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martes, 25 de octubre de 2011

El océano


Breve comentario acerca del concierto del coro de cámara Vox Ensamble en el oratorio del Asilo Unzué, el 22 de octubre de 2011, en la ciudad de Mar del Plata.


El Oratorio del Asilo Unzué es un lugar que empalaga por su estilo rococó y por la mística que entrama lo sacro con el exceso de adornos y pintura dorada. Hacía tanto que no entraba a una iglesia. Y que no me sentaba en esos bancos de madera duros e incómodos. Y que no iba a un concierto de coro de cámara. Y de música culta.
Se sabe que la acústica de esos sitios es ideal para las resonancias corales, que se propagan con pequeños ecos y la música se amplifica. Ese solo detalle acerca del tipo de sonido que se produce, le confiere un carácter particular al asunto. Uno se siente envuelto por las voces, o siente que las voces se elevan, o que vuelven a descender en una especie de onda gigante que engrosa la atmósfera. O también que las imágenes, los cristos y las vírgenes mueven la boca, los ojos, el pecho al respirar, transpiran, tiemblan sus manos, por el sólo hecho de que las melodías y los acordes les dan vida, resucitan a cualquiera, son una suerte de savia o sangre vivificadoras.
Se puede realizar una prueba sencilla y efectiva: una película de terror vista sin sonido no produce para nada el efecto de miedo que provoca cuando se la ve con los sonidos y las armonías que la acompañan -a esta altura, diríamos que no acompañan a la película sino que son parte de ella-. Todo esto para afirmar que la música es algo que está escencialmente vivo y que hace vivir. Y que un coro de cámara, por ejemplo, que suena bajo la cúpula y frente a las columnas y las paredes extrañas de un recinto como éste, es por unos minutos, magia pura.
A quien no pasó por la experiencia de escuchar un concierto en una iglesia, se lo recomiendo fervorosamente.

En Vox Ensamble son catorce cantantes, coreutas para ser más específica. En el concierto al que asistí, la afinación oscilaba entre muy buena y exacta (elemento fundante de una experiencia que sea agradable a los oídos). La afinación lograda y los finales precisos, de frases o de la obra misma, equivalen a un gol de media cancha (algunos años como coreuta y buenos directores le enseñan a uno que hay pequeñas cosas que delimitan una base sobre la que se asienta lo que después será más o menos digno de oír).
                Además, la paridad de las voces se ajustaba cómodamente, sin vozarrones masculinos o chillidos femeninos (léase: bajos, tenores y sopranos) que cortaran el juego de las melodías, que pelearan a los codazos por sobresalir. Por momentos, el ensamble era casi perfecto.
Al oír la interpretación de varios madrigales, uno podía imaginar el entramado de las voces como una unidad que camina, como un personaje que avanzara por la calle con los árboles enganchados en sus brazos y la casa sobre la cabeza y los perros en cada pie y los pájaros en las orejas. El madrigal me suena a seres que se mueven hacia adelante con otros seres articulados, nadie se pisa, los pasos se desplazan sin molestarse pero en interrelación con los otros.
El director: un espectáculo en sí mismo. Simpático, canchero y afín al público, no se reservó chistes y caras graciosas antes, durante y después del concierto. Los que pasamos por coros sabemos que los directores suelen ser señores muy exigentes, malhumorados y nerviosos (no hablo de “las directoras”, tema para otro post), sobre todo si tienen certero afán por la excelencia. Sin embargo, Luciano Garay logró dirigir un coro de cámara con muy buena calidad musical, gesto distendido e incluso divertido.
Lo normal en un coro de cierto nivel es una atención permanente y afilada de los coreutas hacia el director, una mirada que no se corre de sus manos y gestos, o a lo sumo va desde él hacia a las partituras, en vaivén. Vox Ensamble mostraba esa atención extrema, y al terminar cada obra el director gesticulaba un “Bravo!” hacia sus cantantes. Evidentemente, todos estaban  a gusto.

El Oratorio del Unzué no deja de parecerme un lugar raro, repleto de historias tristes de jóvenes internadas, y es fácil imaginar que reinaba no menos que alguna oscuridad por esos días.
Pero la música convierte a las cosas en otras cosas, las transforma y las mueve.
Vox Ensamble transformó el lugar en una bocanada de belleza. Y no puedo más que recomendar que lo escuchen cada vez que quieran sumergirse en un océano del que, estoy  segura, estarán felices de no salir con vida.



domingo, 9 de octubre de 2011

LUNES: La Basílica


El sonido que flota cuando uno entra en la Basílica es amplio, rebota, asusta, hace eco, se reproduce indefinidamente. El ruido es tan impresionante como su arquitectura. Enorme, color rosa viejo por fuera y por dentro, techos cóncavos,  confesionarios de madera tallada, imágenes hacia los costados, un Jesús europeo-entrerriano con gesto lúgubre, un órgano antiguo que todavía suena, un altar largo e impecable y los chicos de acción católica que cantan con la guitarra en la misa de los sábados y los domingos.
Juanita dirige la parte musical de liturgia, a la que concurren los nenes que van a tomar la primera comunión. Los hace ensayar las canciones de la misa y lanza su voz desmedida al eco tremendo de la iglesia. Lo hace bien, y todo indica que ama cantar tanto como a Jesús. A veces se le va la mano y grita –tiene ese tono aflautado, tipo bocina-, sobre todo cuando practica con los chicos el Himno a Concepción del Uruguay.

