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domingo, 20 de noviembre de 2011

LUNES: Etcétera*



              Raúl se sentó con desgano, agotado por el fastidioso lunes y el más fastidioso trabajo, y dejó que el cansancio lo envolviera como si fuera la última vez.
Eran las doce menos cuarto, Mónica ya dormía.
Clic en el velador del living,  y clic en su conciencia. Respiró  profundo y tomó valor para leer otra vez la carta.
La sacó del cajón cerrado y antes de abrirla se levantó y fue hasta la cocina a prepararse un café, o quizá a tomarse una tregua y ahorrarse varias lágrimas.
Las letras en tinta negra ponían en evidencia a una Lita más serena, tal vez más cansada, pero aún viva, hermosa. Sus típicas ironías, sus adjetivos raros, su perfecta ortografía y su obsesión por los recuerdos del pasado que los unía. Por eso el miedo, pensó. Bah, por el pasado, por el presente, vaya uno a saber, terminó diciéndose, y reprochándose ese autoanálisis que justificaba a medias su tristeza y la rara sensación de no haber vivido estos últimos diez años.
Un pasado lleno de tardes de sol y Lita. Lita de sol y Raúl demasiado tarde. De estudiantes eufóricos, cafés y reuniones interminables, colectivos llenos, muchos libros de la biblioteca, guitarreadas a la noche con mate, la piel y los besos de esa mujer.
Tardes de “infames construcciones poéticas”, como le gustaba decir a ella de sus propias producciones, lágrimas que transportaban el alma y una mirada que superaba cualquier cosa. Líneas, versos, fantasmas, inhibiciones. Filosofía sobre la guerra, el amor, la política y las cosas que se pierden.
Después vino lo inesperado, el dejarse llevar y no poder darse cuenta de nada, encandilarse por otros ojos, bellos sin duda, pero nunca como los de Lita.
“Llego el viernes”, decía el final de la carta. cuatro días y muchas ganas.
Las letras dibujadas con cuidado sobre el papel carta mostraban a una Lita surcada por el transcurrir del tiempo, inevitable y mezquino.
Pero había algo en esa mujer que escapaba al tiempo.

                                                                             ...................................
                                                                                  
               
               Mónica miró al despertador como si no le creyera que eran las seis menos cuarto y había que empezar el día. Después de cinco cortos minutos de sábanas tibias puso un pie sobre el piso frío y supo que tendría que abrigarse. Raúl dormía. Siempre se levantaba con ella, pero por alguna razón hoy seguía en la cama y prefirió no despertarlo.
            Hacía tiempo que sentía cierta culpa por el derrumbe lento pero seguro de su matrimonio. Muchas excusas, gran enamoramiento al principio y luego, poco a poco, las grietas que crecían como musgos sobre lo que quedaba de sus horas de tranquilidad.
             Sin duda, el egoísmo de él era un muro de difícil acceso, ¿pero qué había puesto ella para atravesarlo? Más que una barrera, la incomunicación se había hecho una costumbre, un rito inviolable. El aburrimiento en la sangre, en la mirada, en las caricias automáticas, en las neuronas atareadas. Y en la paz que, por accidente o casualidad, a veces conseguían.
Se  miró al espejo. Voló sobre su mente aquella mañana fresca de octubre en que entraba a la universidad cargada de libros y expectativas. Afuera, un grupo de estudiantes, él, modestamente atractivo, lejano, pensativo. Lo había mirado un poco, con mentiroso disimulo, asegurándose de que la siguiera con su mirada. Desafió con sus encantos a esa otra mujer, a su lado, que le hablaba de cualquier cosa para distraerlo. Pero él no pudo sacarle los ojos de encima, cegado por el encuentro con su innombrable belleza.
“No hay bien que dure cien años” pensó Mónica con tristeza, y una lágrima se le mezcló con el agua dulzona del café.
                                                 
                                                                             .........................................


