Es su presente. Se preguntó si en verdad no está reconociendo los años que carga. Treinta no es joda. Pero a la vez resultan pocos. Cualquiera de más de cincuenta le dice pibe, yo a tu edad. Y todos le dicen ni loco vuelvo a hacer esto. Y José escucha. Los escucha. Y les hace caso. Sin embargo, todo lo que le dicen se lo dicen después de preguntarle cuándo se va a casar. Y él les dice mitad en broma, mitad en serio, nunca. Y ríe como un chico. Pero no lo entienden. Te vas a quedar solo, le dicen. José caminaba con frío. Prendió un cigarrillo. Vio linda ropa en una vidriera. Vio que los precios no estaban a su alcance. Aunque haciendo un esfuerzo… total, qué más da, no tiene que rendirle cuentas a nadie. Puede comprar eso si quiere. Pero no quiere y sigue caminando. Los árboles sin hojas se mueven. El frío crece. El frío del domingo crece. Los subidones, che. Pasó por una disquería y entró a ver qué había. Algo clásico, puede ser Coltrane. Puede ser Miles Davis. Puede ser Vinicius. Optó por Vinicius pero acompañado por María Bethania y Toquinho, juntos en Mar del Plata, en La Fusa. Cuando Mar del Plata tiraba los últimos destellos de calidad. Cuando un domingo por la noche era algo y no esto, la angustia urbana, la gente encerrada. Ciudad cada vez más grande y más pueblerina. La ciudad no ayuda. Pagó el disco y salió. La compra frenó un poco la ansiedad. Dio unas vueltas más y vio una pareja discutiendo. Ya no tenían retorno. Siguió en random y se dijo que el problema es el amor y su funcionamiento en el cuerpo como si fuera una droga. Cuando está adentro, todo bien. Cuando falta, chau. El problema, en verdad, es el pasado, repensó. Cuando había amor a algo. Un sueño, una meta, algo. Era un desahuciado. Soñar qué. Para qué. Treinta años y ya estaba de vuelta, concluyó. Regresó a su casa y tiró la campera en una silla. Prendió la estufa y preparó café. Abrió el disco de los brasileros en Mar del Plata. Saravá para ellos. Saravá porque cantaron alegres en Mar del Plata. La angustia del domingo, a una hora del lunes. Puso el disco en el equipo y escuchó. Escuchó que la alegría es sólo brasilera. Aunque canten al horror. Hay algo, hay brillo. Se tiró en la cama con la ropa puesta después de tomar el café. Le dio frío y se tapó un poco. La angustia del domingo se cubrió de sueño y bossa. Llegó el lunes.     



*Gastón Dominguez, estudiante de Letras en la UNMdP, estudió producción de radio, fue columnista de música y arte en los programas radiales El Puente y Apocalípticos e Integrados (Mar del Plata), tiene una novela (inédita) "El hijo de los héroes", publica diariamente en su blog www.gastondominguezanriquez.blogspot.com 

domingo, 16 de octubre de 2011

EL POST DE LOS LUNES: antiduelo*


siempre lo supe,

el tiempo y el dolor
se alargan como las canciones
que vuelvo a escuchar

la voz que dejaste
en la mitad de la lengua
y la otra
se murió cuando no estabas

atragantarse con palabras
marearse,
callate
no puedo pensar con tanta cosa

me lo recuerda
el agujero que quedó en los ojos
cuando te fuiste

tomalos
tragátelos

ni me hace falta mirar,
para qué los quiero

vino el silencio,
eso creímos

mentira,
el silencio nunca llega.



*leído en la presentación del libro Psicofango I, 15/10/2011, Polo Norte, Mar del Plata.


fotografía: objeto de arte de Marta Pardo 

domingo, 25 de septiembre de 2011

LUNES: Siempre me duermo en la terminal.


