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domingo, 26 de junio de 2011

EL POST DE LOS LUNES: La flauta


Mi relación con la flauta traversa es larga y conflictiva, hace exactamente veintisiete años que estamos juntas. Ningún vínculo de tan larga data se mantiene en pie siempre igual.

De todos modos, debo decir que la relación ha progresado notablemente, e incluso que estamos en nuestro mejor momento. Vamos al revés de las otras parejas: no empezamos con enamoramiento, ahora estamos más enamoradas que nunca.

Cuando tenía diez años, la currícula de la carrera en la Escuela de Música me exigía elegir un instrumento. En ese tiempo iba a elegir piano, pero Javier el paraguayo, guitarrista, me aconsejó que probara la traversa. Las únicas veces que había escuchado en vivo ese instrumento habían sido durante un ensayo en el patio de la escuela, tocada por Viviana, y otra vez por Patricia; me había gustado mucho su sonido.

Empecé entonces con mi maestra Flavia Casanova, y estuve casi un año para lograr algún sonido. La flauta era más difícil de lo que sospechaba, además mi organismo de diez años tenía que hacer esfuerzos, no me daban los deditos para cubrir las llaves, no me alcanzaba el aire para que sonara.

Ay la flauta, qué rara combinación entre el placer de hacer música y el horror de no cumplir las expectativas. Esa cuestión me atormentó durante años.

Por esa razón abandoné la música como carrera universitaria y a los diecisiete me fui a estudiar otra carrera.

Mi disfrute con la traversa, en esos años, estaba en los ensayos, no en la exposición pública.

El trío de flautas con Patricia y el Flaco, el trío con Bettina en oboe y la Flaca Silvia en clarinete. Después se sumó el Negro Potato con otro clarinete, y algunas veces el Cabezón en saxo.
Qué músicos infernales. Y los arreglos y las obras de Omar.

 La orquesta de De Mathaeis, el dúo con César en el piano, el dúo con Martín en guitarra, con Carina en el piano.

Ensamble, la música latinoamericana a los trece, grabar, tocar.

Betty Plana, mi maestra dulce como sólo los mendocinos saben serlo, joven, buena mina, excelente flautista; el curso con el suizo Renggli en Buenos Aires, las clases particulares con Becerra a los diecisiete viajando una vez por mes con mi vieja a Barracas.

Guardarla en el estuche y divorciarme de ella durante años.

Abrir el estuche.

Armarla, soplar, sonar, salirme por su aire, flotar, encontrarnos de nuevo como dos señoras que se conocieron de chicas y se alegran por reconocerse de casualidad en una esquina.



Para escuchar: Dúo Bety Plana - Polo Martí http://youtu.be/4VZEMWhWQIQ
                     
                       Martín García en guitarra   http://youtu.be/zyuZL9HQxnQ 

                       Flavia Casanova en flauta    http://youtu.be/GLC1g8rACPg          

                       Felix Renggli en flauta   http://youtu.be/vUqPWhvOCao



viernes, 10 de junio de 2011

Bizarro


Existe una cosa que se llama twit cam.

O sea, mientras en Mar del Plata a las 21.30 llueve desconsideradamente, hace un frío de morirse, mi hijo se durmió en el sillón mirando tele, yo estoy con la net en la falda al lado del calefactor, de fondo la miro y la escucho a Maruxa monologando, simpática y desenvuelta, desde su compu en su casa en Quilmes.
Es una amiga virtual, no la conozco personalmente.

Primero la vi bailando una jota.
Después habló de Gogol. De juntarse los tuiteros para ir.
Le dijo algo a la hija.
De @matiolivares.
De Venezuela.
Sobre su pelo, la crema de enjuague y las trenzas.
Repite que se tiene que ir a cocinar.

Ahora, justo ahora, habla sobre el lunar que no sabe si dejarse o sacarse.

Mi hijo ronca, me muero de sueño. Se oye fuerte el ruido de la lluvia que cae sobre una chapa en la casa del vecino. Acá el invierno nos traga.
Y Maruxa manda besos por la twit cam.