El colectivo la dejó a una cuadra de la terminal.
Un viento demasiado frío de un viernes demasiado lento jugaba con su pelo suelto y rojizo, obstinado en revelarle algunas canas.
Subió al ómnibus, se ubicó del lado de la ventanilla y sacó de la cartera su eterno Borges. Había releído mil veces La Rosa Profunda. Lo dejó suavemente sobre su regazo, acunando algunas palabras que hacía suyas.
Se recostó cómodamente y cerró por un momento los ojos.
“Y sigo con mis infames construcciones poéticas, sólo que ahora son más poéticas y menos infames, y te aclaro que no sé si eso es bueno”, recordó. Había sido una carta difícil. Saltear el tiempo, “qué ganas de arriesgarse”. Siempre existía la inseguridad, que Raúl hubiera cambiado, que por alguna razón no quisiera recordar. Y, así y todo, caminando sobre las dudas, se atrevió a volcar en un papel blanco todo eso que hacía tiempo daba vueltas en su cabeza y no la dejaba dormir, y la obligaba a escribir sobre su historia, la de ella, la de él. Entonces, una tarde se decidió, se sentó en el escritorio de su departamento y dejó que las palabras fluyeran sobre la hoja como si ese torrente viniera desde cada una de sus células.
“Una vida activa, como siempre”, escribió. Al minuto se burló de su propia sinceridad. 
Mucho trabajo, profesorado, publicaciones, periodismo y una tremenda soledad. No desconocía su temperamento fuerte, ni que más de una vez le había jugado alguna trampa. Pero sobre todo conservaba esa ilusión casi adolescente de que existía, en algún lugar, una persona especial a la que estaba destinada. A la que había estado destinada hasta que el destino le cambió los planes.
Raúl y el brillo de sus ojos filosos no se alejaron nunca de ella. Hubo hombres, hubo brazos, hubo sexo, hubo vida y eso no se cuestionaba. Desde que él no estaba, se habían acentuado las arrugas y las canas, es decir la forma exterior de su tristeza.
Una frenada inesperada la sacó de su ensimismamiento.
Llegaba a Buenos Aires de invierno, pleno julio. Respiró hondo sin cansancio, tomó los bolsos y empezó a caminar entre la gente eternamente apurada. Revuelo en Retiro y miedos en su sangre.
Caminó muerta de frío y viva de alma, cantó bajito alguna canción vieja y desapareció entre los bocinazos y la indiferencia.

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Raúl camina solo y despacio, llega al bar de siempre, entra, se sienta cerca de la ventana. Y espera. El corazón galopa desorbitado y su frente se arruga cuando la ve entrar.
Lita se sienta frente a él y sus ojos no dejan de recorrerle el rostro, como si la luz de ese hombre la encandilara.
Raúl habla, se saludan, se dicen cosas banales, comentan sobre el clima y las demoras de los colectivos.
Ella está hermosamente desgastada, piensa él.
Él no parece el mismo, piensa ella.
Las palabras sobrevuelan como luciérnagas que viajan sin dirección.
Él nunca contó de qué hablaron. 
Ella jamás escribió sobre ese encuentro.
Fue la última vez que se vieron.

        
*cuento premiado en el certamen literario municipal Osvaldo Soriano, Mar del Plata, 2011.  
 (lo escribí a los 16 años, cuando leía los cuentos de Mario Benedetti todo el día, todos los días).
                                                                                                               

