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domingo, 4 de diciembre de 2011

LUNES: Cumpleaños, de Pablo Roset*



Marina regresó a la sala de estar con una botella de whisky, algunos cubos de hielo y unas perlitas que sus ojos pronto reabsorberían. Si la conocía un poco, podía asegurar que estaba feliz de agasajar a sus amigos. En un extremo de la mesa, Marga y Miguelito sostenían una discusión acalorada que los mantenía al margen del grupo. Fue Dolly quien, entonces, saltó de su silla para llamar la atención. Como siempre.
- “¡Ah, miren esto, la que nunca tomaba alcohol… se ve que encontraste tu medida!”
Había sido un comentario anclado en aquel pasado que nos reunía. Percibí que Marina lo había recibido con una expresión alegre en sus ojos (que ya habían secado). Sin embargo sus labios, pintados con delicadeza, permanecieron tiesos. ¿La inercia del silencio? Tal vez. O quizás la falta de una respuesta adecuada. Por fortuna era capaz de sonreir con sólo entrecerrar sus párpados. Estaba ansioso por escuchar cómo se defendería. En ciertas ocasiones, pinchazos como el de Dolly servían para activar relaciones enmohecidas por el desuso. Me hundí en el sillón para disfrutar de lo que de un momento a otro sucedería.
- “Es que el tiempo me ha enseñado muchas de las cosas buenas de la vida.”
¡Excelente!, pensé. Un toque de seriedad aderezado con buen humor. Dolly lo recibió tal como en esgrima se acepta un touché, con honor y resignación, y volvió a acomodarse en la silla. Veinte años atrás habrían saltado chispas. Yo mismo, confieso, hubiera sido más duro con ella. Habría puesto en evidencia sus nuevas medidas XL.
La música se estaba perdiendo en un fade out que arrastraba a Marga y Miguelito a callar sus diferencias. Habían congeniado muy bien. Esta clase de reuniones (“con un paisano de cada pueblo” habría acotado nuestra querida Maru) siempre estaban al borde del fracaso o del éxito. Los dos intelectuales no habían demorado nada en dejar al resto afuera de los temas que (ellos pensaban) nadie iba a entender.
- “¿Por qué no brindamos por algo?”, dijo Marga para rellenar el silencio. Había bajado del Parnaso a una tierra yerma en la que se movía torpemente. ¿Qué esperaría de la reunión?
- “Sí, pero que antes Marina diga unas palabras. Solía hacerlo muy bien.” La idea surgió de Miguelito. Marina, sorprendida, resopló un aire de falsa consternación. Era el pie que necesitaba. Más tarde, esa misma noche, entre las risas opacadas por el alcohol, Marina se dio cuenta que Miguelito había sido espontáneo y sincero.
- “Justamente. No lo sugerí para que no termináramos todos abrazados en un llanto a moco tendido.” Dolly era así. Siempre se mostraba un paso más allá. Si alguien tenía una idea, ella la había pensado antes. Si alguien gritaba, ella daba alaridos. Si alguna llevaba minifalda, ella iba desnuda.
A todo esto, Miguelito era un espectador de lujo. Si bien nunca tomaría la iniciativa de hablar en público, era capaz de escribir el discurso más emotivo y certero para cualquier ocasión. El silencio lo había cohibido, pero cuando Marina se incorporó para hablar volvió a experimentar seguridad, a meterse en una burbuja impermeable que lo eximía de compromisos.
- “Quiero que todos miren hacia allá, al sillón del rincón. No es casualidad que haya estado vacío toda la fiesta. Está ahí para simbolizar a aquellos amigos y relaciones que quedaron al costado del camino. Cada uno de nosotros le pondrá el ocupante y el nombre que desee. ¡Brindo por nosotros y también por ellos, porque fueron, y aún son, el alma de nuestras alegrías pasadas… al igual que ustedes lo son hoy para mí.”
Luego sobrevino un bache, un silencio de radio, un fondo cargado de pensamientos. Afuera, la noche proponía escarcha y algún bocinazo en la esquina. Un grupo de chicos y chicas cruzaron abrazados frente a nuestra puerta. Sin saberlo, ellos también marchaban hacia algún sofá.
Con los brazos extendidos entrechocaron los vasos y regresaron las palabras. Me hubiera gustado participar. La ví buscarme en el sillón durante unos segundos. Sus ojos, otra vez afectados, sostenían ese aleteo de colibrí que yo tan bien conocía. Al bucear en ellos supe a quién había sentado en el sillón. Luego quebró la mística y volvió a la torta y la velita. Marga y Dolly no disfrutaron la situación. Quizás habrían preferido sentarse ellas mismas en el sillón para poder lucir ante los demás como en otros tiempos.
La fiesta siguió su curso. Billy Holiday arrancó con su versión de Summertime y luego llegaron Ray Charles con Georgia On My Mind y Ella Fitzgerald con It Ain’t Necessarily So. Ellos también estaban invitados al cumpleaños que empezaba a terminar.
Era tarde. Miguelito se retiró después del café. Saludó a todos en general y a casi nadie le importó demasiado su partida, excepto a Marga. Al devolverle el saludo percibí en su rostro una luz particular. Diez minutos más tarde, Marga y Dolly salieron juntas y, por suerte, se llevaron a todos los fantasmas que me aplastaban en el sillón esquinero.
Marina terminó de lavar los platos y utensilios. Estaba feliz. Su imaginación me guió a su lado. Guardaba un cariño profundo por todos sus recuerdos. Hubiera querido darme una palmada cariñosa en el hombro y preguntarme cómo estaba. Lo sé. Alguna vez me había extrañado. Pero ahora estaba más tranquila. Cerró la canilla. Luego, en su cuarto, desparramó su cansancio feroz por toda la extensión de su cama. Segundos después, en el pesado sopor que le cerraba los párpados comencé a desvanecerme. Y así, mientras ella se dormía con una sonrisa en sus labios, abandoné la casa para volver al arcón de los recuerdos.