El lector se preguntará sobre la mezcla entre lo sacro y la canción patria, y es que en la Basílica descansan los restos del Gran Urquiza, el valiente caudillo federal que desbancó a Rosas y se ganó el odio de los porteños unitarios. En Concepción del Uruguay hay una mixtura natural y espontánea entre la historia política y económica del país y la iglesia. Bueno, como en general en la historia argentina. Pero en ese lugar, la Basílica los reúne de un modo fluido y normal, es común que los chicos que van a tomar la primera comunión ensayen ahí el himno a su ciudad.

Respecto de la calidad compositiva, complejidad armónica y profundidad de la letra de ese amado cántico, sólo diré que no es menos que espantosa.
Pero qué tanto, cuando uno lo canta con fervor patriótico-localista lo que menos importa es si suena bien, si la letra dice algo que valga la pena escuchar o si la melodía es  agradable. Parece un hit de Palito Ortega, es pegadiza. La empezás a cantar y se te queda en la cabeza como un chicle que no te podés sacar del pelo. Si se hubieran esmerado un poco más, sería un placer cantar la canción de la tierra de uno. Pero no.

La Basílica no es sólo la casa del Señor y del Gran Urquiza, también es un sitio musical. El coro municipal, más conocido como el coro de Juanci, despliega sus voces y actuaciones allí con frecuencia, aprovechando que el sonido se magnifica y no es necesario desgañitarse la garganta para que se escuche bien fuerte. Lo mismo cuando hay visitas de coros extranjeros, grupos instrumentales de cámara y conciertos de profesores y alumnos avanzados del conservatorio. Es un lugar apto para que la música se desparrame e impacte como si la voz del mismísimo dios se diera a conocer en ese acto.

Sin embargo, es particularmente un recinto social.
Sobre todo sus escaleras, a la salida de la misa de la tardecita de los sábados. Los adolescentes usan ese espacio para encontrarse, mirarse, hablarse, invitarse. 

Nos vemos en la Basílica a la salida de misa es de las frases que uno más escuchó en sus años de secundario. Esas escaleras sirven para mostrar la pilcha nueva, flirtear con pasión, chusmear (no hay mejor verbo para la ocasión) quién pasa por la vereda, o en la vereda de enfrente, la de la Plaza Ramírez, o en el auto, despacio, por esa calle. Quién cambió el coche, con quién se acompaña. Quién se toma un helado en la heladería de al lado, quién sigue hasta La Delfina a media cuadra. Quién saluda, quién no.
Es una perfecta platea para pasar las tardes de ocio, a partir de septiembre,  cuando empieza el calor húmedo y hay que evitar los mosquitos como se pueda. Sobre todo en la época en que encontrarse cara a cara era lo único que teníamos, sin pantallas de por medio.

En la época del carnaval, cuando desfilan las comparsas alrededor de la plaza Ramírez, la gente usa ese lugar para sentarse a ver. Adelante están las sillas en la vereda, el sitio que se compra para disfrutar sentado del espectáculo, pero siempre queda la opción de amontonarse en los peldaños. Para apreciar desde allí a las bailarinas aceitadas y esculturales, las batucadas enardecidas y los espaldares con plumas y lentejuelas. En otra época, el corso era espacio para los mascaritas, muchachos borrachos y bailanteros que se ponían en la cabeza una especie de casco de tela con mayor o menor producción, imitando una suerte de máscaras, lejanísimas de las que se lucen en el carnaval veneciano.

Esa iglesia da para todo.

Si dios existiera, fuera entrerriano y amigo de satán, sé que se juntaría con él a tomar una birra a la salida de la Basílica. 

domingo, 26 de junio de 2011

EL POST DE LOS LUNES: La flauta


Mi relación con la flauta traversa es larga y conflictiva, hace exactamente veintisiete años que estamos juntas. Ningún vínculo de tan larga data se mantiene en pie siempre igual.

De todos modos, debo decir que la relación ha progresado notablemente, e incluso que estamos en nuestro mejor momento. Vamos al revés de las otras parejas: no empezamos con enamoramiento, ahora estamos más enamoradas que nunca.

Cuando tenía diez años, la currícula de la carrera en la Escuela de Música me exigía elegir un instrumento. En ese tiempo iba a elegir piano, pero Javier el paraguayo, guitarrista, me aconsejó que probara la traversa. Las únicas veces que había escuchado en vivo ese instrumento habían sido durante un ensayo en el patio de la escuela, tocada por Viviana, y otra vez por Patricia; me había gustado mucho su sonido.

Empecé entonces con mi maestra Flavia Casanova, y estuve casi un año para lograr algún sonido. La flauta era más difícil de lo que sospechaba, además mi organismo de diez años tenía que hacer esfuerzos, no me daban los deditos para cubrir las llaves, no me alcanzaba el aire para que sonara.

Ay la flauta, qué rara combinación entre el placer de hacer música y el horror de no cumplir las expectativas. Esa cuestión me atormentó durante años.