domingo, 6 de noviembre de 2011

LUNES: El cosito*


Hace calor. Emilia camina despacio como si le estuvieran tirando de los pantalones para abajo, desde el fondo del fondo de la vereda. Casi que se arrastra. Transpira.
Son las dos de la tarde en Concepción del Uruguay, es diciembre, es sábado, no fue al balneario municipal ni al Pelay, nada de playa. Si apenas puede caminar con mediana coherencia por la placita Columna. Pasa frente al Sagrado Corazón, no se persigna, cruza la calle, se sienta en un banco.
Está vacía por suerte, un día como hoy a esta hora no hay ninguna madre o tío o niñera con los nenes en los juegos. Eso piensa, menos mal porque no quería ver a nadie.
Lleva la botellita de agua en la mano y tiene puestos los auriculares del celular, viene escuchando Los Ratones Paranoicos, "Yo quiero verla en el show...". Un tema viejísimo que conoció por Juan, su hermano mayor que ahora tiene como treinta, podría ser mi papá, piensa. Bah, si me hubiera tenido a los quince.
Porque Emilia tiene quince y se muere de calor con esos jeans, hay treinta y ocho grados a la sombra y de térmica cuarenta, no hay aire para respirar por ningún lado. Pero ni loca se pone shorts o pollera corta, nada, no soporta mostrar las piernas, no soporta sus piernas, no se soporta. Y no es que sea gorda, más bien lo contrario, no soporta su flacura pálida y poco femenina, sus huesos contundentes y su altura excedida. Ni su cara larga y blanca, sus ojos color miel y su boca finita de labios apretados que se abre con felicidad cuando larga la carcajada y se cierra con crueldad cuando prefiere callarse.         
Emilia anda contra sí misma, falta a la escuela demasiado seguido, se lleva varias materias a marzo y siempre le queda alguna previa.
El papá putea, la putea. Carlos es un tipo grande para ser su papá, tiene cincuenta y nueve y bastante que crió a Juan, ya no tiene ganas de remar la cosa con la nena. Al menos antes, de a dos, era más fácil.
Susana se murió hace dos años, cuando Emilia tenía trece. Se la llevó por delante un camión en la ruta catorce, a cien kilómetros de Concepción. Uno de esos camiones que van a Brasil por la ruta del Mercosur, esos Scania que corren y pasan y hacen finito y se burlan despiadadamente del límite de velocidad. Bueno, uno de esos. Le pasó por encima al Flecha que venía de Buenos Aires, le destruyó toda la parte izquierda, volcaron y Susana murió aplastada en el acto. Salió en Crónica.
Menos mal que no sufrió, se hartó de escuchar Emilia en el velorio y el entierro. Pero nunca contestó nada a los que se le acercaban repitiéndole eso, creyendo que lo que decían la iba a aliviar en algo. En realidad, a ellos los aliviaba tener algo para decir. Porque convengamos que es complicado decir algo que no sea una estupidez en un velorio de una mujer de cuarenta y siete años, con la nena de trece ahí, escuchando.
Así que a los ponchazos, entre Juan y Carlos, Emilia se fue asomando a la pubertad, el secundario, las salidas, el cuerpo, la cerveza, el amor/desamor, las broncas y la ausencia.
Toma otro traguito de agua y aprieta un cosito que tiene en la mano, se le está empapando de transpiración.
Termina el tema y empieza “Carolina… ya no hay tiempo para mí…”. La canciones de Juan, dice.
Suena el celular, el mensaje de texto le dice “flaca ahí llego”, es Fede.
En la billetera tiene una foto de Susana y ella cuando era bebé, y otra con Fede en La Salamanca, en el medio del parque, al lado del monumento a las manos, se ve el río desde donde la sacaron. Ella está subida a caballito y matándose de risa, él se hace el gracioso y salió bizco y bocón.
Él tiene dieciséis. Ella va al Colegio Nacional y él a la Técnica. Hace un año que salen.
Fede nunca estuvo enamorado hasta la Flaca. Ella sí, vivía enamorada, pero nunca había estado así, de novia.
Andan de la mano, van a la Plaza Ramírez, toman helados de la heladería Uruguay y no se pierden los recitales en El Arca.
La mamá de Fede cree que tiene que suplir a Susana, entonces se ocupa de ella y la quiere como a otra hija. Emilia se da cuenta y también la quiere. Y a veces la odia, porque ella está y su mamá no.
Emilia mira para todos lados, y Fede llega.
Le da un beso largo y la aprieta fuerte. Hace bocha que te estaba esperando. Y bueno es que mi vieja me pidió que vaya al almacén. Calzonudo.
Ella le da el cosito, apretado, mojado.
Él lo agarra temblando, no le alcanza la saliva para tragar, no le alcanza el aire para no ahogarse, no le alcanza la sangre para mantenerse más o menos vivo.
Ella mira al cosito, después a él, después de nuevo al cosito, y otra vez a él. Le da un poco de risa su cara de espanto, nunca lo vio así. Le da esa risa prohibida, como reírse en un velorio, como reírse cuando alguien se siente mal y pone una cara rara.
Pero se la aguanta, no da para reírse, piensa.
Fede está a punto de llorar.
No, no da.
Mira de nuevo al cosito, en la mano de él pálida y desorientada.
A pesar de la humedad, las dos rayitas no se le borran.