*Pablo A. Roset, escritor, psicofanguista. Algunos de sus cuentos han sido premiados e integran diversas antologías. Otros han sido publicados en revistas tradicionales en papel y digitales. Desde 2008 publica sus textos en su blog Proyecto Anecdotario http://anecdos.wordpress.com/.

jueves, 29 de septiembre de 2011

por donde se caiga el olvido


el mundo me queda incómodo,
me molesta en las mangas
en los zapatos
en los ojos que no termino de cerrar
ni de abrir
en la incontinencia de la angustia existencial
en lo que ya sé


es un castigo saber
y quedarse con las manos
en los bolsillos
o en cualquier agujero por donde se caiga
el olvido


el mundo es un conjunto indeterminado
de cosas
a patear
a retener
de tazas y escaleras
cigarrillos / cine / café


no quise quedarme
no entramos acá
te avisé, es incómodo


cuando el aire vuelva
y las manos dejen de temblar
y se vaya la náusea,
obtendré de todo esto
la parte 
que me toca




domingo, 25 de septiembre de 2011

LUNES: Siempre me duermo en la terminal.


Me subo al colectivo, estoy sola y acostumbrada. Mi mochila y yo, como siempre, en el coche cama, el Cóndor creo. No nos dan alfajores ni sánguches, algo que me parece básicamente mal. Encima no traje nada para comer porque justo un rato antes estuve descompuesta. De unas descomposturas que hacía tiempo no me agarraban: ganas de vomitar, transpiración e inminente miedo a alguna cosa. Bueno, de esas.
O sea que medio dormida por la baja presión (supongo que es baja presión) me acuesto en el asiento bien reclinado y mientras una nenita de dos años no para de hablar detrás de mí, me duermo.
           Siempre me duermo en la terminal, antes de que el colectivo se ponga en movimiento.
Y empiezo a soñar como loca.