La vida es rara. Y no me acostumbro.

miércoles, 8 de junio de 2011

Reverso



¿Viste cuando suena el despertador, no tenés ganas de levantarte y te espera un día larguísimo, pero hay olor a tostadas?

¿Viste cuando te despertás asustado por la hora y al próximo segundo te das cuenta de que ese día no trabajás?

Cuando pensabas que era domingo y recién era sábado.

Cuando abrís la heladera y quedaba un pote de helado en el freezer.

Cuando te regalan el CD que no podías bajar a la compu.

Cuando llueve, estás saliendo, abrís la puerta de calle y justo para.

Ponele, cuando encontrás plata en el bolsillo de tu jean y no tenías ni registro.

Cuando te clavás una hamburguesa triple con queso a las tres de la tarde después de haber pasado  hambre toda la mañana.

Cuando el jefe te llama y temblás, pero era para decirte que te van a aumentar el sueldo.

Cuando caés en el super el día de descuento por aniversario de no sé qué cosa.

Cuando te convidan un mate que llega justo a tiempo, recién preparado y con la temperatura del agua perfecta.

Cuando recibís ese mensaje de texto.

Cuando llegás muerto de frío y hay un calefactor prendido y las manos se te descongelan y te vuelve la sangre.

Cuando te morís de ganas. Y te gusta.

Ponele.
Bueno, eso, ¿viste?

domingo, 5 de junio de 2011

EL POST DE LOS LUNES: La respuesta (Yo también fui mala II)


Son lindos los recuerdos.

¿Sabés que me acuerdo de cómo empezó todo? (me vas a matar). Íbamos en una combi o colectivito a un cumpleaños en un club o algo así. Creo que fue Roxana que me señalaba las nenas que gustaban de mí y me preguntó quién me gustaba. Y yo te elegí a vos. Obviamente ella te lo dijo enseguida. Qué pasó después, ya lo sabés. Creo que fue en segundo grado. Qué chiquitos que éramos. La edad de tu nene, ¿no? Y pensar que nos conocíamos de hacía tiempo.
No te preocupes que no me acuerdo de mucho más.
Que alguna vez los dos salimos reyes de la primavera.
Que cuando volvíamos de catecismo ibas a la casa de alguien que vivía en calle Santa María de Oro, y nunca podía alcanzarte.
De algún acto de la escuela en que participábamos (siempre me ponían a leer a mí y a vos también).

Ah, una vez me pasó algo gracioso, y descubrí tu número telefónico.
Resulta que llamaron a casa unas chicas y yo atendí y me preguntaron por vos. Yo dije que no vivías y listo.
Era 6813 y descubrí que el tuyo era parecidísimo.

Bueno, gurisa.

Te mando un beso y gracias por despertar los recuerdos.
Me voy a levantarlo al Tomi para que vaya al jardín, mientras Vale se baña.

Pablo.

lunes, 2 de mayo de 2011

Yo también fui mala


Pablo era flaquito, rubio, muy rubio, sonreía, titubeaba, pestañeaba mucho.
Era tímido, a veces hacía chistes malos, en el aula casi nadie se reía. Más bien lo admiraban / envidiaban, según de quién se tratara.

Pablo era el nene más inteligente del mundo, en la primaria de la Normal en los años ochenta.
Del mundo.

Entendía todo, nos explicaba al resto de los chicos todo, le salía tan fácil, esos problemas de Matemática eran para mí inabordables (especialmente uno, en sexto grado, que nos dio la señorita Gloria, él y Victoria fueron los únicos en develarlo).
Además humilde, buen compañero, buen tipo.
Y tenía una familia que lo adoraba, su mamá lloró a mares cuando fue nuestra primera comunión. En la Basílica. No, el nombre del cura de entonces no me acuerdo, está bien que soy Mrs Memoria pero tampoco la pavada.

