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domingo, 30 de octubre de 2011

LUNES: antipoesía


"Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.” Gonzalo Rojas.          


las metáforas no me sirven
para nada

las cosas caminan por su cauce
todo es concreto, real y cínico

el colectivo
la panadería
las bolsas del super
el teléfono y la obra social
temprano a trabajar
pido un taxi
miro la tele
puteo
cocino lavo duermo lloro espero
toco canto sueño caigo veo

calle noticiero gobierno
política internacional
ibuprofeno reliverán
seis y media de la mañana
autovía dos
ruta catorce
seis grados, dos de térmica

todas las cosas tienen
un lugar
que alguien determinó por mí
o que existen por sí mismas

no hay poesía en ningún lado,
tras las palabras la magia
se muere
cada vez que miro al costado

o para abajo, los pies
con las medias desparejas
desentendida
del mundo,
que clara y definitoriamente
se arroga
un vacío para mí.


jueves, 15 de septiembre de 2011

El desconocido


 El desconocido llega los jueves a las cuatro de la tarde. Toca dos timbres y entra rápido ni bien le abro la puerta. Casi siempre trae remera azul y una mochila negra.
Me dice “Hola hermosa, ¿cómo estás?” y dispara con esos ojos intensos, mucho más intensos que el temblor en la voz.
Siempre lo mismo: le ofrezco un café, lo toma y me mira fijo mientras hablo de cualquier cosa. Y sin aviso, me agarra de la cintura y me hunde en un beso que es cada vez el mismo; suave al principio y tremendo después.
El desconocido me levanta la remera y se detiene ahí, en donde me late cada vez más fuerte, me hace chistes y nos reímos y nos besamos y tomamos café y fumamos, todo al mismo tiempo.
Después me empuja hasta el sillón, me hace el amor con una dedicación y un misterio que no logro descifrar. Me dice cien veces cuánto le gusto, cuánto me quiere y se queda mirándome un rato largo.
A veces me quedo callada, a veces digo algo gracioso, otras le pregunto, pero se mantiene en el desconocimiento por convicción o no sé por qué.
Entonces se hacen las siete, siete y media, y me dice “Me tengo que ir”, y yo “Sí, ya sé”.
Me abraza como quince minutos, llorisqueo en su hombro, me pide que no lo haga, “hasta el jueves”, me da un pico.
Le abro la puerta, sale rápido, me tira un beso, me hace chau con la mano.
Pero hoy fue distinto. Habló de miedos, de amor, de tiempos y me dijo tres veces que me odiaba.
Ya es jueves de nuevo y no vino.
Entonces agarro mi cartera negra, la campera azul, el celular, voy hasta donde está y le toco timbre.
El desconocido casi se muere cuando me ve, porque piensa que lo desconozco y porque nunca hago más de lo que me pide.
Me mira con asombro como frente a una revelación, una aparición, un signo sobrenatural de algo, del fin del mundo o alguna de esas cosas.
“Te odio” me dice por lo bajo, en la oreja, mientras me agarra de la cintura y se hunde en mi cuello, para siempre.


domingo, 11 de septiembre de 2011

LUNES: Las tres menos veinte*


El hombre se despierta de golpe, no por el despertador sino por esa lanza impiadosa que cae sobre su pensamiento y le golpea el pecho. Está acostumbrado a despertar así, como si alguien le disparara con un arma, como si alguien le clavara una espada. Ya sabe, viene la taquicardia y al siguiente segundo se dio cuenta, se despertó. 


El problema es que son las dos de la mañana y la noche se anuncia espesa y lentísima, como le pasa siempre. Decide volver a dormirse, respira profundo e intenta no moverse, un poco para atraer al sueño, un poco para espantar a los espíritus malignos de su pensar, un poco para no despertar a la mujer que duerme a su lado. 


Allí, el inevitable laberinto comienza su carrera: el trabajo, el jefe complicado, el compañero malintencionado, el amigo, el pago de los últimos impuestos, el del crédito que tanto costó conseguir, las interminables quejas de su mujer, las interminables quejas de su amante, interminables preocupaciones obturando las vías del sueño.


Apenas pasaron nueve minutos.


Comenzó a transpirar, a sentir el corazón saliéndose como si pudiera latir afuera. ¡Mierda! Como si este desgraciado tuviera vida propia. 
Respira otra vez como indican los médicos que hay que hacer cuando viene el pánico.
Inspiro, exhalo, inspiro, exhalo. Tic tac tic tac tic tac.


