domingo, 29 de mayo de 2011

EL POST DE LOS LUNES: traumdeutung II


Estamos en el comedor, la mesa tendida, mi viejo a mi izquierda, el resto de la familia dando vueltas por ahí, a punto de sentarse. Entra mucha luz por las ventanas, todo se ve bien.

Suena el timbre y yo sé que sos vos, me corro (estoy en la punta de la mesa) y te hago un lugar.

Tenés el pelo distinto, decolorado, rulitos, raro. Te miro y me río un poco de eso.

Te pusiste un jean color crudo y una camisa nueva, te quedan muy bien.

Nos paramos y nos miramos frente a un espejo enorme, me abrazás desde atrás y vemos nuestra imagen reflejada. Quedamos lindos, nos gusta. Es como si nos quisiéramos.

Si no fuera por el despertador.
                                                                                           

jueves, 26 de mayo de 2011

Dolores, de Gabriela Cancellaro*


Me duele una muela. Me hice un tratamiento de conducto y creo que algún nervio quedó vivo, porque cuando me descuido y la rozo con la de abajo me sacuden pinchazos de dolor. Me resisto a ir al dentista aunque empiezo a convencerme de que no tendré más remedio si la cosa sigue así.

Lo comento elevando la voz sobre los paneles del box en el que paso el 30% de mi semana. Desde la otra punta del pasillo abarrotado de divisiones de durlock oigo a Amanda.

-          AY ay ay mi cabeza, mi cabeeeeza.

Amanda es una vieja mala, una hija de puta. Esas minas que se han quedado solas en la vida porque sus hijos decidieron irse lejos al comprobar que estar cerca de ellas en la vida adulta sólo les produciría conflictos y sufrimiento innecesarios. Amanda pasa los días en busca de coincidencias que le permitan conversar al lado del dispenser de agua, y no se da cuenta (o finge no hacerlo) de que cuando ella llega al dispenser los que están allí se evaporan.

Hemos llegado a pensar que Amanda es en realidad una trampa del gerente, una especie de rompehuelgas minorista, que con su sola presencia desintegra cualquier posibilidad de comunicación entre el resto de los miembros de “su equipo”, como a él le gusta llamarnos cada vez que se dirige a nosotros pese a nuestras miradas hostiles. Amanda llega primera y se va última, como si lo más divertido que le pasara en el día fuese estar allí entre esas cuatro paredes blanco tiza, bajo esos tubos fluorescentes que yo estoy segura que dan cáncer.
Y a Amanda le duele la cabeza.

Trato de retomar el hilo acerca de mi muela pero el “ayayay” que se oye de fondo me lo impide. Cada vez que empiezo a hablar, ella dice algo como “es del lado donde una vez me caí, puede ser una embolia”, o “es como un latido, bu-bum, bu-bum, bu-bum, bu-bum”. Y con el bu bum de fondo que se impone al tacatacataca de los teclados, yo trato de redondear la idea, a ver si alguno me puede decir una palabra de consuelo o darme algún pretexto que me tranquilice y me impida pensar en que tendrán que volver a meterme un torno en la boca para solucionar un problema que no estaba allí antes de que me metieran un torno en la boca. Mientras tanto pienso que no hay manera de que un dolor de cabeza sea tan terrible como un nervio que debería estar muerto y no lo está.

Alguien (creo que Federico) se apiada o se cansa y le ofrece un analgésico, pero Amanda es alérgica y lo rechaza. Oigo una silla que se desplaza hacia atrás y escucho unos pasitos que reconozco mientras se acercan por el pasillo. Su voz no tarda en sonar a mis espaldas.

-     ¿A vos te gusta la obra social?

Le digo, sin levantar la vista del teclado, que éste tal vez no sea el mejor momento para hacerme esa pregunta, porque estoy dolorida y mi opinión puede verse influenciada por ello. Hubiera sido mucho más fácil contestar que sí. Pero estoy enojada con Amanda por haber interrumpido mi queja y mi dolor auténtico por uno que estoy segura que es inventado. Es que Amanda está loca. En el fondo, no la mando a la mierda porque me da miedo que el día que decida matarnos a todos yo caiga primera por haber disparado su ira. Me da miedo que ese día entre y se me venga al humo a mí primera, que no podré esconderme y huir mientras ella liquida a algún otro compañero.