Pablo gustó de mí toda la primaria o al menos eso me hizo saber. En primer grado y segundo también me gustó él a mí. Ya desde entonces me seducían tremendamente los tipos inteligentes (está bien, no saquen conclusiones, la inteligencia no asegura nada bueno de un hombre o la relación que se pueda tener con él. Ya lo sé, ya lo sé).
La cosa es que este nene tan rubio y sonriente y a veces espantosamente burlado en el aula, me hizo llegar su amor de todas las formas que pudo.
En primer grado (sí, de eso me acuerdo) se acercaba a mi banco y antes del salir al recreo, me contaba que hacía “karate” y cómo pegaba y todo eso, queriendo impresionarme. Yo no entendía una palabra de lo que me decía, ni siquiera sabía qué era el “karate” más allá de la palabra “carácter” mal pronunciada (recuerdo haber pensado que se trataba de eso).

Hizo que me enterara de su amor durante siete años insistentemente, no paraba. Con cartitas, con sonrisas y una vez con su declaración franca y directa, el día de la primavera en séptimo: “¿te querés arreglar conmigo?”.

Ay.

Evidentemente quise borrar de mi memoria lo mala que fui. Cuánto maltraté a este gentil muchacho, las caras de culo, las palabras odiosas que me niego a reproducir aquí y que recuerdo perfectamente haberle proferido, para mal de la máquina de generarse culpa que anida en el interior de mi laberíntica cabeza.
Digámoslo.
Pablo se merecía mucho más que esa nena medio aturdida, flaca, pelilarga, amante de las letras (desde entonces) y con él mala, mala. ¡Yo, que siempre me jacté de ser buena gente! 
 Qué-mala-fui-con-Pablo.

Ahora las redes sociales nos reencuentran, estamos grandes, nos pasó de todo en la vida, nos contamos sobre esas cosas, miramos las fotos de nuestros hijos, nos acordamos de la infancia, nos reímos sin vernos y yo también lloro un poquito, como siempre.

Y aparece en mí un sentimiento que si me lo contaban, no lo creía. Por dios, que la sensación de arrepentimiento me está volviendo loca inesperadamente.

La vida lo hizo ganar. Esa inteligencia está bien aplicada, su laburo de investigador lo confirma. Y su corazón de buen tipo también, su hermosa mujer y su hijito tienen a un hombre que estoy segura, vale mucho más que la pena.

Ahora si me permiten, una última cosita, nada más.
Pablo… ¿me perdonás?

viernes, 8 de abril de 2011

T.W.


No soy experta, solamente me gusta escucharlo.

Dejo que la voz áspera arda en mis oídos, el piano me recorra, y esa trompeta me mienta canciones de amor y desesperación.

 Entre Bicicletas rotas, Marthas y Vueltas a casa,Tom me engatuza una y otra vez.

De nuevo bajo sus garras, maldito amor, pecho que explota, elipsis del poema que nunca termino de escribir.


http://www.youtube.com/watch?v=y9Mse62NFl4

miércoles, 6 de abril de 2011

Cuando nos reíamos

preparando Psicopato con Ana y Caro

                                                        Para mi amiga Carolina Flores


Nos levantábamos temprano y a las ocho te estaba tocando el portero o vos a mí. Y Ana.
Con vos, con ella, descubrí que es científicamente posible estudiar, releer, comprender y retener un mapa conceptual al mismo tiempo que morirse de risa.
No sé, Caro, si volví a reírme alguna vez como en ese entonces.

“Caroline Kraepelin” nos decíamos a las carcajadas, y era más fácil tragar la Historia de la Psiquiatría de Bercherie.
“La significación del falo”, romperse la cabeza y adorar como una divinidad griega a Oscar Lapalma, maestro de maestros en la facultad, que nos hacía entender ese chino nada básico. Al que después no quisimos abandonar nunca más.
Los “borderline” de Otto nomeacuerdoelapellido (¡Kernberg!) y las dosis de muestra con la titular de esa cátedra: ella misma representaba lo que enseñaba, con ese gato en la cabeza, esa mirada levemente perdida y esa sonrisa entre maléfica y dopada.
"Caroline Borderline", nos decíamos también.
"A" y "A prima", vos y yo, imagen a full, dobles.

No sé si me volví a reír así.

Ni hablar del cumpleaños de Sonia, la luz que se apagó repentinamente, chicas (¡perras!) desconocidas empezaron a encarar a sus hombres y vos y yo, tan tan desubicadas en esa escena, salimos muriéndonos de las carcajadas y corriendo. No fuera a ser que esos desconocidos se creyeran que éramos de la misma raza perruna que aquellas señoritas.