*a publicarse próximamente en el libro de cuentos "Humo", Primer Premio al Concurso Literario Municipal Osvaldo Soriano en la Categoría "Cuentos", 2011, Mar del Plata.

jueves, 14 de julio de 2011

pasaje


hoy
mejor desolarse
como quien se arranca
la luz
que sobrevive en los ojos
y se enrosca en el cuello
un látigo sin piedad,
el adorno de todas las lástimas
cayendo por el borde de la cama,
una a una
sin pausa

también está la condena
de la miseria diaria,
la corriente líquida
de las cosas que no tienen remedio,
y el límite que nunca
muerde
al lento pasaje de la tristeza
que se arrastra como serpiente sobre los días,
deja escombros en cada movimiento
y arrasa con todo.

lunes, 11 de julio de 2011

LUNES: en otro lado


el dolor intravenoso
asciende enloquecido

por los tubos de los rojos
por los tubos de los ojos

como aceite vencido
nafta
solvente
como mezcla de ácidos
corrosivos
a la paciencia innumerada

el dolor no tiene boca
yo tampoco

las palabras están en otro lado


martes, 5 de julio de 2011

el paso


me persigue todo lo que no fui
me persigue y no se rinde
ni me muevo
dejé de escaparme
aunque huya
todo el tiempo
por un lado, por el otro

es tan divertido

al respiro le sigue el paso
sobre la cabeza
en la cara
en la boca
el zapato frenético
la presión hacia abajo
y lastima
sangra duele persigue
todo lo que no tengo

me encuentra
siempre

es tan divertido
morir en cuotas



Fotografía Henri Lartigue

domingo, 3 de julio de 2011

EL POST DE LOS LUNES: Se sabe



Se sabe que para que algunas cosas puedan vivir, puedan comenzar, sí o sí otras tienen que morir. Se sabe que para pasar a algo mejor (o menos peor, según el caso) hay que cerrar algún otro asunto, despedirse. No hay otro modo, no lo hay.
Y sin embargo, quién se banca los finales. Quién quiere perder algo, quién quiere pasar a otra cosa, cortar, lamentarse, repasar en la cabeza qué hubiera pasado si, arrepentirse, no arrepentirse, dar mil vueltas sobre lo mismo, o un par no más.
Quién se anima a nadar en el hueco incierto de la nada, porque mientras uno anda por ahí no sabe cuán lejos está el algo, cuánto más hay que andar, a veces ni se vislumbra.

Y ni hablar de lo perdido: suele ser más el dolor por lo que pudo haber sido que por lo que se pierde.

Un lugar en el otro es lo que uno no quiere dejar de tener, quizás más que a ese otro (un trabajo, un reconocimiento equis, un sitio entre las amistades o con un amigo en particular, en la familia, en una relación amorosa, un ideal. Uf, ese cómo duele).
Dueeele.
Por eso –recomiendo- hay que agarrar la felicidad en las pequeñas dosis en que se aparezca.
Apretarla en la mano hasta que se implante en la palma, a ver si deja huella, total ya se va a escapar.

También existe el aburrimiento que es una buena forma de mantenerse estable, capaz no demasiado contento pero –y esto es central- tampoco demasiado triste.

Algunos creen que se puede estar feliz en forma más o menos permanente, no seré yo quien lo contradiga o lo desmienta, menos hoy, menos acá.

Por supuesto.

miércoles, 22 de junio de 2011

abajo



esto es una cascada
de esas
que no tienen fin,
uno mira hacia abajo
y nunca termina

los ojos
se caen en el preciso instante
en que siguen la trayectoria
indeterminada
de la piedra que alguien tira:
arrojarse

ante el acontecimiento
incongruente
estúpido
y circular,
sonrío

qué otra cosa podría hacer.
 

martes, 14 de junio de 2011

Plaga


"Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan".  Stephen King

Nunca pude ver “El exorcista”, ni de chica ni de grande. Cuando había pasado apenas los veinte, me invitaron a ir a verla al cine y volví a decir que no, y se rieron de mí. En el cine Ocho de La Plata, me acuerdo, y al novio de ese momento le dio vergüenza decirle a su amigo que rechazaba la invitación de salida de a cuatro porque a la novia le daba miedo.

Qué me importó, yo pasar un mes sin dormir por culpa de Linda Blair, ni loca.

Apenas si pude ver algunas de terror en VHS entre mis trece y catorce años, rodeada de compañeros del colegio matándonos de risa de los nervios.

Después, mucho después, vi “The Ring” y el susto me duró semanas. O meses, no sé. O mejor ni me acuerdo.