Por esa razón abandoné la música como carrera universitaria y a los diecisiete me fui a estudiar otra carrera.

Mi disfrute con la traversa, en esos años, estaba en los ensayos, no en la exposición pública.

El trío de flautas con Patricia y el Flaco, el trío con Bettina en oboe y la Flaca Silvia en clarinete. Después se sumó el Negro Potato con otro clarinete, y algunas veces el Cabezón en saxo.
Qué músicos infernales. Y los arreglos y las obras de Omar.

 La orquesta de De Mathaeis, el dúo con César en el piano, el dúo con Martín en guitarra, con Carina en el piano.

Ensamble, la música latinoamericana a los trece, grabar, tocar.

Betty Plana, mi maestra dulce como sólo los mendocinos saben serlo, joven, buena mina, excelente flautista; el curso con el suizo Renggli en Buenos Aires, las clases particulares con Becerra a los diecisiete viajando una vez por mes con mi vieja a Barracas.

Guardarla en el estuche y divorciarme de ella durante años.

Abrir el estuche.

Armarla, soplar, sonar, salirme por su aire, flotar, encontrarnos de nuevo como dos señoras que se conocieron de chicas y se alegran por reconocerse de casualidad en una esquina.



Para escuchar: Dúo Bety Plana - Polo Martí http://youtu.be/4VZEMWhWQIQ
                     
                       Martín García en guitarra   http://youtu.be/zyuZL9HQxnQ 

                       Flavia Casanova en flauta    http://youtu.be/GLC1g8rACPg          

                       Felix Renggli en flauta   http://youtu.be/vUqPWhvOCao



lunes, 2 de mayo de 2011

Yo también fui mala


Pablo era flaquito, rubio, muy rubio, sonreía, titubeaba, pestañeaba mucho.
Era tímido, a veces hacía chistes malos, en el aula casi nadie se reía. Más bien lo admiraban / envidiaban, según de quién se tratara.

Pablo era el nene más inteligente del mundo, en la primaria de la Normal en los años ochenta.
Del mundo.

Entendía todo, nos explicaba al resto de los chicos todo, le salía tan fácil, esos problemas de Matemática eran para mí inabordables (especialmente uno, en sexto grado, que nos dio la señorita Gloria, él y Victoria fueron los únicos en develarlo).
Además humilde, buen compañero, buen tipo.
Y tenía una familia que lo adoraba, su mamá lloró a mares cuando fue nuestra primera comunión. En la Basílica. No, el nombre del cura de entonces no me acuerdo, está bien que soy Mrs Memoria pero tampoco la pavada.

Pablo gustó de mí toda la primaria o al menos eso me hizo saber. En primer grado y segundo también me gustó él a mí. Ya desde entonces me seducían tremendamente los tipos inteligentes (está bien, no saquen conclusiones, la inteligencia no asegura nada bueno de un hombre o la relación que se pueda tener con él. Ya lo sé, ya lo sé).
La cosa es que este nene tan rubio y sonriente y a veces espantosamente burlado en el aula, me hizo llegar su amor de todas las formas que pudo.
En primer grado (sí, de eso me acuerdo) se acercaba a mi banco y antes del salir al recreo, me contaba que hacía “karate” y cómo pegaba y todo eso, queriendo impresionarme. Yo no entendía una palabra de lo que me decía, ni siquiera sabía qué era el “karate” más allá de la palabra “carácter” mal pronunciada (recuerdo haber pensado que se trataba de eso).

Hizo que me enterara de su amor durante siete años insistentemente, no paraba. Con cartitas, con sonrisas y una vez con su declaración franca y directa, el día de la primavera en séptimo: “¿te querés arreglar conmigo?”.

Ay.

Evidentemente quise borrar de mi memoria lo mala que fui. Cuánto maltraté a este gentil muchacho, las caras de culo, las palabras odiosas que me niego a reproducir aquí y que recuerdo perfectamente haberle proferido, para mal de la máquina de generarse culpa que anida en el interior de mi laberíntica cabeza.
Digámoslo.
Pablo se merecía mucho más que esa nena medio aturdida, flaca, pelilarga, amante de las letras (desde entonces) y con él mala, mala. ¡Yo, que siempre me jacté de ser buena gente! 
 Qué-mala-fui-con-Pablo.

Ahora las redes sociales nos reencuentran, estamos grandes, nos pasó de todo en la vida, nos contamos sobre esas cosas, miramos las fotos de nuestros hijos, nos acordamos de la infancia, nos reímos sin vernos y yo también lloro un poquito, como siempre.

Y aparece en mí un sentimiento que si me lo contaban, no lo creía. Por dios, que la sensación de arrepentimiento me está volviendo loca inesperadamente.

La vida lo hizo ganar. Esa inteligencia está bien aplicada, su laburo de investigador lo confirma. Y su corazón de buen tipo también, su hermosa mujer y su hijito tienen a un hombre que estoy segura, vale mucho más que la pena.