Me subo al colectivo, estoy sola y acostumbrada. Mi mochila y yo, como siempre, en el coche cama, el Cóndor creo. No nos dan alfajores ni sánguches, algo que me parece básicamente mal. Encima no traje nada para comer porque justo un rato antes estuve descompuesta. De unas descomposturas que hacía tiempo no me agarraban: ganas de vomitar, transpiración e inminente miedo a alguna cosa. Bueno, de esas.
O sea que medio dormida por la baja presión (supongo que es baja presión) me acuesto en el asiento bien reclinado y mientras una nenita de dos años no para de hablar detrás de mí, me duermo.
           Siempre me duermo en la terminal, antes de que el colectivo se ponga en movimiento.
Y empiezo a soñar como loca.

Estoy en un circo y resulta que soy mitad bailarina mitad trapecista mitad payaso. Soy las tres cosas a la vez. En ese momento me encuentro con unos payasos gordos y feos, son Oggy Junco y Bergara Leuman vestidos de dorado y con flores en la cabeza. No sé, no nos damos mucha bola e intento pasar, lanzada al viento, a través de un aro de fuego; ellos lo sostienen con mala cara, miran al techo y putean en voz baja pero llego a escucharlos.
Tomo carrera y cuando me tiro por el aro me caigo. Pero me caigo mal, tipo agujero de ascensor. Ya se sabe cómo se siente eso de caer al vacío cuando uno sueña, juraría que en ese evento la vigilia se complota con la pesadilla para que los sentidos se confundan atrozmente.
Mal.
Me despierto contracturada, con frío.
Al lado tengo una chica con auriculares quieta como una momia, la nena de atrás duerme, la señora del otro costado ronca, el olor a café de colectivo es un asco.
Me tapo con el saco y me doy vuelta.
Y sigo soñando.

Estoy en una cervecería con un tipo que conozco de vista pero en el sueño somos amantes. Tengo un saquito rojo y él una campera negra. Hay mucho ruido de autos y de gente, estamos un poco nerviosos. Nos ponemos a hablar, me pasa unos títulos de películas, unos temas de Silvio Rodríguez, unos pensamientos de los que se va a arrepentir, y me muestra su libreta de estudiante. Le hago un chiste sobre la mía, la saco de la cartera y ya no es mi libreta de estudiante sino un papelito borroneado que dice ¿ves? acá está escrito el futuro.
El mozo nos trae una Stella Artois, la botella queda sin abrir y al pibe se le hace la hora de subirse al colectivo.
Lo acompaño, nos damos unos besos espectaculares y se sube, se sienta, cierra los ojos que antes me clavó a lo bestia y se duerme.

Justo cuando se duerme él me despierto yo.
Destapada, se ve que me moví mientras soñaba.
El olor del café mezclado con el del baño me está matando.
La cabeza trabaja más durante los viajes, hay tiempo y suficiente soledad como para enredarse en los pensamientos. Y ahí empiezo.
A veces me hago la payasa -pienso-, a veces escucho a Silvio Rodríguez, a veces me tomo una Stella, a veces hago malabares.
A veces uso un saquito rojo, a veces creo que tengo el futuro escrito, a veces me caigo por el hueco del ascensor.
La nena de atrás se despierta, tengo hambre.
Le mando un mensaje de texto al papá de mi hijo, en una hora lo trae a casa.
Miro por la ventanilla, ya casi no se ve el campo. 
Está oscuro, en un rato llego a casa, dejé el calefactor en piloto y seguro me olvidé prendida la luz de afuera.