-          No – continúa – porque yo fui a la guardia una vez que me dolía el estómago, ¿y sabés qué me dijo el médico? Que eran gases. Me mandó a casa y no me dio nada de tomar. No sabés la noche que pasé.
Escucho el movimiento de la silla frente a la mía, detrás del panel que tengo cubierto con imágenes de vacaciones, familia y amigos. Me imagino a Soledad que se asoma por los costados y mira a Laura de un lado y a Alejo del otro. Casi los veo mientras los tres se ríen en silencio de lo que me pasa.
Le explico a Amanda (con la mayor amabilidad posible por el temor a volverme su objetivo a masacrar) que estoy terminando algo muy importante, que necesito concentrarme, que me disculpe.

-          Claro, claro.

Se aleja por el pasillo, una oleada de dolor me sube desde la encía hasta el ojo que cierro como si tuviera un tic nervioso. Los pasos se detienen y oigo el giro 180 grados, previo a que los pasos vuelvan a acercarse a mi box.

-          Sabés qué, querida, yo voy a hacer una carta, apenas se me pase este dolor de cabeza, exigiéndole a Sergio que nos mejore el plan de la obra social. Le voy a contar lo de los gases y esto que te pasó a vos, después la firmamos las dos y yo se la entrego, ¿te parece?

Quiero decirle que Sergio no puede mejorarnos nada. Primero porque no quiere, segundo porque Sergio es el forro de seis tipos que están encima de él y que con nosotros puede dárselas de gerente, pero todos menos ella sabemos que en realidad es un triste lameculos de cualquiera que tenga una oficina medio metro más grande que la suya.

Mientras miro a Amanda que se agarra la cabeza como si tuviera miedo de que se le fuera a escapar materia gris por alguna parte, un pinchazo me sacude la boca y sube hasta la sien. Amanda dice algo más pero no la entiendo, asi que asiento y giro mi silla dando por terminada la conversación. Ahora sí, Amanda vuelve a su escritorio. Por el camino repite “bu-bum” y comenta como al pasar que está un poco mareada y que está segura de que el botiquín de primeros auxilios no tiene los implementos para curarla si se cae desmayada y se parte la frente. El tecleo de los otros dieciocho empleados me rebota en la cabeza, como música de fondo de los quejidos de Amanda.

Vuelvo a mis planillas. Mientras trato de controlar el dolor, me pregunto por cuánto podrá conseguirse una ametralladora en el mercado negro.



* Gabriela Cancellaro, guionista, docente en la Facultad de Ciencias de la Comunicación (UNLP), feminista, escritora, cantante in progress y diosa.

www.noentiendonada.wordpress.com
www.acidocatartico.wordpress.com

miércoles, 25 de mayo de 2011

Feriado*

Resulta que hoy, feriado, iba con el auto por Córdoba desde Juan B. Justo y paré en el semáforo de Paso.
Y ahí los vi.

Ella estaba apoyada en el poste de luz que hay en esa esquina en la parada del 153, rubia, sin maquillaje, seria, bonita.
Él muy cerca, enfrentado a ella, con barba, fachero.
Tendrían veintipico.

Le hablaba, cada tanto bajaba la cabeza. Le dio la mano.
Ella no se la sacó, lo dejó.

La miré, ví que le hizo una cara rara, no parecía enojada sino más bien triste o de mal humor o con incertidumbre. Estaba a punto de llorar.

Él le volvió a hablar, a bajar la cabeza, a hablar y movió su mano aferrada a la de ella.

Ella le dijo algo.