Ahora si me permiten, una última cosita, nada más.
Pablo… ¿me perdonás?

miércoles, 6 de abril de 2011

Cuando nos reíamos

preparando Psicopato con Ana y Caro

                                                        Para mi amiga Carolina Flores


Nos levantábamos temprano y a las ocho te estaba tocando el portero o vos a mí. Y Ana.
Con vos, con ella, descubrí que es científicamente posible estudiar, releer, comprender y retener un mapa conceptual al mismo tiempo que morirse de risa.
No sé, Caro, si volví a reírme alguna vez como en ese entonces.

“Caroline Kraepelin” nos decíamos a las carcajadas, y era más fácil tragar la Historia de la Psiquiatría de Bercherie.
“La significación del falo”, romperse la cabeza y adorar como una divinidad griega a Oscar Lapalma, maestro de maestros en la facultad, que nos hacía entender ese chino nada básico. Al que después no quisimos abandonar nunca más.
Los “borderline” de Otto nomeacuerdoelapellido (¡Kernberg!) y las dosis de muestra con la titular de esa cátedra: ella misma representaba lo que enseñaba, con ese gato en la cabeza, esa mirada levemente perdida y esa sonrisa entre maléfica y dopada.
"Caroline Borderline", nos decíamos también.
"A" y "A prima", vos y yo, imagen a full, dobles.

No sé si me volví a reír así.

Ni hablar del cumpleaños de Sonia, la luz que se apagó repentinamente, chicas (¡perras!) desconocidas empezaron a encarar a sus hombres y vos y yo, tan tan desubicadas en esa escena, salimos muriéndonos de las carcajadas y corriendo. No fuera a ser que esos desconocidos se creyeran que éramos de la misma raza perruna que aquellas señoritas.

Éramos chicas más bien serias, más bien contracturadas, más bien tragas.

Psicopato, bueh, creíamos tocar el cielo con las manos. ¿Te acordás el día que la rendimos, y nos dijeron que entrábamos en la cátedra? No nos cabía en el cuerpo lo que sentíamos, mirá si el cielo hubiera sido tan fácil de alcanzar.

Ni hablar de las motos, de las salidas de a cuatro, de las compras compartidas en Nini.

Nos peleamos y nos amigamos, porque está visto que algunas cosas no se pierden, no pasan, no envejecen, no se quieren ir. Y no se van.

Creíamos en todo, teníamos todo delante de nuestros ojos, soñábamos y nunca nos despertábamos, ¿te acordás? La vida nos fluía. Y nosotras la dejábamos hacer sobre las cabezas, los cuerpos, los amores, las distancias, la facultad.

Que nos caminara por encima la vida, que total todavía nos faltaba lo mejor. Y lo mejor era eso, nosotras espejándonos en las cosas. En las promesas, cuando no esperábamos otra cosa.

Qué lindas. Qué creyentes. Qué entusiasmadas.

Y mierda, cómo nos reíamos.

domingo, 20 de marzo de 2011

EL POST DE LOS LUNES: El trayecto

Todo comienza en la pequeña placita donde está la boca del subte C en la parada Independencia. Es linda, chiquita, los sábados de mañana temprano no hay casi nadie, salvo algún viejito con el diario si no hace frío. Tiene unos árboles muy tranquilos y la vereda está empedrada.
Para mí es un paso rápido, la verdad no me detengo a mirar mucho, más bien bajo casi corriendo la escalera y ahí sí empieza verdaderamente la cosa.
O no, la cosa empieza en la parada Carlos Pellegrini, donde la línea C se combina con la B.
Ese otro mundo huele tan raro, gente, transpiración, encierro, comida, amontonamiento, sábado.
Las paredes están cubiertas por azulejos que parecen pintados a mano, chorreados por pintura verde aguada, son lindos, me gustan. Y hay murales que reconstruyen escenas con caballos, con fábricas, se ven hombres con sombrero, en movimiento, trabajando. Igual que la gente que va conmigo en el subte. Nadie mira el mural ni el verde chorreado de las paredes, o lo disimulan muy bien. Para mí son hermosos.
Arriba, el techo curvo. Unos fierros o no sé qué, cosas de metal grises y opacas.
Los ruidos, los de la tele ésa, y a veces suena la música más la bocina de los trenes más el rugido cuando se acercan. Parada, quieta frente a las vías, siempre pienso en la gente que elige matarse en el subte, aunque no sé si eso sucede muy a menudo o lo imagino porque es un cliché. En un momento de vértigo mitigado, miro sola y como estatua las vías, e invento alguna historia de suicida alcoholizado y con el alma destruida que llega despacio y se tira inexorablemente aunque los que están parados al lado le gritan. O se quedan pasmados y no emiten sonido. Invento su muerte, el terror de los que miran, el ruido de la tele y los rugidos mezclados con un gemido que se ahoga y olor a quemado. Hasta que alguien pasa detrás de mí y me roza con su mochila, me tose al lado o habla a los gritos por su celular y se acaba la magia mortuoria de las vías del subte.
Y la manada.
Ahí vamos, todos cerquita, casi tocándonos, oliéndonos, con cara de nada. Hay que poner esa cara de nada o de cansado para mimetizarse, es mejor pasar desapercibido y esconderse de la diferencia y así apreciar mejor el paisaje.
Camino en medio de la masa por esos pasillos, los miro evitando estancarme en los ojos de la gente que enseguida detectaría al que anda distinto, y se preguntarían qué rara intención tendrá esta chica. Entonces me hago la que soy uno más. Es que soy uno más.
Entro al tren ni bien se abre la puerta, empujada por una señora gigante con bolsas en sus manos y un muchacho de pelo cortito y mochila negra con los auriculares del celular puestos y masticando chicle.
Me toca ir de pie, me aferro a esos cositos redondos que cuelgan para que uno se sienta un poco menos vulnerable ante los movimientos oscuros y rápidos del vehículo. Y no puedo evitar mirar por la ventanilla. ¿Qué querré ver? Si es un pasillo oscuro, corrida en vacío negro, fierros, rieles, nada. Como si esperara encontrarme con algo diferente, como si concentrándome en esas ventanillas pudiera aparecer alguna cosa que me sorprendiera.
Ahí están las mujeres con carteras maltrechas y maquillajes baratos, los adolescentes con zapatillas enormes y las chicas que se ríen y se hablan al oído. Los hombres de pelo largo, desarreglados, con olor a vino y pantalones roídos, y los bien presentados, listos para trabajar, con mochilas grises, leen el diario, mandan mensajes por el celular a sus amantes, a sus esposas, a sus madres. Los músicos errantes y los nenes que te dejan sobre la rodilla  -si es que estás sentado- un paquetito de pañuelos descartables o una estampita de San Cayetano para que les des algo.
Cuento siete paradas hasta Ángel Gallardo y me bajo buscando el aire y el camino que me lleva hacia el mundo de arriba, el de las veredas llenas de mugre y de gente, la calle maltratada por los colectivos, los negocios y el café de la esquina que me espera, donde me tomo una lágrima con medialunas dulces, prendo la net y me pongo a escribir.