domingo, 18 de septiembre de 2011

LUNES: La chica radar

                
El radar funciona las 24 horas,  bajo cualquier clima y en todas las estaciones del año. No hay interruptor que corte su actividad, ni siquiera durante las horas del sueño. Capta tanto catástrofes como detalles, mínimas señales; preanuncia eventos y desencuentros. Es capaz de detectar movimientos insospechados, frases que se están por pronunciar y el tono con que serán dichas, negativas, directivas, deserciones, oportunidades.
La única debilidad del sistema es que, en algunas ocasiones, informa acerca de una situación con unos segundos de demora.
Si bien puede parecer insoportable vivir la vida con tantos datos, Silvina lo lleva con paciencia estoica aunque a decir verdad, nunca se acostumbra del todo.
Cuando entra al trabajo, saluda y se encuentra con las miradas de los otros, la forma de dar la mano o un beso en la mejilla, el tono de la voz con que cualquiera se dirige hacia cualquier otro,  sabe. Por ejemplo que Mauricio, el jefe, se va a negar a darle el día que José le está pidiendo; la forma en que Mauricio lo mira, en que pone el labio superior anticipando lo que va a decir, el modo como se toca la barba y cómo agacha la cabeza antes del “no”, es rápidamente decodificado, minutos antes de que suceda en la voz.
O cuando María Eugenia se dirige hacia ella con una sonrisa de rara arquitectura y ojos enrojecidos, le dice “Hola Sil, ¿tenés un minuto?”, el radar asegura que la próxima charla se desenvolverá acerca de males de amor, el tarado de Juan que de nuevo se borró, la tarada de la ex que lo persigue, lo tarada que soy cuando me llama para volver conmigo, ¿te das cuenta? Sí, Silvina se dio cuenta mucho antes.
El radar nunca se equivoca; bueno, casi nunca, no hay maquinaria perfecta.
Se hace mala sangre. Cuando el radar se aplica a las relaciones amorosas se le pone compleja la cosa. Porque el hecho de recibir los indicios acerca de la peligrosidad o imposibilidad de la cuestión, no le impide dejarse llevar por sus deseos y arremeter hacia el fracaso seguro.
Como cuando se enamoró de Carlos, un hombre diez años mayor y completamente asentado en su vida familiar. Y aunque él se declaró frágil ante ella, muerto de amor, derretido por sus besos, cautivado por su persona, absolutamente enamorado y desgarrado de pasión, nunca dejó a la esposa. Estaba cantado y no hay que ser una chica radar para sospecharlo.
La relación entre Silvina y el radar es, definitivamente, tragicómica.
Si compra en el almacén de la esquina y la atiende la señora petisa y canosa, le pide un paquete de galletitas y nada más, detecta por imperceptibles vibraciones en la voz que no va  a tener cambio para darle. Y no tiene.
Cuando se junta a tomar mate con su amiga Verónica y la escucha con avidez, mientras mastica una medialuna dulce y de fondo suena Adela en el Carrousel, el sistema le avisa que su amiga acaba de enamorarse aunque todavía no lo sabe. La forma en que mueve los párpados, la cantidad de veces que pestañea y repite “no, no me pasa nada, es algo así no más”, más la risa exagerada que sigue a cualquier comentario, cómo chupa la bombilla con el primer mate y el gesto con que se acomoda el pelo detrás del hombro.
Y también que su hijita volverá más tarde de la casa del papá a la tardecita, cuando suena el celular justo cuarenta minutos antes de la hora convenida; ese sólo dato es suficiente para la máquina de descifrar.
En la oficina detectó varios problemas de relación entre dos compañeros, incluso antes de que  supieran que ese malestar en el cuerpo cada vez que se veían, se transformaría en una brutal pelea. Diego abría las fosas nasales cada vez que Jorge se le acercaba, lo miraba fijo y respiraba un poco más fuerte que lo habitual. Era notorio el cambio en la mirada y en el ritmo respiratorio, el pecho se le movía demasiado hacia adelante con cada inhalación de aire y las manos se le crispaban. Jorge apretaba las mandíbulas, se ponía verborrágico, esquivaba la mirada de Diego y levantaba el tono de la voz. La explosión era inminente. No probable, inminente para Silvina, quien  tenía certeza de que la batalla incluiría trompadas e insultos a viva voz, delante de todos.
Una vez el radar se equivocó feo.
Había pronosticado la separación entre el hermano y su mujer, la cuñada, a juzgar por los datos con los que contaba hasta ese momento. La cuestión es que a los llantos de ella, los desprecios que se hacían en público, la cara de hastío de él y la rabia de los dos, siguió una inesperada recomposición y todos a comer perdices.
Silvina tiene un rato libre, no hace frío y decide caminar por la calle hasta las cinco, que vuelve a entrar al trabajo.
Hay un vientito suave, su pelo negro se mueve lento como las ondas del aparato; los ojos verde agua parpadean por el sol; sus piernas se deslizan con gracia entre los bancos de una plaza, se sienta, deja la cartera en la falda, pone la cara al sol, las piernas extendidas, las manos tibias y los brazos flacos cuelgan a los costados.
Abre un libro que tiene justo a mano y se mete en “Las maquinarias de la alegría”; lo leyó casi cincuenta veces, pero no se cansa.
Se queda un rato metida en “El día de muertos”, calaveras de azúcar y desesperación, catacumbas inquietantes y un yanqui aturdido de tanto funeral.
Como si caminara entre el polvo ardiente del mediodía mejicano, se acomoda el flequillo, se pone los anteojos oscuros, respira.
Enfrente hay una señora con un perrito, se viene el ladrido se viene el ladrido, dice el radar, y ladra. Silvina no se inmuta, la señora le grita al animal que se calle, entre los dos hacen mucho ruido. Pero ya se van a ir más lejos, piensa. La señora y el perrito desaparecen de su vista, sólo quedan los nenes en los jueguitos, a su derecha, y la gente que pasan caminando.
Son las cuatro y media, el tiempo le alcanza con comodidad para llegar a horario. El radar suele llevarse bien con el tiempo, las mediciones son casi exactas. De todos modos, no se trata de detectar nada, sino de controlar la hora para llegar a tiempo.
Se echa el pelo detrás de los hombros, guarda el libro en la cartera, toma aire, se levanta etérea y empieza a caminar hacia la vereda. El vestido hindú se mueve con pasos de viento urbano, rojizo y liviano le roza las piernas delgadas a lenguas de tela fresca.
Un tipo en una bicicleta pasa rápido, sin mirar, sin verla, la rueda delantera casi toca su pie a punto de apoyarse en la calle. Ella lo corre en una reacción refleja, sorprendida espera un minuto antes de volver a cruzar.
Luego avanza sobre la calle con el semáforo a su favor. Enfrente, un señor con bastón levanta sus pies con esfuerzo y dos chicos con uniformes escolares ríen escandalosamente, cargados con mochilas enormes y zapatos nuevos. Caminan hacia la vereda, cruzándose con ella de la forma en que uno cruza la calle un día cualquiera, sin reparar en nada en particular, con la cabeza en lo que sigue, Diego y el ojo morado, María Eugenia y ojalá haya preparado mate porque me muero por tomar uno ya mismo, Mauricio y su mala cara de lunes. Cuando le faltan tres pasos para subir de nuevo a la vereda, un taxi cruza sin frenar y la tira.
Unos cuantos metros adelante.
Sacude el cuerpo como una bolsa de ropa sucia que flamea frágil en el aire de otoño, se luce en tres vueltas a lo alto y cae al asfalto como piedrazo.
Se queda dos minutos lúcida, sangra la nariz, la cabeza, uno de los brazos.
No entra el aire. No entra.
En ese último instante de conciencia, en tiempo diferido, bajo la mirada atónita de los curiosos que la rodean, el radar le indica que todo termina ahora mismo.