Estoy en un circo y resulta que soy mitad bailarina mitad trapecista mitad payaso. Soy las tres cosas a la vez. En ese momento me encuentro con unos payasos gordos y feos, son Oggy Junco y Bergara Leuman vestidos de dorado y con flores en la cabeza. No sé, no nos damos mucha bola e intento pasar, lanzada al viento, a través de un aro de fuego; ellos lo sostienen con mala cara, miran al techo y putean en voz baja pero llego a escucharlos.
Tomo carrera y cuando me tiro por el aro me caigo. Pero me caigo mal, tipo agujero de ascensor. Ya se sabe cómo se siente eso de caer al vacío cuando uno sueña, juraría que en ese evento la vigilia se complota con la pesadilla para que los sentidos se confundan atrozmente.
Mal.
Me despierto contracturada, con frío.
Al lado tengo una chica con auriculares quieta como una momia, la nena de atrás duerme, la señora del otro costado ronca, el olor a café de colectivo es un asco.
Me tapo con el saco y me doy vuelta.
Y sigo soñando.

Estoy en una cervecería con un tipo que conozco de vista pero en el sueño somos amantes. Tengo un saquito rojo y él una campera negra. Hay mucho ruido de autos y de gente, estamos un poco nerviosos. Nos ponemos a hablar, me pasa unos títulos de películas, unos temas de Silvio Rodríguez, unos pensamientos de los que se va a arrepentir, y me muestra su libreta de estudiante. Le hago un chiste sobre la mía, la saco de la cartera y ya no es mi libreta de estudiante sino un papelito borroneado que dice ¿ves? acá está escrito el futuro.
El mozo nos trae una Stella Artois, la botella queda sin abrir y al pibe se le hace la hora de subirse al colectivo.
Lo acompaño, nos damos unos besos espectaculares y se sube, se sienta, cierra los ojos que antes me clavó a lo bestia y se duerme.

Justo cuando se duerme él me despierto yo.
Destapada, se ve que me moví mientras soñaba.
El olor del café mezclado con el del baño me está matando.
La cabeza trabaja más durante los viajes, hay tiempo y suficiente soledad como para enredarse en los pensamientos. Y ahí empiezo.
A veces me hago la payasa -pienso-, a veces escucho a Silvio Rodríguez, a veces me tomo una Stella, a veces hago malabares.
A veces uso un saquito rojo, a veces creo que tengo el futuro escrito, a veces me caigo por el hueco del ascensor.
La nena de atrás se despierta, tengo hambre.
Le mando un mensaje de texto al papá de mi hijo, en una hora lo trae a casa.
Miro por la ventanilla, ya casi no se ve el campo. 
Está oscuro, en un rato llego a casa, dejé el calefactor en piloto y seguro me olvidé prendida la luz de afuera.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

anónimo


quedate ahí
no te muevas un centímetro
de donde estás,
no ves que me aprieta
el aire escaso de
septiembre

no corras la lengua
que de lejos
todo se humedece y ya no sé
si la prefiero en la mía
si la prefiero en la nada
si no la prefiero

y que el silencio
de identidad
cabalmente innombrada
nos aplaste los ojos

te descifro,
hay corrientes que circulan
bajo cualquier circunstancia
y la pantalla
espejo que sabe todo
no sabe nada
no sabe nadie
cómo no ahogarse
en el barro de los días cínicos

asomar el cuello
destapar las fosas
hacer que el oxígeno camine
en el cuerpo anónimo
que te anuda
al deseo anónimo
que te ata
al pasaje anónimo
que te trae
hasta mí. 