Un ladrido lejano. Aunque en la noche hasta el ladrido más lejano se oye tan cerca, amplifica las vibraciones, aturde en las mandíbulas salivantes. Ese perro me tiene harto, si no se calla me levanto y lo ahorco con mis propias manos.
Tic tac tic tac tic tac. Cierto, la respiración.
Se da vuelta pesadamente, su cuerpo es ágil y movedizo pero ya se sabe, en la noche todo pesa más. Al girar registra el dolor en la nuca, punzante y sencillo como un par de agujas de tejer metiéndose en la base de su cabeza. El quejido es leve y corto. Ya bastante con los ladridos y ese maldito reloj. Los minutos del sucio silencio nocturno se desagajan sin apuro, mojan la respiración profunda de la que duerme, salpican el aire entrecortado del insomne.
La mira y no la ve, es hermética la oscuridad de la habitación. Siente el calor tibio de su brazo que casi lo toca y lo rozan las puntas de su pelo.
También la escucha. Aletargada la entrada y la salida del aire, que ahora parece engrosarse y elevarse hacia el techo del cuarto. Si pudiera dormir así. Una uña de la mujer se desliza molestándolo en uno de sus muslos, se mueve dormida y ajena.


Tic tac tic tac tic tac.
La nuca arremete doliente, y siente que ya no puede mover más el cuello, es tan hondo el dolor que prefiere quedarse inmóvil y volver a respirar, a pesar del ahogo que de a poco se adueña de su garganta.
Ruido de pasos en el piso superior, llaves, puerta, muebles, risas inoportunas y música desagradable. La mujer se da vuelta, su respiración ha crecido monstruosamente, ahora lo abraza y entrecruza sus piernas con las de él. El hombre intenta correrse hacia su lado de la cama, pero esos filos en la nuca como ojos que le disparan, lo dejan quieto. Se mezcla el tic tac con los gemidos y las risas que se multiplican arriba, y los ladridos avanzan sobre la calle, hacia las ventanas, dentro de los oídos, directo hacia el pecho del hombre.
No quiere abrir los ojos, aunque la oscuridad sigue intacta.
Las uñas de la mujer comienzan a clavarse en su espalda, como heridas hechas al descuido, como pinches que azarosos buscan el interior de la carne.
El grito se ahoga.
La música crece como la voz de la Josephine de Kafka.
De nuevo el corazón late, salta, patea hacia fuera, rompe las arterias, cruza los músculos, esquiva los huesos, raja la piel, asoma desesperado.
Abre un ojo. Se sacude. Resopla.
Tic tac tic tac tic tac.
Son apenas las tres menos veinte.  


*este cuento fue leído el sábado 10 de septiembre de 2011, en la Fiesta Psicofango, Centro Cultural La Bicicleta, Mar del Plata.

Página Psicofango en Facebook    https://www.facebook.com/Psicofango
                                                       

domingo, 1 de mayo de 2011

EL POST DE LOS LUNES: poesía


Sé que el silencio
viene detrás de mí,
me huele de cerca,
me pega la nariz a las mejillas,
a la boca abierta
y destila un aliento
a urbano podrido,
alcantarillas negras,
basura amontonada.

Tocándome las manos
me deja atragantada
de palabras
inútiles
como las que caen de la guía telefónica
rebotan en el piso,
sobran,
se desparraman.

No importa lo que diga
ni cuántas frases escupa
ni cuántos poemas vomite.

Ahí está el silencio,
arrancándome los pelos.

Abusando de mi boca,
penetrándome
con gesto indiferente
mientras mira por la ventana
la lluvia
que se desprende
insípida y solitaria
del aire que me sobra
esta noche.


sábado, 16 de abril de 2011

Oximoron

"El psicofango
se ha cobrado
una nueva víctima
,
titulan todos los diarios." Gastón Dominguez



El poeta
empieza el día
tropezando con la luz,
putea a dios y medio mundo
y se enoja.

Le pesa el sueño
la resaca
el odio
el desasosiego
los huesos exagerados
la madrugada escabrosamente
negra
la almohada solitaria
la muerte
el imperialismo
y así.

Entre la basura
desayuna
las peores noticias,
el café le quema un vestigio
de ilusión
y vislumbra
que aquellas cosas
más
allá del fango maloliente
y reiterado

aún
resisten.

Mira la calle, el mar
con la cara al sol
con los ojos al viento
la boca abierta
la nariz helada,

y una tristeza
tenue
innominada

y dulce

como las últimas gotas de la miel
que se enterró
difusa
inapresable
en la infancia

le lame el sueño.

 
Fotografía Rodney Smith

sábado, 2 de abril de 2011

pregunta


sobre el vidrio roto
y pisoteado
con que me miro
y con que te miré
a través de unos ojos
quietos de muñeca
desarticulada

camino descalza

cada vez que me ves
recorriendo los pasillos
de tu casa
espiando entre los bloques
de cemento líquido
de tus paredes

una pregunta me acecha.



Fotografía Robert G. Griffeth

lunes, 28 de marzo de 2011

EL POST DE LOS LUNES: roma

los caminos que conducen
a roma
están obstruidos
el peaje es caro
no conozco las rutas

aquí me ves
en medio de la nada
a pie
sin mapas
ni dirección

hago dedo
y me escurro en la noche

como las últimas gotas de lluvia
que se tiran desde el techo
más alto
buscando en el golpe seco
con que azotan
la vereda
un final

jueves, 17 de marzo de 2011

(haiku)


miguitas de pan
caen en el silencio
sobre la mesa









Hopper, "Mujer tomando café"