domingo, 28 de agosto de 2011

LUNES: odio / amor


Distribución de responsabilidades

no soy mala 
ni tan copada
ni atractiva
no soy tan correcta
no soy tan incorrecta
no soy una grossa
no soy tan estúpida
no soy insensible
no soy peleadora
no soy injusta
no siempre soy justa
no soy sexy
no soy zonza
bueno, un poco
no soy todo
para alguien
no soy nada

no soy lo que no quiero ser
no soy lo que quisiera

no soy yo
te juro,
sos vos.


* * *


Cursi

Ah,
si hubiera leído
menos Cenicienta
y más Mafalda,
mi declaración de amor
sería graciosa e inteligente,
breve y perspicaz.

Pero no, ya ves.
Una cursi cualquiera.


domingo, 21 de agosto de 2011

LUNES: páramo.



redundar
en la lista indefinida
de pensamientos
que se multiplican refractales
con el único propósito
de caer

y las palabras que asaltan
sin novedad,
como la primera vez de tantas
que antes les negó
prioridad o estrellato
en el inestable páramo mental
en que descansan

mientras se eternizan
se aparean
se destruyen
entre cuerpos con exacto movimiento
y frío

entro y salgo de tu casa
de tu cama
de tus ojos
de tus huesos
de tus muertes,
entro y salgo como si el viento
de mi paso por la puerta
con las llaves destripando
los oídos

te moviera un párpado despierto
te cerrara un látigo dormido.



domingo, 7 de agosto de 2011

LUNES: las cartas, de *Gonzalo Viñao

                                                                                                    "Los Jázaros consideran a las 
personas que habitan el
pasado de un hombre
como prisioneras en el 
hechizo del recuerdo."