Éramos chicas más bien serias, más bien contracturadas, más bien tragas.

Psicopato, bueh, creíamos tocar el cielo con las manos. ¿Te acordás el día que la rendimos, y nos dijeron que entrábamos en la cátedra? No nos cabía en el cuerpo lo que sentíamos, mirá si el cielo hubiera sido tan fácil de alcanzar.

Ni hablar de las motos, de las salidas de a cuatro, de las compras compartidas en Nini.

Nos peleamos y nos amigamos, porque está visto que algunas cosas no se pierden, no pasan, no envejecen, no se quieren ir. Y no se van.

Creíamos en todo, teníamos todo delante de nuestros ojos, soñábamos y nunca nos despertábamos, ¿te acordás? La vida nos fluía. Y nosotras la dejábamos hacer sobre las cabezas, los cuerpos, los amores, las distancias, la facultad.

Que nos caminara por encima la vida, que total todavía nos faltaba lo mejor. Y lo mejor era eso, nosotras espejándonos en las cosas. En las promesas, cuando no esperábamos otra cosa.

Qué lindas. Qué creyentes. Qué entusiasmadas.

Y mierda, cómo nos reíamos.

viernes, 11 de marzo de 2011

Cuadra



Las ganas me esconden
detrás de cualquier manzana
entre San Lorenzo y Avellaneda,
el 241 arremete como un viejo cansado
que corre,
gasta sus pies en un pique
y queda exhausto.

(Qué vida más rara
la de los colectivos,
ruedan todo el día
y no se pueden esconder de nadie)

Estoy en la rama
del árbol más rugoso de la cuadra,
desde arriba miro
las bolsas de supermercado
los encuentros callejeros
los perros
los autos impecables
y el tedio del anochecer.
En el techo
del edificio de la otra calle,
en el baúl
de mi habitación.

En la inútil supervivencia
de los que van a morir
en unos días,
en sus ojos previos y eternos

escapo al disparo
de esas miradas.

Estoy en todos los poemas
en todas las hamacas
en todas las noches
en todos los ojos que alguna vez
tuve
en todas las voces que fueron
mías
en todas las canciones que
me llevé
en todas las veredas que la gente
pisotea con indiferencia
entre
San Lorenzo y Avellaneda.