domingo, 18 de septiembre de 2011

LUNES: La chica radar

                
El radar funciona las 24 horas,  bajo cualquier clima y en todas las estaciones del año. No hay interruptor que corte su actividad, ni siquiera durante las horas del sueño. Capta tanto catástrofes como detalles, mínimas señales; preanuncia eventos y desencuentros. Es capaz de detectar movimientos insospechados, frases que se están por pronunciar y el tono con que serán dichas, negativas, directivas, deserciones, oportunidades.
La única debilidad del sistema es que, en algunas ocasiones, informa acerca de una situación con unos segundos de demora.
Si bien puede parecer insoportable vivir la vida con tantos datos, Silvina lo lleva con paciencia estoica aunque a decir verdad, nunca se acostumbra del todo.
Cuando entra al trabajo, saluda y se encuentra con las miradas de los otros, la forma de dar la mano o un beso en la mejilla, el tono de la voz con que cualquiera se dirige hacia cualquier otro,  sabe. Por ejemplo que Mauricio, el jefe, se va a negar a darle el día que José le está pidiendo; la forma en que Mauricio lo mira, en que pone el labio superior anticipando lo que va a decir, el modo como se toca la barba y cómo agacha la cabeza antes del “no”, es rápidamente decodificado, minutos antes de que suceda en la voz.
O cuando María Eugenia se dirige hacia ella con una sonrisa de rara arquitectura y ojos enrojecidos, le dice “Hola Sil, ¿tenés un minuto?”, el radar asegura que la próxima charla se desenvolverá acerca de males de amor, el tarado de Juan que de nuevo se borró, la tarada de la ex que lo persigue, lo tarada que soy cuando me llama para volver conmigo, ¿te das cuenta? Sí, Silvina se dio cuenta mucho antes.
El radar nunca se equivoca; bueno, casi nunca, no hay maquinaria perfecta.
Se hace mala sangre. Cuando el radar se aplica a las relaciones amorosas se le pone compleja la cosa. Porque el hecho de recibir los indicios acerca de la peligrosidad o imposibilidad de la cuestión, no le impide dejarse llevar por sus deseos y arremeter hacia el fracaso seguro.
Como cuando se enamoró de Carlos, un hombre diez años mayor y completamente asentado en su vida familiar. Y aunque él se declaró frágil ante ella, muerto de amor, derretido por sus besos, cautivado por su persona, absolutamente enamorado y desgarrado de pasión, nunca dejó a la esposa. Estaba cantado y no hay que ser una chica radar para sospecharlo.
La relación entre Silvina y el radar es, definitivamente, tragicómica.
Si compra en el almacén de la esquina y la atiende la señora petisa y canosa, le pide un paquete de galletitas y nada más, detecta por imperceptibles vibraciones en la voz que no va  a tener cambio para darle. Y no tiene.
Cuando se junta a tomar mate con su amiga Verónica y la escucha con avidez, mientras mastica una medialuna dulce y de fondo suena Adela en el Carrousel, el sistema le avisa que su amiga acaba de enamorarse aunque todavía no lo sabe. La forma en que mueve los párpados, la cantidad de veces que pestañea y repite “no, no me pasa nada, es algo así no más”, más la risa exagerada que sigue a cualquier comentario, cómo chupa la bombilla con el primer mate y el gesto con que se acomoda el pelo detrás del hombro.
Y también que su hijita volverá más tarde de la casa del papá a la tardecita, cuando suena el celular justo cuarenta minutos antes de la hora convenida; ese sólo dato es suficiente para la máquina de descifrar.