                                              
                       Milorad Pavic.
         

                                                                

                                                                                                    
           Estaba sentado, hablando con alguien más y tomando mate, cuando escuché una voz que se me acercaba por atrás.
–buenas profe… –era una de las coordinadoras– acá llegó Analía
            Me dí vuelta, con el mate en la mano, para ver que la traían agarrada de los hombros, como una prenda que se saca mojada del lavarropas. Y así la acomodaron en una silla enfrente de mí, del otro lado de la mesa, como si colgaran esa misma prenda en una soga para secarla al sol.
–Analía preguntó por el taller de lectura –explicó la coordinadora– , está muy interesada
El sol en ese momento entraba por el ventanal de la sala común. Un sol tibio y otoñal, de calor insuficiente. En cuanto la coordinadora se retiró, entendí que necesitaríamos un sol mucho más potente, incluso tropical, en lo posible selvático.
            Porque Analía temblaba como si de verdad la hubieran sacado empapada de un lavarropas. Eran unos temblores suaves, sin sobresaltos, pero persistentes y continuos, de los brazos, las manos, la cabeza, las ondas eran perceptibles en el cabello encrespado que me quedó a contraluz, rojo, la boca temblaba también, y la mirada era furtiva, con ojos grandes y verdes, la cara llena de pecas y miedo. Todo era miedo en Analía, imposible saber miedo a qué, pero miedo patente, evidente, inevitable, en toda la expresión de su rostro, como manifestación fundamental de su persona.
            Hablamos. Los primeros cuarenta y cinco minutos fue más bien un monólogo, el más arduo examen personal al que me vi sometido en mi vida adulta. Mientras hablaba, me resultaba progresivamente más y más difícil saber qué sucedía dentro de la cabeza de Analía que no dejaba de temblar, a pesar de mi suposición de que en algún momento se calmaría. Los temblores estaban perfectamente asimilados a su comportamiento corriente, porque no se detenían. Con la mirada anunciaba que prestaba atención y parecía todo el tiempo a punto de decir algo, pero no decía nada, y cada tanto los ojos se le iban para los costados, para confirmar que la gente permaneciera en su lugar o algo por el estilo. Le acercaron un conito de papel con dos pastillas y un vaso descartable con agua; miró la hora en el reloj de pared y con movimientos lentos y calculados permitió que le acercaran las pastillas primero, el agua después, a la boca.
            Es que la voluntad parecía no ejercer ningún imperio sobre su cuerpo, perfectamente inmóvil más allá de los temblores. Los brazos colgaban muertos a los costados, con los antebrazos apoyados sobre la mesa, sin dar señales de vida. Las manos y los dedos se estremecían como las ramas de los árboles en el viento, con un suave susurro de su sweater de lana.
La otra chica que estaba con nosotros y que participaba a medias de nuestra charla le acercó un mate. Se lo puso en la mano derecha, y ahí se debe haber producido una crisis en lo más hondo de Analía, porque el esfuerzo que necesitó para arrastrarlo un poco, quince centímetros a la izquierda, hasta ponerlo debajo de su cara, hubiera liquidado a varios hombres cien veces más saludables que ella.  
            Pero Analía deslizó con éxito el mate sobre la mesa a lo largo de esos quince centímetros, lo que le permitió acercar la boca a la bombilla para chupar, sin necesidad de hacer el esfuerzo de levantarlo. Acercó la boca muy lentamente y los temblores redoblaron en ese momento, la bombilla se sacudía como un sismógrafo enloquecido, una contractura triple le atenazó el cuello y las réplicas del dolor se manifestaron en la lenta superficie de la mirada. Finalmente se tomó el mate y aceptó varios otros.
            El horario del taller de lectura había terminado, técnicamente, una hora antes de que Analía pronunciara sus primeras palabras en nuestra conversación. Como el resto de su comportamiento físico, todo lo que me dijo salió atravesado por los temblores y el miedo. No creo que Analía supiera con exactitud qué le provocaba tanto miedo, me imagino que la asustaría complementariamente ese mismo desconcierto. El miedo que no tiene causa, que puede venir de cualquier lado, es un miedo que asusta más porque no se entiende, porque está en nosotros.  
