A Marta y Enrique
Viene de una familia de trabajo en la que faltaron varias cosas. Tiene unos hermanos a los que quiere como hijos, la diferencia de edad y otras cosas de la vida justificaron su crianza.
Alicia, su amiga de la facultad, la invita a pasear a una provincia rodeada de ríos y árboles y pájaros, el pueblo de donde es su novio. Todavía faltan un par de años para el miedo y el exilio.
Enseguida se juntan con amigos del lugar.
Augusto se acaba de recibir de abogado. De familia culta, acomodada y católica, le sobran inquietudes y deseos. Para irse del acomodamiento y del catolicismo.
Es flaquísimo, usa unos enormes anteojos con marco de moda y canta, si no como los dioses, parecido. Tiene mucha vida social y empieza a enterarse de qué se trata bancarse solo y trabajar.
Recién sale de un noviazgo tormentoso y alocado. No quiere saber nada más con minas desquiciadas.
Son las tres de la tarde y Susana y Alicia llegan al pueblo del agua marrón.
Bajo los árboles, los desconocidos se miran, los amigos ríen a los gritos, tocan la guitarra y todos están contentos.
El pecho le tiembla, Susana no salió muchas veces de su casa y menos a otra provincia y menos con una amiga. La gente habla con tonada graciosa, ríe con escándalo y no se cansa de cantar. La sensación de bicho raro es una constante, es cierto que le miran mucho los ojos, el pelo cortísimo, las piernas delgadas, la cintura insinuante y la bikini tejida al crochet.
Por suerte le sobra boca para sonreír.
El río está planchado, no es como lo imaginaba, no corre peligrosamente, no se lleva a los desprevenidos, no hay pirañas. Descansa bajo el enero que asfixia. Los pájaros se hacen oír a la tardecita, a la hora en que se encienden los espirales de la guerra contra los mosquitos.
Augusto despliega sus dotes de humor y sus canciones, tiene un aire de líder dentro del grupo de hermanos y amigos. Es involuntario, la simpatía le fluye entre los dientes, la mirada expresiva, los comentarios agudos y los tonos exagerados al hablar.
Las miradas se pegan entre sí, imposible disimular.
La voz de la zamba y los ojos del agua: no hace falta demasiado para que el encanto se anude al vértigo.
Tirarse al precipicio del deseo, las distancias concretas y las otras, los proyectos, las ganas, el apuro, la brutal inconsciencia de las decisiones.
No hace falta demasiado para que el encanto se anude al vértigo.
Quizás todo se resuma en desafiar los kilómetros, las diferencias, los obstáculos visibles e invisibles, los que se enunciaron y los que nunca se dirán. Quizás todo indique que sobran los motivos reales y los argumentos aceitados para desistir.
Pero no.
Porque vamos, lo importante está en otro lado.



