Yo los miraba. Qué loco es ver a una pareja discutiendo, o en crisis, peleándose o reconciliándose en la calle. Los gestos de uno, de otro. Qué se estarán diciendo. Se querrán. Qué querrá uno del otro. Seguirán juntos. No seguirán juntos. Un reencuentro. Una despedida.

No sé, el semáforo se puso en verde y me fui.



* publicado en Psicofango I, La Pequeña Editorial, septiembre de 20011, Mar del Plata.

Para adquirirlo, dirigirse a las librerías marplatenses: Jean Sibelius https://www.facebook.com/sibeliuslibros o Polo Norte https://www.facebook.com/profile.php?id=1794197083
O contactarse con la Página de Psicofango en Facebook https://www.facebook.com/Psicofango
La Pequeña Editorial www.lapequeniaeditorial.blogspot.com 
Valor $20.



lunes, 23 de mayo de 2011

EL POST DE LOS LUNES: El Triste*


(relato inspirado en charlas marinas con Héctor Ramón Cuenya)

Se pone los broches en la botamanga del pantalón marrón de gabardina, se sienta en la bici y enfila para Juan B. Justo desde Jara. Pedalea y pedalea con parsimonia, el pelo engominado con lord cheselin y una colonia barata, camisa blanca y bolsito también marrón colgado hacia un costado. Hay un poco de viento y el cielo se puso gris, como se pone siempre en Mar del Plata en agosto a las seis de la tarde. Pero el aire no le mueve ni un pelo, que está bien quietito en su lugar y además él va lento pero seguro, sabe dónde quiere llegar.

El Triste se va a encontrar con Vera, que lo espera con el mate y recién bañada, la blusita rosa y la falda negra, con radio nacional de fondo, justo a la hora en que pasan los tangos.

El Triste llega, le toca el timbre y Vera amplía una sonrisa de dientes torcidos y mal aliento, está tan contenta.
Tantea la puerta y lo mira con esos ojos blancos y vacíos –no es una metáfora, Vera no ve- y le regala esa bocota sonriente y desmesurada. El Triste la besa rapidito, le da un paquete de facturas y le dice Cómo está la rubia más linda del barrio. Vera le dice Ay Triste, tan galante vos.

Se sienta cabizbajo, como siempre, y canturrea San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo… justo lo están pasando en la radio.

Se toman unos mates y cuando están lavados, el Triste le dice Vamos a pasear, rubia. Y van. Ella sale sin el bastón blanco porque va con él.

Toman Juan B. Justo para el lado del mar, ella le aprieta el brazo más por amor que por andar en la calle y él le canta el tango más triste que conoce.

Cuando llegan a un bolichito oscuro y maloliente, el Triste se topa con el Negro y le dice Acá tengo lo tuyo. Entran, Vera cree que van a tomar un cafecito, y lo toman. Y además el Triste le entrega el paquetito con merca al Negro y recibe la plata, en una esquinita del bar, donde están los mismos de siempre: el Gordo, el Ñato, el Justiciero.

Están en eso cuando entran al lugar dos muchachos con pinta de quilomberos, y efectivamente, hacen quilombo. Le piden al mozo cerveza casi a los gritos y putean a uno que según ellos, los mira mal.

El Triste se queda en el molde, mira para abajo, apaga el cigarrillo, se toma otro traguito del café. Vera lo agarra fuerte de la mano, él le dice Tranquila Vera. Y el Justiciero se levanta de la silla, despacito, es un tipo flaco, morochito, de pelo corto, bajito, con las orejas puntiagudas. Si alguien lo mira sin detalles parece un gnomo o un duende. Se levanta de la silla, empuña su 45 y pum pum. A la mierda. Los baja con un par de tiros y sale corriendo, en su moto. No tiene miedo el justiciero, es buen pibe pero medio impulsivo.
Antes de que a Vera le dé un ataque de nervios, el Triste se la lleva casi flameando al viento, se suben en un taxi, Verita, mi percanta no se me asuste; peor es la sandía con vino.

Y la besa cortito y triste.