            Hablamos de libros, de autores, de lecturas. Le pregunté, sintiéndome en territorio neutral y conocido, qué le gustaba leer, y desplegó un muy amplio panorama de conocimientos literarios, sorprendente desde cualquier punto de vista. Indagué un poco más sobre el contexto y el origen de estas preferencias, y me enteré de que estaba en proceso de escribir su tesis universitaria. Deduje además que el objeto de sus estudios le permitía un notable grado de conocimiento sobre su propia enfermedad.
            Estas conversaciones son como campos minados, se intuyen los detonantes, se auguran zonas de peligro, pero es una cuestión de puro azar no caer en cualquiera de los sectores en sombras. Con la misma seguridad de antes le pregunté, resueltamente, si además de leer también escribía.
–si escribo –me dijo temblando– escribo cartas, desde hace tres años o un poco más
–¿sólo cartas? ¿siempre cartas?
–si, cartas
            Hubo una pausa en la conversación, como una hoja en blanco, el profesor del taller de lectura no supo qué leer en ese silencio. Una contradicción del sentido que se hizo patente en la divergencia de las miradas, a mitad de camino entre lo que me quería decir y lo que no se animaba a pronunciar, entre lo que yo quería y lo que no quería saber. Evidentemente no hablábamos de lo mismo, y los dos pensábamos en la posibilidad de hablar de esa otra cosa, sin animarnos del todo. Podríamos pasar la vida viajando miles y miles de kilómetros alrededor del mundo y no encontrar nunca el pasillo de tres metros que nos acerque a otra persona.
–Las cartas –me aclaró Analía, mientras yo me preguntaba si de verdad había dejado de temblar– son para alguien…
            Analía se afirmó con las manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, parecía otra persona. La voluntad extraviada había encontrado circunstancialmente un camino de regreso, y se manifestó como una primavera que entra con toda la pompa por las ventanas de los ojos.
–para alguien… –dudé un momento– ¿para el mismo? ¿siempre?
–siempre –insistió– todos los días…
            El brillo en los ojos se le apagó tan rápido como había llegado. Volvió a inclinarse lentamente contra el respaldo de la silla, y a medida que retrocedía volvían los temblores. Dijo que nadie había visto jamás las cartas, y que nadie las vería. Dijo que estaban escritas con propósitos personales y que eran cartas privadas. Que nunca había escrito ficción, ni nada que otros leyeran, más que su único destinatario. Al mencionarlo por segunda vez, yo mismo sentí el estremecimiento de Analía como un golpe en el vacío que me cortó el aliento.
            Le hubiera jurado en ese momento, desconociendo las cartas, comprometiéndome a no leerlas nunca, que ese tipo de cosas eran las únicas que merecían ser escritas, pero tenía un nudo en la lengua, como si cobrara repentina conciencia de estar jugando a la ruleta rusa, y no me atreví a pronunciar una sola palabra.
            Sin girar el cuello, apenas buscándola con la voz y con la mirada, Analía le pidió a nuestra compañera de mesa un cigarrillo y fuego. Le dejaron la caja de fósforos y un paquete de Phillips a una distancia razonable de las manos. Me miró un segundo a los ojos y de inmediato saqué un cigarrillo del paquete, se lo dí, temblando se lo puso en la boca, encendí un fósforo y se lo acerqué a la cara. Fue sencillamente inútil, imposible. Saqué otro cigarrillo y lo encendí por mi cuenta, después se lo cambié por el cigarrillo apagado que volví a guardar en el atado.
            Se acercó el cigarrillo, encendido y vacilante, a la boca. El sol del otoño disparó su último rayo contra los rulos colorados de Analía, que fumaba con la mano temblorosa y la boca crispada, a contraluz de la ventana. Los ojos verdes caídos como una lluvia sobre su propio regazo, donde apretaba un morralito de colores con la mano desocupada. 
–si querés las busco –me dijo, mientras yo juntaba mis cosas– y te las muestro… tendría que ordenarlas un poco
–como quieras, me encantaría leerlas, si no te hace sentir incómoda
–no, para nada, me gustaría mucho que las veas
            Dos o tres veces por semana vuelve a prometérmelas.