viernes, 18 de febrero de 2011

La escuela de música: César

César al piano - "Divagaciones", dir. Inés Saavedra, 2009

La escuela de música se fundó un par de añitos antes de que ingresara en ella, y de que naciera. Yo soy del ´74, y tenía seis la primera vez que entré, pasaba a segundo grado y en casa siempre hubo mucha música. Mi papá cantaba (canta) con la guitarra, y mis tíos también: aprendí zambas muy viejas y ritmos litoraleños desde que nací. Soy fan de “La pasto verde” -no sé si alguien más la conoce, me encanta cantada a dúo por mi tío Tabita y mi viejo- “tiempo de la Pasto Verde, zamba del coraje hecho mujer”, dice.
               Me crié entre mosquitos, guitarreadas, Pelay, la Normal, Gualeguaychú, primos, otros parientes en La Plata y la escuela de música.
               Tratar de recordar los años por los que transité en ella, que fueron once, se me hace larguísimo. Fue toda mi infancia y adolescencia, nada menos.
Como me resulta difícil, voy a elegir algún lugar por donde empezar.
Por César Rojas.
La primera vez que lo ví en mi vida, él estaba en un aula (cuando la escuela se situaba en la antigua calle Vicente H. Montero, “la vicente hache” le decíamos). Yo avanzaba desde el patio y lo ví y lo escuché. Según recuerdo, era un patio bien antiguo, como toda la construcción, hasta tenía un aljibe si la memoria no me está inventando cosas. Y plantas, muchas. Desde el patio se accedía al buffet, que era un hermoso antro para los organizadores del Centro de Estudiantes de la escuela, en manos de Omar, otro depositario de mi corazón de la infancia.
César tocaba el piano y lo rodeaban algunos chicos. Tenía trece años pero parecía mucho menor, yo tendría ocho. En ese momento salía magia pura de ese salón: tocaba la canción de la película Flash Dance, de absoluta moda en esos años. Éramos el asombro personificado en un puñado de gurises que oíamos azorados la perfecta melodía que conocíamos por la tele, emanada de ese piano y de esas manos. De ese morochito flaco y sonriente que se quedó con una parte de mi alma desde el primer minuto.
César fue mi amigo desde el principio, si bien en el medio estuve enamorada de él, como seguramente lo sabía o lo sospechaba. Era un período de franca admiración por ese chico desgarbado y que sonreía a pesar de ser un sufrido –porque la vida lo venía cacheteando de lo lindo-. Nunca había conocido –y creo que nunca volví a conocer, y no creo que exista- a una persona con tanto talento, bondad y sufrimiento juntos.
César y el piano eran una sola cosa. No se sabía dónde empezaba y dónde terminaba cada uno. No estoy exagerando, pueden comprobarlo en cualquiera de sus presentaciones en el teatro, hoy viven en Capital, es actor, hace música en escena y dicta cursos y talleres literarios, porque además escribe como los dioses. Pasaron muchos años, pero convengamos que hay cosas que no se pierden. Estaremos más curtidos, más viejos, todo lo que quieran, pero esa luz no se le fue. Nunca.
Entonces, César y el piano se fundían y ese fue mi primer encuentro con la magia. Vino de su mano sin ninguna duda.
Fuimos compañeros de las materias de la escuela de música durante tantísimos años, al menos diez, aunque él iba adelantado porque le sobraba talento, entonces rendía y pasaba a otras materias. Era como una especie de amigo-maestro. Como ahora.
Nunca olvidaré el Andante de Mozart para flauta y piano que hicimos cuando mis trece. Y el maestro Hualpa nos dio unas clases de interpretación, se fue desde Buenos Aires hasta Concepción del Uruguay y nos dictó un curso formidable. En ese entonces me perseguía una ansiedad maligna que no me dejaba disfrutar del todo ni tocar tranquila ni nada. Pero yo lo tenía a él  haciendo un colchón perfecto desde todos los lados, en lo musical, en lo afectivo.
Nos matábamos de risa con él y María José, cuando éramos ya adolescentes. Inventamos al personaje “Cachito”, le poníamos texto, armábamos situaciones graciosas por las que pasaba, como que estaba enamorado de “la Grecia Colmenare” y casi siempre le iba mal en todo.
Tocamos los tres, una vez, “es un pájaro que vuela con alas de papel, se llama amor, si lo encuentras, quédate con él” decía la canción que cantaba María. Y “Gurí en la siesta” de Magma. Me acuerdo de cada nota y dos por tres lo vuelvo a tocar, sin César ni María.
Iba a casa y charlábamos largo. Y cuando se fue a vivir a Buenos Aires, nos mandábamos unas cartas interminables, de puño y letra porque no existía el mail, y cuando empezó a existir ninguno de los dos tenía. Nos conocimos parejas del otro, algunas de nombre, otras personalmente.
Por César y María empecé a leer Benedetti. Y me enamoré en el instante de todos sus cuentos. “La poesía no me gusta tanto, se pone panfletario”, me decía. Los cuentos me atraparon de entrada. También me llevó por la senda de Kafka y algunos poetas.
Un día me hizo una canción, letra y música, para mi cumpleaños de doce creo. Me morí de vergüenza pero guardo el papel original donde está escrita, con su letra.
Otro día me regaló una poesía de otro, que hacía suya para mí.
Yo le escribí muchas cosas, que sólo hace unos pocos meses, como veinticinco años después, le pude dar por mail.
César es un tipo destinado a hacer explotar las cabezas y los corazones de quienes lo ven en escena y lo leen, y llenar de belleza y luz a quienes lo conocemos.