viernes, 18 de febrero de 2011

La escuela de música: César

César al piano - "Divagaciones", dir. Inés Saavedra, 2009

La escuela de música se fundó un par de añitos antes de que ingresara en ella, y de que naciera. Yo soy del ´74, y tenía seis la primera vez que entré, pasaba a segundo grado y en casa siempre hubo mucha música. Mi papá cantaba (canta) con la guitarra, y mis tíos también: aprendí zambas muy viejas y ritmos litoraleños desde que nací. Soy fan de “La pasto verde” -no sé si alguien más la conoce, me encanta cantada a dúo por mi tío Tabita y mi viejo- “tiempo de la Pasto Verde, zamba del coraje hecho mujer”, dice.
               Me crié entre mosquitos, guitarreadas, Pelay, la Normal, Gualeguaychú, primos, otros parientes en La Plata y la escuela de música.
               Tratar de recordar los años por los que transité en ella, que fueron once, se me hace larguísimo. Fue toda mi infancia y adolescencia, nada menos.
Como me resulta difícil, voy a elegir algún lugar por donde empezar.
Por César Rojas.
La primera vez que lo ví en mi vida, él estaba en un aula (cuando la escuela se situaba en la antigua calle Vicente H. Montero, “la vicente hache” le decíamos). Yo avanzaba desde el patio y lo ví y lo escuché. Según recuerdo, era un patio bien antiguo, como toda la construcción, hasta tenía un aljibe si la memoria no me está inventando cosas. Y plantas, muchas. Desde el patio se accedía al buffet, que era un hermoso antro para los organizadores del Centro de Estudiantes de la escuela, en manos de Omar, otro depositario de mi corazón de la infancia.
César tocaba el piano y lo rodeaban algunos chicos. Tenía trece años pero parecía mucho menor, yo tendría ocho. En ese momento salía magia pura de ese salón: tocaba la canción de la película Flash Dance, de absoluta moda en esos años. Éramos el asombro personificado en un puñado de gurises que oíamos azorados la perfecta melodía que conocíamos por la tele, emanada de ese piano y de esas manos. De ese morochito flaco y sonriente que se quedó con una parte de mi alma desde el primer minuto.
César fue mi amigo desde el principio, si bien en el medio estuve enamorada de él, como seguramente lo sabía o lo sospechaba. Era un período de franca admiración por ese chico desgarbado y que sonreía a pesar de ser un sufrido –porque la vida lo venía cacheteando de lo lindo-. Nunca había conocido –y creo que nunca volví a conocer, y no creo que exista- a una persona con tanto talento, bondad y sufrimiento juntos.
César y el piano eran una sola cosa. No se sabía dónde empezaba y dónde terminaba cada uno. No estoy exagerando, pueden comprobarlo en cualquiera de sus presentaciones en el teatro, hoy viven en Capital, es actor, hace música en escena y dicta cursos y talleres literarios, porque además escribe como los dioses. Pasaron muchos años, pero convengamos que hay cosas que no se pierden. Estaremos más curtidos, más viejos, todo lo que quieran, pero esa luz no se le fue. Nunca.
Entonces, César y el piano se fundían y ese fue mi primer encuentro con la magia. Vino de su mano sin ninguna duda.
Fuimos compañeros de las materias de la escuela de música durante tantísimos años, al menos diez, aunque él iba adelantado porque le sobraba talento, entonces rendía y pasaba a otras materias. Era como una especie de amigo-maestro. Como ahora.
Nunca olvidaré el Andante de Mozart para flauta y piano que hicimos cuando mis trece. Y el maestro Hualpa nos dio unas clases de interpretación, se fue desde Buenos Aires hasta Concepción del Uruguay y nos dictó un curso formidable. En ese entonces me perseguía una ansiedad maligna que no me dejaba disfrutar del todo ni tocar tranquila ni nada. Pero yo lo tenía a él  haciendo un colchón perfecto desde todos los lados, en lo musical, en lo afectivo.
Nos matábamos de risa con él y María José, cuando éramos ya adolescentes. Inventamos al personaje “Cachito”, le poníamos texto, armábamos situaciones graciosas por las que pasaba, como que estaba enamorado de “la Grecia Colmenare” y casi siempre le iba mal en todo.
Tocamos los tres, una vez, “es un pájaro que vuela con alas de papel, se llama amor, si lo encuentras, quédate con él” decía la canción que cantaba María. Y “Gurí en la siesta” de Magma. Me acuerdo de cada nota y dos por tres lo vuelvo a tocar, sin César ni María.
Iba a casa y charlábamos largo. Y cuando se fue a vivir a Buenos Aires, nos mandábamos unas cartas interminables, de puño y letra porque no existía el mail, y cuando empezó a existir ninguno de los dos tenía. Nos conocimos parejas del otro, algunas de nombre, otras personalmente.
Por César y María empecé a leer Benedetti. Y me enamoré en el instante de todos sus cuentos. “La poesía no me gusta tanto, se pone panfletario”, me decía. Los cuentos me atraparon de entrada. También me llevó por la senda de Kafka y algunos poetas.
Un día me hizo una canción, letra y música, para mi cumpleaños de doce creo. Me morí de vergüenza pero guardo el papel original donde está escrita, con su letra.
Otro día me regaló una poesía de otro, que hacía suya para mí.
Yo le escribí muchas cosas, que sólo hace unos pocos meses, como veinticinco años después, le pude dar por mail.
César es un tipo destinado a hacer explotar las cabezas y los corazones de quienes lo ven en escena y lo leen, y llenar de belleza y luz a quienes lo conocemos.

sábado, 12 de febrero de 2011

Deseo


Es como si un tren me empujara.
No digo que me chocara,
sólo que me empujara
desde atrás
y me llevara a su velocidad.
Un tren eléctrico,
esos que corren parejos
con la luz.