*Gonzalo Viñao, escritor y poeta, Primer Premio Municipal de Literatura Osvaldo Soriano/2008 (Mar del Plata), docente en talleres literarios, tiene publicaciones en varias revistas digitales y blogs.
            

domingo, 24 de julio de 2011

LUNES: Click


Se encuentran todos los lunes a las tres de la tarde, los miércoles a las cinco y los viernes de noche, a las once. En general es él el que la busca, la llama, propicia el encuentro.
El tipo es puntual, demasiado. Sincronizó la hora en el celular con la del reloj pulsera con el de la pared en la cocina con el de la compu.
Tipo obse si los hay.
Obse pero con onda. Le gusta la buena música, el jazz clásico, la música inglesa y el rock progresivo.
Tiene el pelo medio larguito, no demasiado, castaño, sin ese flequillo absurdo que usan los adolescentes o los porteños. Larguito como se lo dejan los machos. Creció, no se lo cortó  y así le quedó.
El tipo se escapa del trabajo para encontrarse con ella. Es por eso que maneja esos horarios. Y además, es cuando la mujer está trabajando u ocupada con los nenes o en el gimnasio o en el super o vaya uno a saber adónde.
O sea: es los lunes, los miércoles y los viernes o nada. Igual no es poco.
El flaco es abogado pero no cuervo, digamos. Es honesto y lleva lo suficientemente bien la profesión como para vivir de ella y aportar a la familia. No se desvive, la rema y las cosas le salen bien.

Ella es alta, tiene el pelo corto y habla rápido, bastante linda. Tiene las uñas pintadas de rojo fuego y los labios del mismo color. Huele a perfume cítrico. Los ojos son marrones pero brillan tanto.
Le brillan más cuando se encuentra con él.
Menos obse, a veces llega antes, a veces después. Relajada con esas cosas, la chica. Pero le encanta que él la busque, le insista. Que sea puntual, que mire los relojes, que le diga si llegó tres minutos después o que le pregunte desde cuándo está, que todavía no era la hora. Ella se le ríe para aflojarlo y él cae como un chorlito.
Soltera y sin apuro, se acomoda a sus horarios y hace algunos malabares con el trabajo, pero no le resulta un problema. Se arregla. La flaca se arregla casi siempre.
Vive sola desde hace dos años, cuando decidió deshacerse de su novio-planta. Una variedad de sujeto: lindo pibe pero con complejo de vegetal. Bueno, lo sacó corriendo cual maceta al viento y se despidió de sus hojas con hartazgo cariñoso. Mezcla rara.
Toma mate desconsideradamente y prende un sahumerio todas las noches.

Se encuentran a la hora convenida en el lugar convenido.
Hablan y hablan y las taquicardias se alimentan mutuamente, es como si un corazón contagiara al otro, lo invitara a bailar o hiciera algún tipo de morisqueta que lo entusiasmara. Uno arranca y el otro se prende.
Porque es como si las palabras trascendieran todo, las gargantas, las letras, los dedos, los ruidos, y se transformaran en una corporeidad extraña e inevitable. Dividida en dos cuerpos de palabras con piel, lengua, oído, piernas, sexo y olores.
Como si esas corporeidades se transmutaran en alguna otra cosa, ellos tan comunes y banales, desafían lo típico y se levantan un poquito del piso.
Pasan de una cosa a otra, les gusta todo del otro y lo que no, hacen como que no existe, les resulta  tan fácil.