domingo, 16 de enero de 2011

EL POST DE LOS LUNES: Yo también fui turista

                             Para Marta, Enrique, Flor y Ana

Cuando era una nena, y después una adolescente, el primer signo de que nos acercábamos  a la ciudad del mar y los paseos era el viento con olor a sal que entraba por las ventanillas abiertas. Recuerdo con un placer tan limpio y diáfano ese olor. Cansados por las horas de viaje, las tres hermanas alternando entre pelearnos, hacernos cosquillas y cantar, hablábamos de eso, del olor del aire. Qué absoluto placer. Además, el otro placer, el de la temperatura ya unos cuantos grados más abajo que el agotador sol entrerriano del que veníamos.

(Nota: cantábamos fuerte y desafinábamos a propósito, recreábamos canciones del coro de Omar, al que asistíamos las tres, pero hacíamos versiones que sólo a nosotras nos hacían reír, inolvidable “La Neve”. Nuestros pobres padres tenían los tímpanos inflamados y dejaban de reírse a los dos minutos de nuestro recital. Nosotras nos descostillábamos).

No puedo olvidar ese aire de sal. Y no hablo del olor a puerto que dos por tres inunda la ciudad y que las fosas nasales ya ni huelen, por la normal adaptación de los seres vivos a su hábitat, dicen los biólogos. Hablo de la sal en la humedad del ambiente, que no sólo olíamos sino que sentíamos en la piel, en el pelo, en la boca. En mi recuerdo, hasta notábamos las manos pegajosas y nos lamíamos los dedos para comprobar que se trataba de la atmósfera indudable del lugar.
Casi siempre parábamos en Santa Clara del Mar, nos encantaba. Había que ir a la playa todos los días, porque no importaba cómo estaba el clima sino que habíamos viajado muchos kilómetros y veníamos por unos días y si hay viento o llovizna a bancársela que para algo vinimos. Y hay que mirar el mar, decía papá, hay que mirarlo mucho que no saben si lo van a volver a ver.

(¡Ja! No sospechábamos ni remotamente que iba a ser el lugar para mi vida, siglos después).