Es como si un alud me impulsara,
no encima de mí sino
que me hiciera volar con su fuerza
y desmentir la gravedad,
riéndome de los que veo
desde arriba
mientras saludo,
están tan quietos, tan lejos
parecen hormiguitas
desde acá.

Y también es
un disparo, un despegue
en Cabo Cañaveral,
un vuelo intergaláctico,
el trayecto de una estrella fugaz,

un grito arrojado a cualquier eco,
un instante de ahogo,
un agua con ganas de tragar,
una inmensidad.

viernes, 3 de diciembre de 2010

soles

Algunas tardes
calurosas como ésta
me refriegan en la cara
la exuberancia de los pastos,
de la luz
encima de mi cabeza
o en el estómago.

Se parecen a César
dibujando el piano de sus dieciocho.

Algunos soles
verdes como éste
se burlan de mi tonito
gris
y la debilidad por sufrir.

Se matan de risa
si me mato de tristeza.

Insisten
porfiados
por entre las rendijas de mi cueva

en iluminar
me.


Fotografía Sebastián Cibau

sábado, 20 de noviembre de 2010

R. Uruguay


Exceso de agua
marrón
y en los bordes, sauces
o sólo arena de la linda,
amarilla y limpita.
Siempre muchos pájaros,
siempre movimiento,
seres acuáticos de todo tipo
y calor.

Calor del bueno,
del malo,
del que azota,
del que quema por dentro.

Abrazo de agua marrón
que se mueve si hay corriente
y se duerme si no.
Se enloquece con la luna
porque la luna sí que lo mira,
se enloquece cuando lo miro
porque sí que lo miro.

Sobre todo,
cuando reparo en que
no me fui
el día que me fui.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Raptos II


Me gusta dejarme raptar
por la luz.
Es gracioso verla entrar
en puntitas de pie
agazapada,
sin hacer ruido
sigilosa
como si fuera un fantasma
que se adueña de la habitación
pero en secreto.
Se pone detrás de mí,
imita mis movimientos
o sólo se queda quieta.
Aguarda el momento preciso
y zas
me agarra entre sus brazos blancos,
me levanta en el aire,
sale corriendo y se ríe,
me lleva apretada y apenas puedo darme cuenta de lo que pasa.
Me saluda cantando
y no me queda otra

que sonreír por lo bajo
y que no se note
cuánto disfruto ese secuestro.





Fotografía Isis Petroni - Perú.

jueves, 11 de noviembre de 2010

raptos


pequeños raptos
de luz
increíbles

cuando arriban,
el epicentro del asunto
por unos instantes
se cubre lo suficiente,
pintado
como un Klimt que aguarda inesperado
en las vírgenes
y en los besos

y en los ojos destella
rostros
sin cálculo

Debussy
se presenta ante mí
con su Syrinx
a los saltos, al toque del viento

incapaz de anticipar
la luz o la oscuridad
balanceo las pisadas
según el antojo de las sombras

rotación de los astros
carta astral indefinida
horóscopo apócrifo

determinación del inconciente
indeterminación del azar

en el recorrido
pongo los pies sobre las piedras
clavadas en la arena
movediza.

todavía quedan algunos mojones
que se ríen del asunto.


Fotografía Marta Pardo - Banco Pelay, C. del U.

martes, 9 de noviembre de 2010

cuerdas


a J.C.T.

Las cuerdas bien tocadas
se vuelven locas.
Si cello,
si piano
o si vocales,
no interesa tanto
como que una mano las altere
dulcemente,
las roce
con intenso temblor,
con extenso rigor.

El toque
o el aire en la garganta,
encuentro de los astros
encuentro de los restos
íntima conexión
sin descifrar.

Esa magia, ese misterio
arranca desde antes,
la intención,
la tensión,
el hilo
aguarda impaciente,
anhela esa vida.

Y cuando llega,
cuando finalmente arriba
y la intersección
explota,
el sonido nace al vértigo
de andar suelto.