Pero ese miércoles algo pasa.
Porque el flaco la espera no una sino dos horas. Revisa los relojes cien veces. Se convence de que debe haber tenido algún problema, pero no la llama porque no tiene su teléfono. El acuerdo es ése, sin datos personales, sólo esos encuentros. La flaca nunca llega.
El viernes tampoco.
El flaco se pone nervioso, mal, sacado.
Primero furioso, después se angustia.
Va durante dos semanas al lugar y hora convenidos.
Ella no aparece nunca pero nunca.
Él se va.
Entonces nada tiene sentido y el chat, único lugar que los unió, se muere.


domingo, 17 de julio de 2011

LUNES: estética


Los feos se miran de reojo.
Él viene caminando lento, medio torcido.
No está rengo, pero podría por la forma en que se balancea.
Ella se oculta detrás de unos anteojos enormes y una especie de túnica.
Los lindos se pasean de un modo vergonzante.
Menean sus cabelleras, despiden su perfume, lucen su narcisismo.
Ella se jacta de sus caderas.
Él de sus torso.
Miran a los feos y se ríen por lo bajo.
Los feos los miran, con bronca.
Pero también se ríen.

Los del medio, los mediocres, los ni fu ni fa, transitan sin pena ni gloria.
Caminan grises y observan todo tras la reja de lo trillado.
Y los miran con secreta envidia.


lunes, 11 de julio de 2011

LUNES: en otro lado


el dolor intravenoso
asciende enloquecido

por los tubos de los rojos
por los tubos de los ojos

como aceite vencido
nafta
solvente
como mezcla de ácidos
corrosivos
a la paciencia innumerada

el dolor no tiene boca
yo tampoco

las palabras están en otro lado


domingo, 3 de julio de 2011

EL POST DE LOS LUNES: Se sabe



Se sabe que para que algunas cosas puedan vivir, puedan comenzar, sí o sí otras tienen que morir. Se sabe que para pasar a algo mejor (o menos peor, según el caso) hay que cerrar algún otro asunto, despedirse. No hay otro modo, no lo hay.
Y sin embargo, quién se banca los finales. Quién quiere perder algo, quién quiere pasar a otra cosa, cortar, lamentarse, repasar en la cabeza qué hubiera pasado si, arrepentirse, no arrepentirse, dar mil vueltas sobre lo mismo, o un par no más.
Quién se anima a nadar en el hueco incierto de la nada, porque mientras uno anda por ahí no sabe cuán lejos está el algo, cuánto más hay que andar, a veces ni se vislumbra.

Y ni hablar de lo perdido: suele ser más el dolor por lo que pudo haber sido que por lo que se pierde.

Un lugar en el otro es lo que uno no quiere dejar de tener, quizás más que a ese otro (un trabajo, un reconocimiento equis, un sitio entre las amistades o con un amigo en particular, en la familia, en una relación amorosa, un ideal. Uf, ese cómo duele).
Dueeele.
Por eso –recomiendo- hay que agarrar la felicidad en las pequeñas dosis en que se aparezca.
Apretarla en la mano hasta que se implante en la palma, a ver si deja huella, total ya se va a escapar.

También existe el aburrimiento que es una buena forma de mantenerse estable, capaz no demasiado contento pero –y esto es central- tampoco demasiado triste.

Algunos creen que se puede estar feliz en forma más o menos permanente, no seré yo quien lo contradiga o lo desmienta, menos hoy, menos acá.

Por supuesto.

domingo, 15 de mayo de 2011

EL POST DE LOS LUNES: poema



si te escribiera algo
difícilmente sería un poema,
más bien un cuento
un ensayo
un panfleto,
algo contundente

cada palabra un fragmento
de piel en crudo
de olor del cuello
de humedad
con salida a mares
y entrada incierta

pedazos
de mí
bajo disfraz  numérico
sintáctico
gramático

burlándose de lo prudente
(sé que me voy
a arrepentir)

si te escribiera algo
presiento que algún sentido
querría quedarse cerca,
acá tus ojos
allá el silencio
y desde aquí la pregunta
que nos persigue

y fundido el alivio
con la tensión
por tus ojos al leer
(me)
caería
entera desnuda despojada
oculta y a la luz
de tu boca por venir.