Detrás de la sombrilla puesta bajita y contra el viento, masticábamos arena varias horas y éramos felices. A veces las olas nos revolcaban, y sitúo allí el origen de mi desagrado por el juego marino. Habrá gente a la que le divierte mucho, pero desde el vamos, para mí, el ahogo entre las olas marinas y su movimiento hecho de imprevistos y fuerza exagerada, era poco feliz.
Yo venía del río Uruguay, caliente como sopa recién sacada del fuego y quieto como espejo perezoso. Ahí sí jugábamos a ser peces horas y horas en el agua. El mar era otra cosa. Nos metíamos, por supuesto, porque qué era eso de viajar setecientos cincuenta kilómetros y no meterse al agua. Hasta barrenábamos con esas tablitas de telgopor típicas para niños. En fin.
A la noche salíamos y conservo con auténtica alegría las huellas del recorrido por la peatonal, la rambla, los cines, la casa de Emma.
Cuando me llegó la pubertad empecé a recibir entradas para boliches e invitaciones a salidas nocturnas por amables y cancheros muchachos en la playa. Obviamente nunca asistí a ninguna de esas salidas. Mis padres no me hubieran dejado y yo no me hubiera atrevido.
Yo venía de Búffalo y de Mon Cherie, boliches de mi pequeña ciudad a los que conocía como se conoce a la gente del barrio. Los boliches de Mar del Plata encerraban misterio, lo desconocido y adolescentes bonitos y demasiado cancheros para lo que toleraba mi entrerriana timidez adolescente.
De todos modos, recuerdo cómo me gustaba usar minifaldas. La tipa no bailaba, no daba bola a nadie, pero mostraba las piernitas contorneadas y se pintaba la boca de un modo en que jamás lo volvió a hacer. Sí, me delineaba los labios (que quedaban de un tamaño descomunal, por cierto) y me movía con tímida seducción meneando mis piernas al descubierto y el pelo larguísimo. Y pánico a que cualquier chico se me acercara.
Qué graciosa es la adolescencia vista desde afuera, desde adentro pero fuera del tiempo.

No puedo más que sonreír cuando me abraza la memoria de mi vida como turista aquí. Y cuando mis conciudadanos se quejan (¡cómo se quejan los marplatenses!) de la invasión turística.
No puedo más que sonreír cuando me cruzo con las familias de turistas que caminan hacia la playa o por el centro con ese gesto de disfrute y asombro como si estuvieran en Hollywood o en el Caribe.
No puedo más que sonreír, ahora que ya me acostumbré y no me asombra ningún olor y ningún sabor a sal en el aire, y el frío se me volvió parte de la vida, y voy a la playa si está lindo y sino no, y me meto al mar si tengo ganas y sino no.


Fotografía . Concepción del Uruguay,  Entre Ríos.
                                                                              

sábado, 8 de enero de 2011

Berisso

Nunca voy a olvidar mis primeras veces en Berisso. Por empezar, la línea 202 y su recorrido largo y lento, las dos paradas en que podía bajarme, el planito de memoria para no confundirme (la orientación nunca fue mi fuerte). La casa de tus tías.
Andar por Berisso tenía algo un poco irreal, así lo recuerdo. Era una mezcla de lugar desconocido, gritos callejeros tipo “¡Diubu!” o algo parecido –según supe en ese entonces, extraño dialecto berissense entre los muchachos que vagaban por el centro-, la cercanía del río, los lituanos y todas las colectividades impregnando el ambiente, aire de barrio dentro de La Plata pero con identidad propia.
Cómo olvidar la primera vez que anduve por la Nueva York, cuando estaba en pleno desmoronamiento, en pleno transcurrir del mundo real por sobre una calle que había sido magia pura hacía muchos, muchos años. Me acuerdo que caminamos como dos horas o más por esas veredas destruidas, y me contabas sobre los negocios que antes habían sido espectaculares, que habían dado a la ciudad un brillo que nunca más pudo conseguir, ni con la feria de las colectividades ni con el carnaval de travestis ni con las visitas de Lito Cruz (orgulloso oriundo) ni con nada. Ese día me salieron ampollas en los pies, tenía puesto un vestidito rojo largo y zapatillas. Era jovencita, tenía el perlo larguísimo y la cara redonda, y cualquier cosa me quedaba bien. Todavía no te habías comprado la moto.
La isla Paulino fue otra visita imprescindible. Los caballos andaban entre nosotros, en la arena, tranquilos, caminamos mucho, el lugar era hermoso. Ese día se te cayó el celular mientras andábamos por la arena (y era la época en que los celulares eran unos extraños y preciados objetos) y un tipo nos preguntó si era nuestro. Pusiste cara de “esto no puede ser cierto”, le agradeciste y seguimos ahí hasta la tardecita, cuando Chiche nos increpó por no haberla llevado de paseo con nosotros. 
Qué sitio tan inolvidable y tan raro era tu casa, la casa de las tías.
Cuando la tía Chiche, en el comedor, mantuvo una larga conversación con una de sus muñecas frente a mí, gritando a viva voz y con el modo en que se le habla a los nenes chiquitos “¡Chiquitita, cómo se va a portar usted! ¡Pórtese bien, haga caso!”. Y yo miraba atónita, incómoda, no sabía si tenía que reírme o decir algo o retirarme del lugar o qué. Vos pasaste y me hiciste un gesto de “No le des bola”. Pero en esa época yo era tímida, prejuiciosa, me ponía nerviosa no hacer lo correcto y no había forma de encontrar el modo indicado para actuar en esa situación, ¡cómo hacía para no darle bola!
Finalmente Chiche se apiadó, creo, de mi cara de incredulidad, me miró y me dijo “Dios no me dio hijos pero me dio muñecas”. Y asunto cerrado, me fui a la cocina a buscar tu auxilio.
Chiche era en ese entonces inefable, no se me ocurre mejor adjetivo. Vos decías de ella muchas cosas y no muy agradables, y tenías razón. Pero insisto, inefable le calzaba como anillo al dedo. Intentaba ser amable y se le escapaba una agresión, todo el tiempo. Igual la quería, y lo sabías. Iba y venía con las plantas, con los libros, miles de miles de libros en la casa. ¡Lo que era ese lugar! los libros eran los habitantes, no había dudas. De casualidad quedaba lugar para los cuatro, contándote a vos, a Tota y a Costa.
Tota era lo más parecido a una abuela. Siempre sonreía y agradecía y quería cocinarnos o halagarnos con algo. Se encargaba de Costa y lo protegía como a una parte de su cuerpo. Tota tiene y tendrá un lugar muy bien cuidado en mi corazón.
Los gatos, tema excluyente. Los gatos, dios mío, dueños absolutos del lugar. No puedo acordarme del nombre de esa gata maldita que una vez me hizo estremecer cuando intenté sacarla de tu cama, se dobló toda como se doblan los felinos antes de atacar. Otra vez hizo pis sobre unos parciales. Y no recibió ningún castigo, la muy bestia. Cómo amabas a ese animal, la mirabas del modo en que se mira a las novias, y le hablabas con una dulzura inverosímil. No me puedo acordar el nombre, era nombre de persona, y está claro que ella y yo no fuimos -ni aún con el paso de los años- las mejores amigas.
Burocracia era tortuga mezcla con perro. Corría muy simpática, venía al trotecito cuando uno la llamaba desde la puerta del patio. Era todoterreno, decías vos, y me lo demostrabas poniéndola sobre un escalón: la tipa lo subía.
Esa casa guardaba cosas tan heterogéneas que me da un poco de pudor hablar de eso. Había de todo, desde los dolores más profundos y tremendos hasta los salvatajes, los escondites, los remedios, Tom Waits, los apuntes de la facultad, el amor como nunca antes, los desencuentros, tu madre y el capítulo aparte que lleva por título su nombre, las ex, las fotos y los negativos navegando por todos lados, los fantasmas (de esos había un montón), uf! perdí la cuenta.
Berisso llegó a mi vida como un alud, como un terremoto, como llegaste vos en ese momento, revolviendo lo estable, desbaratando todo, la otra cara de la luna y Pink Floyd. Berisso me abrazó como ET a Elliot, el nene que aprendió a querer lo inquietante.
Como subirse a un colectivo con destino desconocido y ser Alicia en no sé qué país desbordante de miles de cosas.
Guardo cada minuto, de los buenos y de los malos, guardo cada respiración, cada ronquido, cada sábado, cada 214 también, cada película en cine 8, cada sanguchito de Mingo, cada  carne asada del Ruda, cada tarde en la facultad y las reuniones de cátedra, cada ironía, cada mirada, cada chinche.