Pero si adentro de la cabeza viven tantos monstruos que se activan tremendamente con un libro de terror (“El hijo de la luna”, que ya ni sé de qué autor es, solamente que de chica osé leer el principio hasta que el pavor me congeló toda posibilidad de seguir). O con una película, depende la calidad.

Es como si el monstruo de la pantalla, que entra más por los oídos con la música tenebrosa que por la imagen, o el fantasma que entra por los ojos cuando se lo lee, tuviera una comunicación directa, telepática y efectiva con el satán de adentro.

Son el mismo, diría.

Y cómo convenzo a mi hijo de que los fantasmas no existen y que esos bichos malignos sólo viven en la tele.

Basta despertarse de una pesadilla para saber que no hay nada más real, concreto y atormentante que los monstruos.

Quién no conoce a alguno de ésos.

Afuera, adentro, por todos lados. Son plaga.


miércoles, 25 de mayo de 2011

Feriado*

Resulta que hoy, feriado, iba con el auto por Córdoba desde Juan B. Justo y paré en el semáforo de Paso.
Y ahí los vi.

Ella estaba apoyada en el poste de luz que hay en esa esquina en la parada del 153, rubia, sin maquillaje, seria, bonita.
Él muy cerca, enfrentado a ella, con barba, fachero.
Tendrían veintipico.

Le hablaba, cada tanto bajaba la cabeza. Le dio la mano.
Ella no se la sacó, lo dejó.

La miré, ví que le hizo una cara rara, no parecía enojada sino más bien triste o de mal humor o con incertidumbre. Estaba a punto de llorar.

Él le volvió a hablar, a bajar la cabeza, a hablar y movió su mano aferrada a la de ella.

Ella le dijo algo.

Yo los miraba. Qué loco es ver a una pareja discutiendo, o en crisis, peleándose o reconciliándose en la calle. Los gestos de uno, de otro. Qué se estarán diciendo. Se querrán. Qué querrá uno del otro. Seguirán juntos. No seguirán juntos. Un reencuentro. Una despedida.

No sé, el semáforo se puso en verde y me fui.



* publicado en Psicofango I, La Pequeña Editorial, septiembre de 20011, Mar del Plata.

Para adquirirlo, dirigirse a las librerías marplatenses: Jean Sibelius https://www.facebook.com/sibeliuslibros o Polo Norte https://www.facebook.com/profile.php?id=1794197083
O contactarse con la Página de Psicofango en Facebook https://www.facebook.com/Psicofango
La Pequeña Editorial www.lapequeniaeditorial.blogspot.com 
Valor $20.



sábado, 14 de mayo de 2011

Vacaciones

(acerca de las despedidas interminables)

El día anterior habíamos discutido feo. No nos habíamos agredido, más bien no parábamos de llorar. 

Después de las palabras violentas vino la pena enorme, gigante, asfixiante, cómo nos ahogaba, ¿te acordás? Decías y desdecías, halagabas y pateabas a la vez, a la cabeza me diste. Y cuando quise protegerme, bueno, la única forma era yéndome. Si me estabas echando.

Pero te fuiste vos primero, ¿te acordás?

Tenías una larguísima lista imparable e inverosímil de defectos incurables de mi persona que no podías soportar.

Pero como en un cierto punto te eran insuficientes, te culpabas y llorabas. Porque no terminabas de argumentar, vos, el rey de los argumentos.

Nunca me dolió tanto el paisaje. El Cerro de los Siete Colores. Lindo lugar elegiste para clavarme tu adiós.

Lindas vacaciones.

domingo, 1 de mayo de 2011

EL POST DE LOS LUNES: poesía


Sé que el silencio
viene detrás de mí,
me huele de cerca,
me pega la nariz a las mejillas,
a la boca abierta
y destila un aliento
a urbano podrido,
alcantarillas negras,
basura amontonada.

Tocándome las manos
me deja atragantada
de palabras
inútiles
como las que caen de la guía telefónica
rebotan en el piso,
sobran,
se desparraman.

No importa lo que diga
ni cuántas frases escupa
ni cuántos poemas vomite.

Ahí está el silencio,
arrancándome los pelos.

Abusando de mi boca,
penetrándome
con gesto indiferente
mientras mira por la ventana
la lluvia
que se desprende
insípida y solitaria
del aire que me sobra
esta noche.