En la oficina detectó varios problemas de relación entre dos compañeros, incluso antes de que  supieran que ese malestar en el cuerpo cada vez que se veían, se transformaría en una brutal pelea. Diego abría las fosas nasales cada vez que Jorge se le acercaba, lo miraba fijo y respiraba un poco más fuerte que lo habitual. Era notorio el cambio en la mirada y en el ritmo respiratorio, el pecho se le movía demasiado hacia adelante con cada inhalación de aire y las manos se le crispaban. Jorge apretaba las mandíbulas, se ponía verborrágico, esquivaba la mirada de Diego y levantaba el tono de la voz. La explosión era inminente. No probable, inminente para Silvina, quien  tenía certeza de que la batalla incluiría trompadas e insultos a viva voz, delante de todos.
Una vez el radar se equivocó feo.
Había pronosticado la separación entre el hermano y su mujer, la cuñada, a juzgar por los datos con los que contaba hasta ese momento. La cuestión es que a los llantos de ella, los desprecios que se hacían en público, la cara de hastío de él y la rabia de los dos, siguió una inesperada recomposición y todos a comer perdices.
Silvina tiene un rato libre, no hace frío y decide caminar por la calle hasta las cinco, que vuelve a entrar al trabajo.
Hay un vientito suave, su pelo negro se mueve lento como las ondas del aparato; los ojos verde agua parpadean por el sol; sus piernas se deslizan con gracia entre los bancos de una plaza, se sienta, deja la cartera en la falda, pone la cara al sol, las piernas extendidas, las manos tibias y los brazos flacos cuelgan a los costados.
Abre un libro que tiene justo a mano y se mete en “Las maquinarias de la alegría”; lo leyó casi cincuenta veces, pero no se cansa.
Se queda un rato metida en “El día de muertos”, calaveras de azúcar y desesperación, catacumbas inquietantes y un yanqui aturdido de tanto funeral.
Como si caminara entre el polvo ardiente del mediodía mejicano, se acomoda el flequillo, se pone los anteojos oscuros, respira.
Enfrente hay una señora con un perrito, se viene el ladrido se viene el ladrido, dice el radar, y ladra. Silvina no se inmuta, la señora le grita al animal que se calle, entre los dos hacen mucho ruido. Pero ya se van a ir más lejos, piensa. La señora y el perrito desaparecen de su vista, sólo quedan los nenes en los jueguitos, a su derecha, y la gente que pasan caminando.
Son las cuatro y media, el tiempo le alcanza con comodidad para llegar a horario. El radar suele llevarse bien con el tiempo, las mediciones son casi exactas. De todos modos, no se trata de detectar nada, sino de controlar la hora para llegar a tiempo.
Se echa el pelo detrás de los hombros, guarda el libro en la cartera, toma aire, se levanta etérea y empieza a caminar hacia la vereda. El vestido hindú se mueve con pasos de viento urbano, rojizo y liviano le roza las piernas delgadas a lenguas de tela fresca.
Un tipo en una bicicleta pasa rápido, sin mirar, sin verla, la rueda delantera casi toca su pie a punto de apoyarse en la calle. Ella lo corre en una reacción refleja, sorprendida espera un minuto antes de volver a cruzar.
Luego avanza sobre la calle con el semáforo a su favor. Enfrente, un señor con bastón levanta sus pies con esfuerzo y dos chicos con uniformes escolares ríen escandalosamente, cargados con mochilas enormes y zapatos nuevos. Caminan hacia la vereda, cruzándose con ella de la forma en que uno cruza la calle un día cualquiera, sin reparar en nada en particular, con la cabeza en lo que sigue, Diego y el ojo morado, María Eugenia y ojalá haya preparado mate porque me muero por tomar uno ya mismo, Mauricio y su mala cara de lunes. Cuando le faltan tres pasos para subir de nuevo a la vereda, un taxi cruza sin frenar y la tira.
Unos cuantos metros adelante.
Sacude el cuerpo como una bolsa de ropa sucia que flamea frágil en el aire de otoño, se luce en tres vueltas a lo alto y cae al asfalto como piedrazo.
Se queda dos minutos lúcida, sangra la nariz, la cabeza, uno de los brazos.
No entra el aire. No entra.
En ese último instante de conciencia, en tiempo diferido, bajo la mirada atónita de los curiosos que la rodean, el radar le indica que todo termina ahora mismo.