Se lanza feliz al desconcierto
de la nada que lo espera.
Y las cuerdas…
                             se vuelven locas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

dreams


tengo sueño
casi todas las mañanas de mi vida
hoy particularmente

párpados hinchados
letanía en el pensamiento
respiración profunda
inminencia del cuerpo dormido

tengo sueños
casi todas las mañanas de mi vida
hoy particularmente

domingo, 3 de octubre de 2010

Sentidos


A veces ando como los tiburones
percibiendo contracciones,
huelo palabras,
oigo con los ojos todo,
y todo entra en mi lengua
y te juro que todo tiene sabor.

Y los sonidos que me llegan
por los poros
-especialmente los que me gustan,
buena música,
agitación nocturna,
agua-
también tienen color

y Waits es morado
y Ana Prada brilla
y Piazzolla verde oscuro.

Y como los vampiros ando
con un sonar afilado
y detecto cosas,
y cada tanto también invento
cuando no descifro muy bien
los datos.

Sabés que los ojos solos
no me alcanzan
para mirar,
para mirarte.

Agudizo todas las entradas
de que dispongo
a ver si hay algo más
que no me quiero perder.

No me quiero
perder.

Carolina Bugnone.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Tesoro

Me gusta hacer durar las cosas. Conservo algunos objetos que viven desde hace mucho tiempo, señaladores, tarjetas, un jean, una pollera de cuero de mis dieciséis años que llevé a Bariloche, (los libros no cuentan porque no tienen tiempo) aros de la feria artesanal de La Plata, papeles escritos a mano, entradas al teatro, a boliches (las fotos tampoco, son inmortales).
Mantengo con vida esas cosas, las vuelvo a ver, a tocar, a oler cada tanto, y cada sensación que me llevo (su color amarillo, su superficie ajada, su olor a viejo) les da vida por un tiempo más. No las dejo morir. No las dejo ir.
Guardo en mis manos y mi memoria, por ejemplo, algunos poemas de amor que me dedicaron cuando la adolescencia desbordaba en mi ser, y el corazón se confundía de tanto alboroto.
Cuido las palabras que esas amigas me dieron cuando no teníamos ni la más mínima idea de lo que nos esperaba, y cuando escuchábamos Enanitos Verdes tomando mate de té frente al río, en La Salamanca, el club Regatas o Pelay.
No permito que se avejenten los programas de aquellos conciertos de la escuela de música en la biblioteca Popular, en que sufrir y gozar eran casi lo mismo.
Tengo aún ese perfume “Petit Amour” que me regalaron mis amigas del alma –ay los amigos, esa extensión de uno- cuando cumplí quince años.

Algunos opinan que debo desprenderme, que no es bueno conservar lo viejo.
Yo prefiero no soltar ninguna de esas cosas.

Más bien las cuido, las riego, las alimento y las veo crecer, mientras el pesar cotidiano, la urbe, los cajeros, los colectivos, el mar, los horarios, los impuestos y la sombra de los días, pasan.



Carolina Bugnone.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Siesta en C. del U.

La siesta en C. del U. es mágica. El tiempo toma otra dimensión, se estira, se retuerce, hace que las cosas brillen raramente, y se opaquen con una luz de una intensidad desconocida. El silencio se corrompe de chicharras, se tiñe de lejanos cantares infantiles, bicicletas ruidosas y músicas que se escapan de las ventanas semiabiertas.
De verdad, es mágica. Trazos y trozos de tiempo ruedan por la calle, husmeando a los soñantes de la siesta, inspiran a poetas adormecidos y escriben notas musicales que volarán mucho más lejos de lo que se espera. No es raro escuchar el llamado del vendedor ambulante o del afilador ofreciendo su oficio sin apuro.
Y la Escuela de Música, corazón indiscutido de la magia, florece de vientos y cuerdas, arrebata la paz y agita la sangre, en la siesta su misterio apaga cualquier razón.
La siesta es un ardor de tiempos que se encuentran y se entraman en un punto, y una queda allí, asombrada, capturada por escenas y presagios. Voces, recuerdos, palabras, es imposible sustraerse al hechizo.
Entonces aparece el duende de la siesta, el hada del río, los dueños de la tierra, cautivando hasta el último hueco de los pensares desprevenidos.
Así, por ser una desprevenida caí presa de esa magia. En ella me enredé.

Todavía sigo allí.


Carolina Bugnone.