*a publicarse próximamente en el libro de cuentos "Humo", Primer Premio al Concurso Literario Municipal Osvaldo Soriano en la Categoría "Cuentos", 2011, Mar del Plata.

viernes, 20 de mayo de 2011

Breve divague musical del viernes por la noche

Cat Power

Mundofox muere en un tele silencioso y completamente inadecuado, con una serie yanqui de policías, sórdido y absurdo como esta noche. Debe ser que tengo de fondo a Cat Power en la net, muriéndose de pena y desenfundando sensualidad con una pericia armamentista que me deja sin palabras.

Siempre quise tener una voz grave y cantar así, lo que ella canta o algo más jazzero o un tango, o simplemente hablar unos tonos bien abajo. No es que esté disconforme con mi voz, aunque prefiero evitar escucharme en cualquier grabación. Pero digo, la voz tipo Cat viene con un plus de seducción y aplomo difícil de conseguir de otra manera.

No me engancho demasiado con los gritos de Janis Joplin, más allá de que se la reconoce como una diosa en lo suyo. Tampoco con los chillidos de Celine Dion o Wihtney Houston. No. Cat es “la” voz.
Y también me gusta la dulzura y precisión vocal de Marisa Monte.

(A quién le  importará esto, me pregunto absurda y sórdida como la noche y la serie yanqui en la tele).

Hace poco, digamos dos días, escuché por primera vez a los Mal De Parkinson, y para mi sorpresa me gustaron. Sí, son medio bestias y desafinan, pero el punk tiene una cosa irresistible (imposible olvidar a mi Attaque 77 de principios de los 90s). 
El ritmo veloz de la batería es como un combo de respiración agitada y apuro, ansiedad por llegar a algún lado, por acabar, movimiento ligero que pide un final. Atolondramiento y falta de aire. Uno se imagina a un adolescente en sus primeras experiencias sexuales, a eso me suena la velocidad del punk. Y la letra que escuché era digna del más clásico tango: desamor a full. Eso ya no tan de adolescente. Bah, no sé, no hay edad para empezar a sufrir por ese temita.

De Marisa Monte me encana “Ilusión” a dúo con Venegas, es una canción bellísima y triste y esa versión me resulta muy atractiva.

Pero me parece que hoy voy a terminar como siempre, deprimiéndome con algo de Tom Waits: Martha o Take me home.

O I hope I don´t fall in love with you.




http://www.youtube.com/watch?v=x7BLDW_cgpE&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=KX4apvTdvzE

jueves, 19 de mayo de 2011

traumdeutung


Era de tarde, estaba templado pero oscuro. Entramos por el pasillo ancho, adelante caminábamos alguien que no recuerdo y yo, y detrás en fila ellos: la pareja, la niña pequeña y el hijo mayor.

Veníamos charlando, despreocupados, sobre cuestiones banales. Cada tanto un silencio.

Cuando me di vuelta para continuar con la charla, advertí un tremendo pozo sin tapar, o mejor dicho, con una tapa de hierro rota, completamente agujereada, en el pasillo por donde acababa de pasar tres pasos antes, esquivándolo. La pequeña, de dos o tres años, venía corriendo derecho hacia el agujero.

Grité dos veces.

Nadie reaccionó. Y  la nena cayó directa y ferozmente a la boca negra, y nadie dijo nada. Salí corriendo, me tapé la cara, lloré, creí que me descomponía. Esperaba el llanto de la madre, su desesperación, pero no llegó.

Fue lo que más me impresionó, la inmutabilidad de esa gente.

Imaginaba a la nena ahogándose en el barro acuoso del fondo o llevada por alguna corriente que desconocía. Intolerable. Intolerable para mí, el estómago se me destrozaba e imaginaba que vendría algún rescate o algo parecido.

Nada de eso sucedió.

La nebulosa cubrió la sucesión de los acontecimientos, sólo recuerdo haber compartido un campamento con esta familia la noche misma del episodio, verlos abrazados y casi sonrientes, el hijo mayor aparte, la madre me miraba con cara de “Dios quiso esto por algo y yo lo acepto”. Claro, pensé, es de esa gente que acepta todo porque dios se lo mandó.