Porque lo solté, porque lo dejé ir, es que lo llevo conmigo, en el segundo cajón, sin llave.


Fotografía: Isla Paulino, Berisso, Prov. de Buenos Aires.

martes, 9 de noviembre de 2010

Il ballo

a G.L.K.                                                                   

Entramos a ese lugar completamente kitsch, surrealista, en Palermo. Nombre italiano, lugar de pastas, atendido por un rastaman y música cubana de fondo. No había modo de encontrar alguna lógica en semejante mezcla. Llenas las paredes de pinturas alocadas, variadas, horribles algunas, curiosas otras. Colgaban del techo dos sillas antiguas hacia un costado, y sobre la entrada unos pajarillos de origami. Arañas antiguas como luces y focos sueltos. Un gatito de porcelana nos clavaba sus ojos cuando entrábamos, entre muñecas viejas y vestidas, apoyadas en el piso.
Nos reímos un poco, ya que habíamos buscado por internet un “lugar de pastas” por la zona. Cuando el mozo -nuestro rastaman- se acercó y nos trajo la carta, no pudimos más que seguir riendo: un pizarrón alto como él, con los nombres de los platos, escritos en estricto italiano.
Pedimos la comida y un vino tinto que nos fusionó con el lugar en breves minutos. Ya no querríamos ir a ningún otro lado que no fuera ese.
Esa noche nos reímos casi todo el tiempo. Qué exquisitos platos y qué bellísimo vino. Cada tanto me acariciabas una mejilla, espontáneo e inesperado, en el medio de la conversación, gesto tuyo que me encantaba. Vos me querías sorprender con algún dicho y yo me anticipaba, y me decías “qué perspicaz, qué rapidita” y te matabas de risa. Y tu boca destellaba ese aliento mezclado con beso apurado que me cautivaba. Yo te devolvía mis ojos brillantes y mi bocaza riendo más fuerte de lo debido, y mis palabras de quererte.
Hablamos de nosotros, armamos una casa, unos hijos, una vida y tejimos días y días con cada uno de sus minutos. Sacabas cuentas y yo te escuchaba, se me escapaba el corazón y vos me lo atajabas cada vez.
Después nos fuimos, y llegamos a tu casa ansiosos por amarnos, apresurados nos deshicimos el uno en el otro, nos recorrimos y nos reencontramos, nos besamos como locos y nos abrazamos hasta no sé qué hora.
Esta noche, ahora que ya no nos tenemos, me acordé de vos.

agosto 2010.

Fotografía: yo- Salta.