lunes, 15 de agosto de 2011

LUNES: Cuento

                                                                                                                                                                                                                                          

Francisco camina apurado por la vereda rota de Sarmiento al 4000. Justo ahora pasa por la placita Almagro, hoy sábado a las 11 y media de la mañana. Se pueden ver algunas familias improvisando un pic nic humilde y soleado bajo un otoño sin expectativas; en la esquina unos vendedores exhiben sus porquerías sobre el piso, arriba de una lona verde gastada, y si uno afina el oído se puede escuchar la música del gimnasio de enfrente, arriba. La gente entra y sale, los gimnasios siempre rinden, más ahora que se usa tanto estar en forma, bello y saludable.
Hay también algunos viejitos jugando en las mesas de ajedrez, y otros más jóvenes tomando mate sobre esas mismas mesas. Los árboles de la plaza son altísimos, verdísimos, o tal vez la memoria me los hace más grandes cuando tengo que contar cómo son. Sabemos bien que la memoria pone cosas donde no las hay, todo el tiempo, y ni vale la pena discutir con ella. Uno está condenado a perder, siempre.
Almagro es tan ruidoso, pero los sábados afloja un poco y los domingos le llega esa hermosa muerte que el barrio espera. Pero es sábado, no domingo, y Francisco apura el paso.
Sofía está con la nena en un pelotero, en el cumpleaños del hijo de una amiga, y se van a quedar ahí hasta bien entrada la tarde.
Sofía tiene treinta, el pelo largo y castaño claro, unos ojos verdes que matan de un rayo cósmico a cualquiera que se le anime a mirarla fijo, y una boca rosada, risueña y parlanchina. Es flaquita y etérea, camina como dando saltitos. Francisco la ama con locura, y a Morena, su hijita.
Pero ahora camina apurado, mira el reloj cien veces, tiene una taquicardia tremenda. Detecta, asombrado, un leve temblor en las rodillas y no es del frío. No tiene frío, más bien el calor de la sangre en ebullición le está enrojeciendo un poco las mejillas.
Francisco es un tipo hermoso, de treinta y tres, estatura mediana, mirada encantadora, normalmente serio, no anda desperdiciando sonrisas por ahí. Se dedica a las Ciencias Exactas con bastante éxito, nada del otro mundo, pero la lleva bien. Justo ahora está en un emprendimiento nuevo y tiene la mayor parte de su energía ahí. La usa bien, ni sobra ni falta. Lo que se dice un tipo equilibrado.
Mientras camina repasa algunas de las cosas que le quedan por hacer de ese proyecto, lo tiene todo en la cabeza como suele pasarle a la gente que se dedica a las Ciencias Exactas, es como si una computadora les organizara los pensamientos laborales del modo más eficiente que se pudiera sospechar.
Con respecto a pensamientos de otra índole, bueno, ya se sabe, nada funciona como una computadora.
El viento molesta lo suficiente como para que entrecierre los ojos evitando la tierra en la cara. Está a dos cuadras del café. Se olvidó los anteojos de sol. Se olvidó el celular en el auto. Se olvidó algo más que quería llevar a la ocasión.
Con el corazón a punto de explotar divisa el bar convenido, empuja la puerta, desde afuera no se ve nada. En el vidrio, el reflejo de la calle, los autos y los transeúntes hace de pantalla compacta y sólida. La ceguera es casi completa: entre la basurita en el ojo derecho, el rayo de sol justo sobre la córnea y el susto, no ve nada.
Con los ojos rojos y pestañeando, se sienta en una mesa y respira profundo. Un minuto antes de recuperar la visión, la ve.
Silvia, a dos mesas más allá, de perfil, junto a una de las ventanas, bebe nerviosamente un café, lo revuelve, bebe, lo revuelve.
Lleva el pelo a la altura de los hombros, ondulado, más o menos como lo tenía la última vez que la vio pero más claro. Sucumbió a las tinturas para señoras de cincuenta, piensa.
La mira, ahora con la vista perfectamente despejada: cómo pone el rulo detrás de la oreja izquierda, el arito que brilla en el lóbulo blanco y pequeño, la mano, cómo toma la taza, como la espera en la boca, cómo la deja de nuevo en el platito. El perfil a contraluz, el pedacito de cuello entre los rulos, la nariz pequeña cuando baja la cabeza y revisa el celular. La ve tan linda. Duele como cuando lo bello nos acuchilla, desprevenidos.
Es un instante de detención del universo, algo que no sucede muy seguido. Francisco tiene la suerte de que le toque a él, hoy y por única vez en su vida.
Y todo ese rato se dedica a mirarla desde la mesa del costado. La repasa desde el borde de la frente, los ojos, la nariz, se queda en la boca y la pera, después el cuello, la oreja. Y vuelve desde el cuello hacia arriba, la pera, la boca, la nariz, los ojos, la frente. El hombro, la mano que se mueve suave, la cintura todavía pequeña y las piernas cruzadas debajo de la mesita, tapizadas por un jean azul oscuro y unos zapatos negros.
A punto de quedarse congelado en el impasse eterno de ese minuto, le habla.
Silvia.
Ella se da vuelta, con certeza. Lo mira directamente a los ojos y le sonríe como antes, como siempre, con luz en la mirada y en los labios. Amaga a levantarse hasta donde está él, pero Francisco le gana el movimiento y se acerca rápido y levemente turbado.
Hola.    
Hola.
¿Cómo estás?
Antes de que ella atine a decir algo, él le toma la cara con dulzura y la besa. Y no respiran por un rato y se ve que no les importa, a juzgar por el entusiasmo con que se encuentran las bocas.