Y de hecho al día siguiente, cuando comenté esto con dos señoras amigas, mayores que yo pero buena onda, me dijeron lo mismo. Que ellos se amparaban en dios y por eso estaba bien que no reaccionaran. Que la desubicada era yo.

No salía de mi asombro.

La escena se complejizó al transitar más pasillos que resultaron ser el detrás de escena de un teatro, luego de un colegio, por donde uno de los alumnos se escapaba de una clase mientras me miraba con cara de “No lo digas por favor”.

Yo no dije nada, pero no me podía sacar de la cabeza a la nena de dos o tres años cayendo por el pozo sin tapar.

De hecho, aunque me despertó el celular en función “recordatorio” (“Demonios, arriba!”) podría haber abierto los ojos por el ahogo, el barro en la nariz, entre los dientes, bajo las uñas y la taquicardia.

martes, 17 de mayo de 2011

Lo pasado no pisado

Marta con la guitarra, María Elena sentada, un cura tercermundista y otro amigo

Es lunes a la noche, acabo de cambiar de lugar los muebles del living y se está mejor así. En el sillón, con mi hijo sentado al lado completamente ofendido porque quiere ver “Estoy en la banda” en Disney XD. Yo puse 678.

Paula Logares, locuaz, clarísima, bonita, fuerte, habla fluido y transparente. Y mientras cuenta sobre su historia, sus apropiadores, su reencuentro con su familia de origen, repite varias veces que suele olvidarse datos, fechas, lugares. Y se ríe “Me pasa, me olvido”, y da a entender que su cabeza se protege del dolor olvidando. Como nos pasa a casi todos, pero para ella es peor.

Yo también me olvido de los datos que rodean el secuestro de María Elena y Marta Bugnone, las hermanas de mi papá. Los leí, leí los testimonios oficiales de quienes compartieron cárcel con Marta (de María Elena no hay), leí sobre los lugares en que fueron secuestradas, en dónde estuvieron detenidas, los nombres de sus secuestradores, en qué partido militaban, en qué fecha exacta las secuestraron, cuándo fueron los “traslados” en los que tal vez abordaron uno de los vuelos de la muerte.

Leí, pregunté, hablé con mis viejos. Pero no, no retengo esos datos.

Mis hermanas Flor y Ana, empapadas de la cuestión, saben, saben todo. Todo. Ellas sí registraron lo que pudimos averiguar, lo que recuerdan nuestros padres y lo que se supo después. Flor es una enciclopedia viviente al respecto. Ana trabajó en la Comisión por la Memoria en La Plata.

Yo, la colgada, la que vive en un frasco, la que parece más desprendida del asunto, la que no milita, la que impresiona más indiferente. No me acuerdo de casi nada de todo lo que ya sé. La colgada se olvida de todo, tal vez pensarán.

Y sí, se olvida de todo.

Porque no soporto recordarlo, no soporto imaginar los días y los meses y hasta los años -según un testimonio- de tortura y de horror. No voy a abundar en detalles, no voy a decir lo que ya se dijo tantas veces, no voy a meter la cuchara en el morbo tremendo que ya conocemos. No quiero, me niego.

Qué loco, el estandarte fue y es que no hay que olvidar porque el olvido mata un poco las cosas, aunque sabemos bien que las cosas (la verdad, digo) no se dejan matar tan fácilmente y retornan siempre, pero siempre, de alguna u otra manera. Y yo no quiero que nada de eso se muera sin su debido duelo, que se muera cuando se tenga que morir. Aunque sospecho que detrás de un trauma social así hay un duelo medio interminable.

Y sin embargo, me gana el paño frío del olvido.

No hay nada demasiado trascendente en este texto.
Sólo contar que tengo a esta cosa tan fresca en la carne que si no me olvido un poco, no sé cómo seguir.

* grandioso fallido, mi hermana Flor me recuerda que los testimonios que leí son de María Elena, no de Marta.