Acostados, ella pasea sus pies sobre los de él. Yacen a medio abrazar, ella le acaricia la espalda, él le da pequeños besos en el cuello. Apoya su boca sobre uno de los pezones y se queda ensalivándolo durante unos minutos. Sabe que le encanta, como cuando tenía treinta y nueve. Por eso se queda y se demora, aletargado y enmudecido. Ella cierra los ojos y le habla.
Fran.
Qué.
Te voy a extrañar
(le acaricia la cintura, desciende, le moja el ombligo)
Pará, ¿diez años no es demasiado?
Sí, es.
Se oyen algunas bocinas y el tránsito que corre desbocado por calle Corrientes, detrás de la ventana del hotel.
Se abrazan, se aprietan.
Tenés el mismo olor en la piel, estás exactamente como te recordaba, no cambiaste nada.
Callate nene, soy una vieja.
Ya eras una vieja desde antes.
Se ríen, se besan, se tocan, se acarician el pelo, se miran.
Por última vez, o quizás hasta dentro de diez años.
Son las cuatro de la tarde y Sofía está por volver a la casa.
Son las cuatro de la tarde y a las seis sale el colectivo para Santa Fe.
Afuera todo ruge, está fresco, vuelan hojas secas y resisten unos rayos de sol frío y lejano.
Almagro es ruidoso, hoy un poco menos porque es sábado de tarde, pero en un rato empiezan las salidas nocturnas y se acaba la paz.




miércoles, 10 de agosto de 2011

abre



escapa
ni bien se entorna la ventana,
es el índice del sueño
que apunta al descuento de los días
vacíos

jamás me mira a la cara
aunque sus ojos
se quemen en los míos
tras recorrer lo que permanece quieto,
el dormir de los demonios
en la siesta
y las yemas de los dedos
que se tocan
se babean
y no conviene

ni bien dejo la puerta sin llave
silba y
se desliza en los postigos

en el punto exacto
en que una mano determinada
por los augurios que espera desde hace siglos
se mueve con lenta paciencia
y abre.

sábado, 2 de abril de 2011

pregunta


sobre el vidrio roto
y pisoteado
con que me miro
y con que te miré
a través de unos ojos
quietos de muñeca
desarticulada

camino descalza

cada vez que me ves
recorriendo los pasillos
de tu casa
espiando entre los bloques
de cemento líquido
de tus paredes

una pregunta me acecha.



Fotografía Robert G. Griffeth

domingo, 2 de enero de 2011

dudas


¿y si dejo de escribir
lindos poemas de amor?

¿y si finalmente
acuso
recibo?

¿y si me callo
como noche muda en la isla
que persiste en lo negro
a pesar del silencio
con grillos y pájaros nocturnos?

¿y si de repente el río
me pidiese
que anduviera como él
corriendo a las franjas solares
y a las estrellas
endemoniadas de mis noches
de tristeza?

¿y si me convierto en arena
por un momento
y me ahorro los pensamientos
insidiosos
y el pecho quebradizo
y sólo dejo que sea
que el agua me pase su lengua
y algunos peces me respiren?

¿y si te olvido?


Foto: yo. Isla Libertad, Gualeguaychú, Entre Ríos, mirando hacia adentro